Mucha gente lo sabía

Hace dos años un grupo de opinantes en la prensa gallega fuimos invitados a una reunión con el presidente de NCG Banco, la entidad resultante de la fusión de Caixa Galicia y Caixanova. En un cierto momento, José María Castellanos nos contó que la desaparecida Caixa Galicia había hecho reuniones del Consejo de Administración en lugares tan sugerentes, si la memoria no me engaña, como Valencia, Londres, Río de Janeiro o Venecia, entre otros emplazamientos exóticos. Es de suponer que, para darnos esa información, muestra de la alegría de la belle époque que acaba de morir, estaba mohíno y despechado con sus antecesores.

Ellos, por cierto, habían constituido el núcleo duro de una cierta élite del país. Sin el concurso de José Luis Méndez y Julio Gayoso no se movía una sola paja en Galicia. Un solo ejemplo: el fiasco de Pescanova es en gran medida un evento de la desaparición de Caixa Galicia y CaixaNova. Mientras existieron las caixas, las cuentas se iban cuadrando, pero sin la asistencia financiera debida a los amigos y socios la ficción se acabó. Lo mismo podría decirse de otras empresas a las que las dos cajas financiaban para constituir un entramado de intereses comunes y, más allá de ello, para mandar en Galicia. La libido dominandi de ciertos empresarios no se limitaba a sus empresas. Por supuesto, ni un solo periódico en Galicia quería ni enarcar una ceja ante sus aventuras y desventuras. Gayoso y Méndez fulgían como brillantes caballeros que llenaban con sus dones tanto los buches de los grandes pájaros como algunos menudos vientres menestrales.

En el caso particular de Caixa Galicia, el triángulo entre José Luis Méndez, su director general, Francisco Vázquez, el alcalde socialista, por decir algo, de A Coruña, y La Voz de Galicia, el periódico de Santiago Rey, conformaba una pandilla que prácticamente decidía la agenda de Galicia de consuno con el PP. Ellos decidían los negocios a hacer y construían el enmarque o encuadre: decidían qué había que pensar. El puerto exterior de A Coruña, una megaobra absurda, construida para facilitar un pelotazo urbanístico en la franja portuaria de la ciudad, fue uno de sus proyectos estrella, ideado, para más inri, en la estela de la confusión que dejó tras de sí la catástrofe del Prestige y como presunto pago de Aznar a la colaboración del entonces alcalde coruñés. Los piratas nunca duermen, y de seguro que también en este momento de ira ciudadana siguen haciendo su labor callada.

No es exagerado decir que la Galicia contemporánea es, para mal, obra suya en buena parte. Pero lo peor fue que casi todos, o todos, callaron ante su influencia y poder. Lo hicieron los profesores de economía, los articulistas de diverso pelaje que jamás contrariaron la línea de mando –la hemeroteca puede ser sabrosa– y, desde luego, la oposición política que, cuando se convirtió en Gobierno, pudo aprobar una Ley de Cajas para meterlos en vereda, pero no lo hizo. Al contrario, se arrodilló a sus pies y los lisonjeó. Me pregunto cómo se puede cambiar un país contribuyendo a que la gente que lo descalabra se fortalezca. Si no se tiene otro mapa para rotularlo, no hay nada que hacer. Es donde estamos en Galicia y me temo que en toda España.

Después, estalló la crisis. Y la suerte de las cajas y sus dirigentes quedó sellada. Ironías de la historia. Lo que no hizo la sociedad gallega, por cobardía o por complicidad, lo provocó un inesperado huracán venido del otro lado del Atlántico. El cataclismo de la crisis de 2007 puso al desnudo sus vergüenzas. Su gestión al servicio del clan dejó tras de sí un agujero de 9.000 millones de euros. Pero no se puede pasar por alto la frivolidad de fondo de una sociedad que no se toma en serio a sí misma o, peor aún, está infectada de un cinismo que es el que, en última instancia, permitió que las cuentas de los dos Grandes Capitanes arrasasen con las dos cajas gallegas. Sus restos los compró, a precio de saldo, un banquero venezolano. Sin embargo, entidades crediticias públicas o al menos semi-públicas, como eran las cajas, son necesarias. La bancarización fue favorecida por el Gobierno, heraldo de la muy estricta Orden Neoliberal que gobierna la UE. Rajoy y Zapatero pactaron las sucesivas leyes que pusieron las cajas en mano de los banqueros.

