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El coronavirus es la militarización de la vida social

Efectivos de la BRIPAC recorren Aldea en Cabo (Toledo).

Ruth Toledano

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Sigue inquietando el papel que está jugando el Ejército en todo esto. Por qué aparecen militares en esas ruedas de prensa que son la única ventana a la realidad oficial de estos tiempos, en esas comunicaciones gubernamentales que son la única escenificación de la actualidad institucional. No estamos viviendo una guerra, aunque los militares se empeñen en repetirlo, sino una epidemia mundial, una pandemia. Sigo preguntándome por qué en la pantalla aparecen hombres uniformados, hombres cargados de insignias y condecoraciones, en vez de personas con una bata blanca, médicos y doctoras, expertos sanitarios. En la enfermedad no alivia un general; por el contrario, transmite una inquietud espuria. Esto no es una guerra, como nos dicen los militares que salen por la tele. Ni “todos somos soldados”, como nos dicen, como nos arengan. Somos personas enfermas, difuntos y sus familiares, supervivientes al contagio, ciudadanía. No, yo no soy un soldado. Al menos, de la guerra que ellos nombran.

El periodista Enric González, corresponsal ahora en Buenos Aires, se lo decía el otro día a Jordi Évole: la imagen de militarización difundida por el Gobierno de España durante la crisis sanitaria del coronavirus es “innecesaria”. Usó esa palabra, una palabra que es suave aunque también suficiente para alertar sobre este aspecto relevante en la gestión de la pandemia. Si algo que se muestra como relevante es en realidad innecesario es porque esconde una necesidad que responde a intereses que no son comunes. ¿Por qué querría dar el Gobierno esa imagen marcial, por qué le cede ahora ese espacio al Ejército, por qué le concede tal visibilidad? ¿A quién beneficia? Se diría que solo a ese Ejército que ha perdido influencia política en un país que ha sufrido más de cincuenta golpes militares entre 1814 y 1981, un Estado de golpes y guerras civiles (desde el siglo XVIII: la guerra de Sucesión, la guerra de Independencia, la primera guerra carlista, la segunda guerra carlista, la tercera guerra carlista, la guerra franquista). Sí, es innecesaria, cuando menos, la imagen militarizada de esta crisis sanitaria.

Militarizar la política supone “disciplina social y cero críticas a la cadena de mando”, reflexiona también la periodista Nuria Alabao, quien recuerda que nunca antes se había dado una restricción de movimientos tal en tiempos de paz y alerta de los peligros sobre las libertades que ello puede conllevar. Alabao va más allá y cree que esta situación “constituye un experimento masivo de control social”. Sí, sigue inquietando que los informativos hayan dedicado tantos minutos a los homenajes marciales -lógicos en sus entornos- recibidos por los militares, fallecidos por la misma causa que ya han fallecido, solo en España, casi 15.000 civiles.

“El coronavirus es la militarización de la vida social”, escribe la simpar (ella sí) María Galindo en un texto que lee aquí la simpar (ella también) Cristina Morales. Aún aceptando la necesidad de la protección frente al virus, una sociedad democráticamente saludable y avanzada en derechos debería preferir siempre la vía de la desmilitarización y apelar a la responsabilidad ciudadana, individual y colectiva, para frenar las consecuencias indeseables de los contagios. Qué distinta la imagen ante los medios de un científico a la del general Villarroya, jefe del Estado Mayor de la Defensa. ¿Qué defensa? Si los 11.500 millones de euros que las arcas públicas del Estado destinan a presupuesto militar hubieran ido a defender la sanidad pública y universal, habría muchos más medios para combatir los virus letales, mucha menos desesperación. Pero parece que en este país de golpes militares y guerras civiles es al Ejército, y no a la Sanidad, al que hay que tratar bien.

“Frente al odio y al miedo que alimentan las guerras, esta crisis requiere extremar los cuidados, la conciencia de los otros y la solidaridad”, señaló al principio de esta situación la periodista Leila Nachawati. Son las palabras del sentido común frente al lenguaje y las imágenes belicistas con que el Gobierno ha afrontado la comunicación de la pandemia. No, esto no es una guerra, ni hay batallas ni hay trincheras. Merecen ese respeto quienes sufren la violencia de las guerras. Y también merece respeto, un respeto que se puede llamar civil, esta sociedad nuestra que hace ya décadas que se liberó del yugo militar y no ha de ser tutelada por el Ejército. Cuidado con eso. Con nuestras libertades y con nuestros derechos. A ver si por hacer un lavado de imagen histórico-militar vamos a caer en el esperpento valleinclanesco y las bufonadas berlanguianas de la ministra Robles. Que con 15.000 muertos y las UCI saturadas y la gente enferma en casa sin acceso a test ni a tratamiento, no estamos para jugar a soldaditos. No, yo no soy un soldado. Al menos, de la guerra que ellos nombran.

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