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Mercurio y marihuana para alcanzar el nirvana: el día a día junto a la secta budista en la Palestina murciana

La Fundación Mahasandi en Abanilla, Región de Murcia

Aldo Conway / Elisa M. Almagro

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Alrededor de las nueve de la mañana, la puerta metálica del recinto de la fundación Mahasandhi, en Abanilla (Región de Murcia) se abre con parsimonia. A lo lejos, una mujer recorre una de las secciones de la parcela hasta entrar en una pequeña caseta. Comienzan a sonar cánticos, amortiguados por la distancia. A primera vista, nadie pensaría que hace dos semanas, una operación secreta de la Comisaría General de Información de la Policía Nacional interrumpiría la paz de la meditación para incautar 180 kilogramos de mercurio, 17 de marihuana y alrededor de 100.000 euros en efectivo, junto con una pistola. En el pueblo nadie sabe si José Manuel Cánovas, el lama de Abanilla, llegó a alcanzar el Nirvana; lo que sí ha alcanzado hasta ahora es la prisión provisional por un presunto delito contra la salud pública, entre otros.

Le llamaban, o se hacía llamar, Trascendencia Total y fue detenido el pasado 18 de noviembre tras un registro efectuado por la Policía Nacional, culminando así con la Operación Azogue. Creó la Fundación Mahasandhi hace quince años, tras vivir otros doce en la India, y pasó de alquilar locales para realizar las actividades del centro a una parcela de diez hectáreas que convirtió en un centro de yoga. A las jornadas que organizaban los fines de semana acudían más de doscientas personas. El centro acogía iconografía budista, hindú y cristiana, creando un remix espiritual que atraía a fieles de varios países.

Antonio es un vecino que lleva veinte años en Abanilla para él, “el tema es que el sujeto en cuestión es un tío de aquí”. “Es decir, que yo la Fundación la conozco desde hace muchos años. Incluso tenían jornadas de esas de apertura de puertas los domingos”.

La psicóloga Laura Merino, especializada en sectas destructivas y radicalización, ha explicado a este diario que grupos como Mahasandhi aprovechan las actividades con la gente ajena al grupo para captar gente: “Ellos tienen que tener una imagen pública, que es, digamos, la cara del negocio y tiene que ser positiva; [por eso, se organizan] formaciones gratuitas, actividades para enriquecer la vida del pueblo... pero luego la trastienda es la que es; una de las características de estas sectas es su necesidad de tener presencia, de legitimarse”.

En ese sentido, el grupo de Trascendencia Total planeaba construir una estatua de Buda de 30 metros de altura -la más grande de Europa-, para el que recibían donaciones, un símbolo, según explica la psicóloga, de la capacidad de actuación que tenía el grupo. “Todas las religiones tienen un símbolo, el Vaticano, la Meca, simbologías que hay que cuidar, que nos posicionan en el mapa de las creencias”.

“Tú podías ir al centro y sentarte allí con ellos”, continua Antonio. “Yo creo que cuando vino la Policía Nacional aquí, se llamó a una persona que se dedica a las retroexcavadoras y todo eso para abrir; pero no supimos nada de eso al principio. Había que romper tubería para sacar una muestra del agua, pero creo que no hizo ni falta, porque por lo que cuentan se encontró droga, se incautó mercurio, 80 kilos de marihuana [17, según fuentes oficiales]”. Existe una cierta ambigüedad legal con respecto a qué sustancias pueden usar las religiones para sus liturgias, sin embargo, el mercurio es un metal altamente tóxico y capaz de matar a una persona con facilidad.

“La marihuana incluso estaba metida en cajas y procesada, estaba cerrada al vacío en bolsas de plástico. Por lo tanto, quiere decir que no se cultivaba ahí para nada. Seguramente lo compraban para luego hacer su ritual, pero vete a saber. Eso sí, el laboratorio que les pillaron... eso era algo profesional, nada de un laboratorio dentro de un cobertizo: aquello era como de hospital; lo tenía todo en su sitio”.

Los vecinos solo recuerdan “muchos policías, de aquí para allá”, pero nadie dice saber nada de lo que se fraguaba en el interior de la finca, partida en dos por el río Chícamo y situada en El Tollé, al norte de la localidad. El paisaje está salpicado de iglús y casas cueva, típicas en la comarca. Hay chalecitos a los lados de la carretera y coches de alta gama con matrículas francesa, belga y danesa en las cunetas o tras verjas de madera. La zona es conocida como la Palestina murciana por tener un paisaje similar al de los territorios ocupados por Israel.

