Vive la République!

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Al inicio de esta semana el consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, Enrique Ruiz Escudero, se refería a la posibilidad de instaurar un toque de queda que permitiera actuar con contundencia contra la expansión del virus. Días después, como no podía ser menos, su presidenta Ayuso le contradecía. Al final de la semana, Gobierno central y comunidades autónomas no llegaban a un acuerdo sobre el toque de queda.

De pronto el toque de queda se ha convertido en la medida estrella para tratar de frenar el avance del coronavirus. Un toque de queda, el de la guerra, permite disparar a los ciudadanos cuando están en las calles fuera del horario convenido. Acojona. 

La última vez lo decretó en 1981 el golpista teniente general Milans del Bosch en su circunscripción militar de Valencia con motivo del intento de golpe de Estado del 23F. Las unidades militares, decía el bando de Milans del Bosch, "repelerán sin intimidación ni previo aviso todas las agresiones que puedan sufrir con la máxima energía". Así que, el toque de queda tiene muy mala prensa.

Pero, al parecer, no hay muchas más opciones si se quiere actuar con contundencia en situaciones de contagio masivo como la que vivimos. Toque de queda, sin encaje legal, estado de alarma, estado de excepción. El coronavirus obliga a estrujarse las meninges para dar con algo que produzca el milagro, bajar la incidencia de positivos a dos cifras por 100.000 habitantes. ¿Cómo acertar?

En 1992, con motivo de la realización  de un reportaje, llegué con un equipo de televisión a Lima, la capital de Perú, que estaba bajo toque de queda. Era ya noche cerrada cuando salimos del aeropuerto en una furgoneta camino de la capital. Al llegar a calles cercanas y vacías del centro, la furgoneta se detuvo en un semáforo en rojo junto a un cuartel militar. Miré a través de la ventanilla hacia la enorme pared del cuartel y leí una frase pintada en grandes letras de color negro: "No detenerse. Orden de disparar". Sí, acojonaba. En aquella época Lima, y todo Perú, estaban bajo la presidencia de Alberto Fujimori, y la presión inmensa del terrorismo de la guerrilla maoísta Sendero Luminoso inundaba la vida política, social y económica del país. El toque de queda había sido impuesto en todo el país.

Cuando este pasado 14 de octubre, el presidente de la República Francesa, Emmanuel Macron, anunciaba un toque de queda en varia zonas, incluida la capital, París, para tratar de combatir el inapelable avance del coronavirus, me acordé de mi lejana experiencia peruana. El toque de queda implica la prohibición de circular por la calle desde las nueve de la noche hasta las seis de la mañana, solo que aquí no se contempla lo de disparar. No hay guerra, aunque sí en sentido metafórico contra el coronavirus. Esta misma semana lo ha extendido y afecta ahora a 46 millones de franceses.

Macron, un dirigente peculiar con decisiones polémicas en esta Europa compleja de difícil unidad, ha dado un paso atrevido en las actuales circunstancias, y ha marcado una posible línea a seguir. Se la ha jugado, una vez más. Sus actuaciones políticas han sido puestas en tela de juicio en varias ocasiones. Ahora impone el toque de queda en un país en el que la libertad se sitúa como parte consustancial del lema "liberté, egalité, fraternité" de la República, y obliga a su conciudadanos a quedarse encerrados en sus casas durante nueve horas.

Pero es que hoy, con el choque sistémico que provoca la crisis del coronavirus, los dirigentes tienen que dar un paso adelante y con decisión. No valen medias tintas, ni esperar leyendo el Marca a que escampe. No  va a escampar. 

En este punto es interesante traer a colación la opinión del filósofo alemán Jurgen Habermas sobre las acciones políticas de Macron. Dice Habermas: "El presidente Macron es criticado, no sin razón, por las reformas sociales desiguales que pone en marcha en Francia, pero se muestra muy superior al resto de dirigentes europeos por su altura de miras en cada problema actual: es esa altura de miras lo que le permite actuar no solo desde una postura reactiva". Y añade el pensador alemán: "Si Macron se distingue del resto de dirigentes es por su valentía: se atreve con una política creativa cuyos éxitos rechazan el cliché sociológico de que la complejidad de nuestras sociedades modernas solo permite una postura reactiva preocupada por eludir el conflicto".

