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Rien ne va plus!

Presentar a Iglesias como un ser vanidoso, aquejado de una ambición desmedida por entrar en el Gobierno, insultaݳtoda inteligencia. Guste o no, la aritmética parlamentaria exige su entrada en el Gobierno

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias en su encuentro en Moncloa en mayo.

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias en su encuentro en Moncloa en mayo. Jesús Hellín (Europa Press)

Pedro Sánchez tiene a los españoles con el corazón en vilo. Lo más inquietante del azaroso juego de la investidura presidencial no es este inevitable teatrillo mediático lleno de sobresaltos. Nos hemos acostumbrado ya a que cierta política es mera representación, a que nada es lo que parece, a que se trata de administrar encuentros y desencuentros a fin de ganar eso que llaman "el relato". Lo verdaderamente preocupante es que tras tan vertiginoso ejercicio de funambulismo político, no aguarde red alguna al fondo del precipicio. O que tras tanta vuelta a la ruleta, descubramos que el crupier anda desnudo, que no da la talla, que es un mero aprendiz de brujo tentando artes que le desbordan.  El drama es que si a Pedro Sánchez le viene grande jugar con fuego, todos acabaremos chamuscados. Y el primer chamuscado será él, el heroico paladín que resurgió tras aquella épica travesía del desierto a la que le sometió su propio partido.

Espero pues que nuestro presidente sea algo más que la cuidada creación de Iván Redondo, aquél a quien todos tienen por un avezado doctor en nigromancia política.

Y es que lo que se divisa al fondo derecho del precipicio en primera línea de partidos es ciertamente desalentador. Destacan personajes no ya de segunda, sino de cuarta o quinta fila: inconscientes, ambiciosos, incultos y sobre todo leves, insoportablemente leves. Ya habrá quien añore a los Rajoy o Zapatero. Tanto que se nos acabarán antojando consumados estadistas. ¡Manda h....!  ¡Otros vendrán que bueno te harán! Y es que nada hay más descorazonador que constatar que Rivera, Arrimadas, Teodoro, Casado o Abascal son la alternativa si la estrategia de Sánchez frente Iglesias acaba por conducirnos a nuevas elecciones.

El alivio, no alegría, que a muchos dejó el resultado electoral del 28A dará pie a una inmensa frustración. La desafección será de órdago. Con el miedo a VOX en parte amortizado, la abstención se cebará en PSOE y UP. La proverbial melancolía de la izquierda obrará estragos, atenazará a miles y miles de votantes. Sí, serán multitud quienes se queden en casa en esos futuros y desventurados comicios. ¡Ha sucedido tantas veces! Los demás acudirán religiosamente a sus colegios electorales. Siempre lo entendieron su deber patriótico dominical. Máxime con la motivación de esa segunda oportunidad que brinda el presente juego de trileros políticos.

Se comprende bien que Sánchez no desee una coalición con UP, que aborrezca de la presencia de Iglesias en los consejos de ministros semanales. ¿Pero acaso tiene elección? Unos magros 123 escaños en un sistema parlamentario, no presidencial, no dan para otra cosa. Así funcionan las coaliciones en las democracias de nuestro entorno. Presentar a Iglesias como un ser vanidoso, aquejado de una ambición desmedida por entrar en el Gobierno, insultaݳtoda inteligencia. Guste o no, la aritmética parlamentaria exige su entrada en el Gobierno. Los casi cuatro millones de votantes de UP no entenderían otra cosa. Sánchez por desear, puede desear la Luna. No le alcanza.

El drama tras los argumentos que se esgrimen para desacreditar la postura de UP es que acaben por creérselos quienes los fabrican y airean y que todo aboque en el sinsentido de unas nuevas elecciones. Nada hay peor en política que hacerse trampas al solitario. ¿Y quién tiene más que perder? Cierto que otras elecciones pasarían factura política a Iglesias, a Pedro Sánchez lo destruirían. Se juega al doble o nada una presidencia del Gobierno que hoy tendría asegurada. Aunque sin duda es el país quien tiene todo por perder. Son los españoles quienes sufrirán a una pandilla de treintañeros jugando a privatizar hospitales, a exprimir pensiones y a desmontar toda estructura desmontable de nuestro castigado estado de bienestar.

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