Ginés, uno de los paisanos que más cerca están de la Fundación Mahasandhi, comenta que todo sucedió de golpe: “De esa gente no se sabe nada, se metieron ahí, viven en cuevas, empezaron a hacer casas cueva y no se metían con nadie. Hay dos o tres que salen a trabajar todas las mañanas, y al mercado también bajan algunos, hay dos hermanas que bajan al mercado casi siempre, pero no se sabe nada. Cuando vimos llegar a tantos policías dijimos: ”Algo ha pasado por ahí“.

“Yo no puedo contar mucho porque esa gente no se asocia con nadie”, una señora que también vive en El Tollé, ha explicado a elDiario.es en Murcia que la comunidad religiosa no se entremezclaba con la vida social de la zona.

“No hablan con nadie, nosotros salimos en verano [con las sillas] a la calle, y pasan a tu lado y no te saludan. Ni un buenos días ni nada. Yo puedo contar poco porque no he hablado con ellos. Antes pasaban mucho por aquí, pero ahora se ve que hay menos gente”; y prosigue: “Siempre van con un rosario en la mano, o yo qué sé qué será lo que llevan. Es como un palo de madera”.

También señala que antes era más frecuente verles pasear en grupos, más o menos grandes, por los caminos de la zona, aunque raramente saludaban. “Han venido dos veces a pedir flores, de esas de aquí, pegadas a la pared”, mientras señala una verja metálica blanca de la que sobresalen pétalos de colores; “a mí ya ves tú, esas flores son muy sucias y me llenan el suelo siempre”.

Aunque nadie sepa mucho, Consuelo sí menciona que, cuando llegó la Fundación al pueblo, cree que se apropiaron de algunas tierras que no les pertenecían. “A un vecino le robaron tierras, creo, pero el hombre se dio por vencido con el tiempo”. A José Manuel, el lama detenido, lo conocen en el pueblo porque su familia es oriunda de Abanilla. “La madre tiene una casa por aquí, al otro lado del río, su abuela y ella siempre han sido gente muy normal. Como nosotros, quiero decir, o sea… católica”.

Abajo, en el casco urbano de Abanilla, nadie ha caído en la trivialidad de las tribulaciones y las conjeturas, la tónica general es la del silencio. Casi nadie contesta preguntas ni parece ser un tema de conversación en uno de los bares cercanos al ayuntamiento, uno de esos antiguos con barra de chapa y calendarios veterotestamentarios en la pared, baños minúsculos y suelos en los que te puedes quedar pegado al estar parado unos minutos.

Dos tipos mayores, uno de ellos con un ojo de cristal, se arremolinan junto a una mesa en el interior. Son las doce del mediodía. El de la visión sana acaba de pedir un licor de menta mientras el otro toma una tapa de carne en salsa. Ambos comparten el espacio sin intercambiar una sola palabra. Fuera, junto a la barra de la ventana, un hombre con una cerveza charla con unos paisanos.

“De lo que sí estoy seguro es de que no se dedicaban al menudeo, porque en esa zona yo sé que hay varios que sí se dedican a ello, y cuando aparece competencia la calle se entera, porque se quejan, y que yo sepa no ha habido quejas. El tipo de gente que iba era más bien de un nivel adquisitivo alto, empresarios y cosas así. Supongo que cuando tienes tanto dinero vas buscando otras cosas.”

Sin embargo, no existe un perfil específico para acabar siendo captado por un grupo como este. “Evidentemente”, inquiere Merino, “hay personas que pueden tener más facilidad para caer, personas en una crisis personal, económica, en paro, pero ninguno estamos libres de ello. Además, a una secta le va a interesar siempre la gente cuanto más letrada, inteligente y con dinero mejor porque además de dar una buena imagen van a ser una farola de captación”.

La detención de Cánovas deja dudas sobre la continuidad de la Fundación Mahasandhi, en la que sigue viviendo gente. Las figuras mesiánicas como la suya, elevadas a un altar casi divino, que son pastor de su grupo, no son sencillas de sustituir a la ligera.

“Estos gurús suelen centrar todo [el peso y el significado espiritual] en ellos mismos. Es cierto que cuando estos grupos llevan muchos años [Mahasandhi lleva 15], van descubriendo esa necesidad de dejar la herencia. No sé si estaría casado, o tendría hijos, eso es un dato a tener en cuenta. Puede que hubiera gente cercana a él, con cierta relevancia en el grupo, que pueda asumir ese papel continuador, pero no sabemos qué habrá contemplado [el gurú]”.

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