Los Ocho de Vernet

Placa a la entrada del Instituto de Historia y Cultura Militar.

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Hay en Madrid un edificio magnífico frente al parque del Oeste, en el Paseo de Moret, que alberga el Instituto de Historia y Cultura Militar en cuya puerta reza:

«A ti español que cruzas este umbral: Aquí se conservan fondos documentales que dan testimonio, con sus grandezas y tragedias, de la HISTORIA DE TUS EJÉRCITOS, raíz y médula de la HISTORIA DE ESPAÑA ¡AYUDANOS A DARLOS A CONOCER!» 

Esta leyenda, sobre azulejo talaverano, reproduce a su vez la que desde 1725 podía leerse en el zaguán de entrada al Antiguo Seminario de Nobles de Madrid. Hace pues ya 300 años que la principal institución educativa superior de España, heredera del Colegio Imperial y destinada a educar a los hijos de los nobles, burguesía y militares, asumía, bajo el reinado del Borbón Felipe V, la necesidad de preservar la memoria para poder entender y conocer la Historia, la de España y la de sus ejércitos, más allá de sus temporales “grandezas o tragedias.” Postulado que la institución militar admitiría e incluso llegaría a arrogarse, comprometiéndose a enarbolarlo desde la misma puerta de entrada a su Instituto de Historia y Cultura Militar (IHCM). 

Sin embargo, esta loable tarea y compromiso han sido triste y frecuentemente olvidados en los últimos 80 años, salvo en encomiables excepciones, delegándose generalmente la labor de la conservación de la memoria al interés e iniciativa particulares, lo que ha depositado el conocimiento y comprensión de la Historia en muchas y frágiles manos.

Seguramente ha sido este último factor el que, paradójicamente, ha permitido recuperar esta inédita y fabulosa historia, dotada de esa misma fuerza que a veces emana de los territorios más quebradizos e inesperados de la memoria. Nos referimos a la historia de los ocho militares españoles apresados, torturados y, salvo uno, asesinados por el régimen de la Alemania nazi.

Esta vez ha sido el propio Ministerio de Defensa quien ha asumido su responsabilidad de preservar el patrimonio histórico y cultural de todos, de España y sus ejércitos, publicando esta concisa a la par que cautivadora historia, rescatada por los nietos de las brumosas nieblas de su infancia, esparcidas en lejanas sobremesas familiares. 

Según explica José Andrés Rojo, nieto del general Vicente Rojo, jefe del Estado Mayor del ejército republicano, fue la fragmentación del ejército a raíz del golpe de estado de julio de 1936 y la falta unánime de apoyo en su seno, la que impidió inicialmente su triunfo. Estos militares republicanos, altamente formados, profesionalizados y pertenecientes al entonces ejército plural, son los grandes olvidados de la historia militar y de la Historia. 

Tras los tres años de Guerra Civil, el 9 de febrero de 1939 estos ocho oficiales del ejército republicano, junto a las tropas derrotadas, emprendieron el camino de un exilio del que la mayoría no regresarían nunca.

Esta historia ha sido recuperada por algunos de sus nietos. Uno de ellos, Rafael Pañeda Reinlein, conoció en su infancia a un afable y misterioso personaje que despertó toda su curiosidad: el hermano de su abuela, una persona corriente y excepcional que repartía caramelos y relatos a los niños. Se trataba del entrañable teniente coronel García-Miranda, uno de los llamados “Ocho de Vernet”. Es así como comienza este rescate: tirando del hilo familiar, preguntando, recuperando memorias, narraciones orales, documentos y, después, investigando en archivos a fin de poder reunir en una narración, junto a su hermana Iciar, la odisea de estos ocho militares que sobrevivieron a duras penas en el exilio de Vernet les Bains (Francia), hasta que la Gestapo, informada por un delator –un oficial republicano devenido confidente de las SS-, los detuvo en una aciaga tarde de diciembre de 1943. 

Ellos eran el general Mariano Gamir Uribarri, con 66 años; los coroneles Jesús Velasco Echave, Carlos Redondo Flores y César Blasco Sasera, con 65, 64 y 66 años respectivamente; los dos tenientes coroneles Fernando Salavera Camps y José María García-Miranda Esteban-Infantes, de 60 y 46 años, y los comandantes Joan Amer Vadell, también con 46 años, y el geógrafo Teodoro Marín Masdemont, de 66.