Es una historia muy similar a la de Bankia. Tal vez la diferencia más notable es que, en el caso de las cajas gallegas, la influencia política de PP y PSOE, que existía, se desvanecía ante el bonapartismo de los dos directores generales. Para muestra un botón. Julio Gayoso ejerció la presidencia de la entidad desde el año 1964. Fue puesto allí por Rafael Portanet, falangista de primera hora, primer delegado de la Zona Franca en 1947, y desde el 60 alcalde de Vigo, dícese que gracias a Camilo Alonso Vega, Don Camulo, ministro de Gobernación afecto al ala bruta del franquismo. Al parecer, nadie reparó nunca en cuarenta años de democracia en tales sospechosos orígenes mientras los espinazos se doblaban con la santa unción que se le debe al dinero. Y otro botón más: uno de los hijos de José Luis Méndez gestionaba la corporación industrial de CaixaGalicia. Era nepotismo a la vista de todos, pero nadie pareció fijarse en el detalle.

Pero, en el caso de Bankia, los demás ingredientes estaban ahí: la trama de intereses, la obsequiosidad de los bien pagaos. En la prensa capitalina no se pudo leer ni un ápice de crítica hasta que el fiasco fue inocultable. Por lo demás, también Bankia era el instrumento financiero de una cierta camarilla madrileña, que sorprende por su amplitud ideológica. Aunque el que estaba al mando era el PP en su versión más canalla, todos pillaron y todos callaron. Fue vergonzoso el pacto entre CCOO y el PP en 1996 para nombrar a Blesa, el hombre de Aznar. Desde aquel momento, todo en Caja Madrid se hizo provincial y espeso. En Bankia estaba, es evidente, lo más concupiscente y corrupto del empresariado madrileño, de Díaz Ferrán a Arturo Fernández, pasando por Ricardo Romero de Tejada, secretario general del PP madrileño y presunto urdidor de aquella vergüenza, el tamayazo, que vivió el Parlamento de Madrid en los años en que la especulación inmobiliaria alimentó todas las corrupciones.

El TurboMadrid era una perita en dulce para especuladores y arribistas. En España hoy la gente se hace la idiota, como si se acabara de caer de un guindo, pero ya Alejandro Nieto avisó en su Corrupción en la España democrática, Premio Nacional de Ensayo en 1977, de lo que estaba sucediendo. Mucha gente, quizás demasiada, lo sabía. Lo que pasó después, con una burbuja disparada por la liberalización del suelo que propició Rato, mostró hasta qué punto podían empeorar la avaricia y la majadería. España estuvo en esos años a punto de volverse tonta, como alguien escribió en otras circunstancias.

Lo de las tarjetas 'black' es muy vistoso y gandul pero habría que saber cómo se daban los créditos, en qué condiciones, a quién, y cuáles de ellos eran a un interés ridículo, de ganga: en definitiva, saber quién formaba parte del clan y en qué condiciones. Qué constructoras, grupos de comunicación, grandes empresas se beneficiaron de créditos en condiciones que ningún particular osaría soñar. Algunas fuentes señalan, sólo para dar un ejemplo, que "en febrero de 2012, tres meses antes de la nacionalización, la Comisión de Riesgos recibió un informe que le advertía de que la exposición de la entidad en ACS era de 2.757 millones de euros, en FCC de 1.500 millones, en OHL de 1.000 millones y en Abengoa de 756 millones, entre otras grandes corporaciones" . Esa información tal vez nos daría una cartografía del poder madrileño. 22.400 millones de euros nos ha costado el juguete roto. Bueno sería saber quien lo disfrutó.

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26 de octubre de 2014 - 20:24 h

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