Una postura reactiva preocupada por eludir el conflicto. Este es el gran problema. Cuando se gobierna, enfrentarse al conflicto es el pan nuestro de cada día y hay que hacerlo sin estar mediatizado por la "opinión pública" publicada, el ruido constante del universo digital donde se ofrecen "soluciones" mediatizadas por la ideología e intereses espurios, que no están sujetos al escrutinio ciudadano, salvo al de seguidores y contrarios en sus propios foros. La verdadera opinión pública está en la calle, o en su casa, atemorizada por el virus. Esa opinión pública, según nos dice el CIS, a algo tenemos que atenernos, en un 62,4% pide medidas más drásticas contra el coronavirus. El porcentaje ha aumentado desde las anteriores mediciones del CIS.

En Francia, hace tres meses el presidente Macron aprovechó la fiesta nacional del 14 de julio para dar una buena noticia, la salida de la crisis del coronavirus. Pero, como a tantos dirigentes políticos deseosos de dar esa buena noticia, la realidad se le volvió en contra como un inoportuno boomerang. El virus volvía con fuerza, con tanta fuerza que había que tomar decisiones drásticas e impopulares.

"No habrá prohibición de tráfico entre las nueve de la noche y las seis de la mañana - dijo a los franceses Macron en una alocución televisada-, pero habrá una limitación estricta por buenas razones. Eso significa que ya no iremos a restaurantes o no saldremos del restaurante después de las nueve de la noche, ya no iremos a casas de amigos, no iremos de fiesta porque sabemos que es ahí donde nos contagiamos más fácilmente y es lo que debemos reducir”.

En su discurso para anunciar el toque de queda, el presidente aseguró que un nuevo confinamiento general de la población, como el vivido entre marzo y mayo, "sería desproporcionado", pero que el toque de queda "es una medida pertinente". 

Esta medida tiene un resultado evidente. Si te pillan en la calle en esas horas del toque de queda, sin razón suficiente, te cae una multa de 135 euros en la primera ocasión y de hasta 1.500 euros en la segunda ocasión. Pero, detrás de ello, está también la necesidad de crear un estado de presión psicológica de tal manera que algunos ciudadanos, que hoy no lo hacen, se tomen en serio la necesidad de reducir los contactos que se producen en fiestas o encuentros privados difícilmente controlables.

La presidenta de la comunidad madrileña, Isabel Díaz Ayuso, acierta en el diagnóstico: "Hay que ir al foco de los contagios donde se producen, son zonas y horarios que no generan valor económico, es decir, fiestas privadas, reuniones familiares". Pero Ayuso no es Macron, le falta la altura de miras de la que hablaba Habermas, le va más lo de enredar entre bambalinas, incluso dentro de su propio partido, incluso dentro de su propio gobierno.

En Francia, la Constitución Francesa del 4 de octubre de 1958, la última versión desde la Revolución Francesa, ofrece al presidente plenos poderes para actuar en situaciones excepcionales, pero a pesar de esos plenos poderes, el presidente tiene que tomar la decisión y asumir las responsabilidades derivadas de ella, y Macron ha decidido actuar y no era fácil la decisión. Pero nada es fácil, salvo la crítica gratuita, en un tiempo tan complejo como el que nos ha tocado vivir.

Aquí también sabemos dónde se producen los contagios, pero resulta más difícil introducir elementos coercitivos que ayuden al aplanamiento de la curva, la reducción de casos positivos y el consiguiente control de la situación. Cierto que el complejo sistema administrativo con un gobierno central y 17 autonomías y dos ciudades autónomas de diferente pelaje y las competencias de sanidad descentralizadas, complica sobremanera la toma de decisiones. Si a ello añadimos el gallinero político que ha acompañado a la pandemia, el resultado es el que es. 

Quizá la vuelta a la sensatez intuida en las palabras de Pablo Casado con motivo de la ampliamente derrotada moción de censura de Vox, permitan un cierto optimismo para afrontar meses de calvario (Bill Gates fija la erradicación del virus a finales de 2021) en los que la transversalidad política, incluida la del Partido Popular, sería de agradecer. En una crisis sanitaria de semejante  envergadura quizá el nuevo Partido Popular salido de la moción de censura considere la oportunidad de seguir aquella indicación del filósofo y político conservador Donoso Cortés: "Hay que unirse, no para estar juntos, sino para hacer algo juntos".

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Publicado el
23 de octubre de 2020 - 22:41 h

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