Todos ellos fueron conducidos a la Citadelle de Perpignan, donde permanecieron en mazmorras casi dos meses, hasta que fueron llevados al campo de concentración francés de Vernet d’Ariege. De este destino solo se salvó el general Gamir, a quien, dado su estado de salud, lograron trasladar al hospital con la camaradería y complicidad de los demás oficiales. A principios de julio de 1944 fueron conducidos desde este campo al llamado “tren fantasma” en el que, amontonados como ganado, emprendieron un largo viaje de dos interminables meses hasta llegar a su siniestro destino: el campo nazi de Dachau.

En el libro se recoge el testimonio del único superviviente de estos hombres, el citado teniente coronel García-Miranda, quien, recién liberado por las tropas americanas y con apenas 39 kilos de peso, tuvo fuerzas para escribir a Lucía, su esposa, y relatarle en sus cartas el calvario y fin de cada uno de sus compañeros en el campo de concentración. Tras reponerse, el teniente coronel García-Miranda regresó a su exilio en Vernet les Bains y años después, en 1957, volvió a su añorado Toledo. Su vida y parte de sus escritos se recogen en el libro “Un humanista en Dachau”, con prólogo de Santiago Alba Rico.

Durante el acto en que se presentó la historia de estos ocho militares, intervino desde el público el comandante Riesco. Citando una antigua conversación entre el recientemente fallecido teniente general Federico Michavila Pallarés y el gran historiador Ramón Salas Larrazábal, aseguró que «hubo más militares profesionales en el bando republicano que en el bando del general Franco. Por eso, yo creo que hacen falta -añadió- libros como este, estudios como este, y que, con buena voluntad entre todos, recuperemos la Historia de España. Sin fricciones, entendiéndonos, porque la Historia es la Historia y no se debe cambiar.»

Entre los muros del cuartel Infante Don Juan se sacó así del olvido a estos ocho militares profesionales leales a la República y se les homenajeó con la lectura, por parte del autor, del estremecedor poema de León Felipe “Auschwitz”, uno de cuyos pasajes dice: 

«Esos poetas infernales, Dante, Blake, Rimbaud...

Que hablen más bajo... ¡Que se callen!

Hoy, cualquier habitante de la tierra 

sabe mucho más del infierno que esos tres poetas juntos.

[...] ese niño judío que está ahí, desgajado de sus padres...

Y solo. ¡Solo! 

Aguardando su turno en los hornos crematorios de Auschwitz (...)

esperando que se abran las puertas del infierno...»

No era un frío otoño en Madrid, tampoco llovía. Aunque ya era de noche, se podía percibir en el patio del cuartel la salida de un público emocionado y, quizá también, algo perplejo, consciente de la trascendencia que tiene aún hoy, ochenta años después, el sencillo acto de nombrar en un contexto militar a estos hombres, muertos ya y enterrados lejos. Todos ellos militares que lucharon con honor y lealtad para salvaguardar la bandera del país que juraron defender. Entre los muchos comentarios se escuchó a un hombre mayor decirle a otro: «¿Pero esto es verdad o ha sido todo un sueño?» A lo que su amigo respondió sonriente: «Yo también quería cerciorarme, ¡me he tenido que pellizcar!» 

¿Será esta perplejidad parte de un sueño tardío, quizás? ¿Por qué no ocurrió este acto en reconocimiento y homenaje a los Ocho de Vernet un lejano día de octubre de 1945 en un Madrid más frío, pero también más libre? Un Madrid pobre, devastado por la guerra y la posguerra, sí, pero festivo y ruidoso que habría celebrado el fin de la II Gran Guerra, la victoria de los aliados, la derrota del nazismo alemán, del fascismo italiano y del golpe de estado del general Franco. Un Madrid rompiendo en aplausos por el regreso de la democracia a España. 

Tendremos que revisar quizás las hemerotecas, pues todavía hoy, 77 años después, tiene algo de audacia, por no hablar de su valor histórico, el gesto de mirar hacia atrás y preservar la memoria: renombrar, recuperar, dignificar la memoria, sobre todo la de los tiempos más oscuros, con el fin de que no se repitan y para tener acceso al conjunto de las historias que forman nuestra Historia. De los ocho de Vernet, como de tantos otros, tenemos que decir: «Polvo serán, mas polvo recordado“.

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