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Enigmas
Enigmas
En cierta ocasión, tratando de vislumbrar lo poco que sabía acerca de la Teoría del caos, se asomó a mi entendimiento la siguiente reflexión: “Todo cuanto decimos en voz alta, el Cielo lo escucha, y genera una interminable cadena de consecuencias”. Pronunciamos en demasía la palabra ‘casualidad’, pero qué poco el término ‘causalidad’. Tal vez, en esa cadena de sucesos de los que no tenemos consciencia, haya elementos que acaben por converger al cabo del tiempo y nos hagan creer en esa casualidad que nombramos porque nos provoca un asombro rayando lo mágico. Un misterio. Otro más; la interconexión. ‘El batir de la mariposa’.
De un tiempo a esta parte, biólogos y naturalistas afirman que los árboles se comunican entre sí a través de sus raíces. En la dimensión invisible del subsuelo, extienden sus tentáculos radiculares hasta límites insospechados como, por ejemplo, el eucalipto para satisfacer su insaciable necesidad de agua. Me pregunto qué se habrán transmitido entre sí los árboles en estos últimos y horribles incendios; en todos los incendios: pequeños o estridentes gritos de dolor y auxilio que nadie escucha. ¿Por qué la naturaleza no ha dotado a los árboles de un sistema de alarma, dejándolos a merced de la ferocidad del fuego? ¡Ah! –Habrá reflexionado Natura– para eso están los humanos, que saben organizarse y ser lo suficientemente responsables y listos para sustraer de los bosques todo aquello de lo que los árboles se desprenden y van conformando un tupido entramado al que llaman ‘combustible’ tras haberlo arrasado el fuego; árboles incluidos. ¿Sabe Natura que abundan entre nosotros los irresponsables que se desentienden por completo de estas prevenciones y que después del desastre se atrincheran tras un atril y culpan a otros? ¿Será otro misterio que, siendo la naturaleza la inteligencia del planeta, no los conozca por sus nombres y apellidos?
No cabe la música en estas catástrofes. No hay banda sonora. La danza del fuego es otra cosa, que trata asuntos relativos a las pasiones humanas; y no arden árboles (eso creo).
He aquí una de esas cadenas de interminables consecuencias: han querido ponerle puertas al monte con sus normativas, pero se han dejado allí todo ese combustible que antaño utilizaban sus moradores y ahora abandonan los territorios por imperativo vital: una cadena interminable de despropósitos.
Una persona sale a la calle para ir al trabajo, muy temprano, todavía es de noche. A los pocos metros se encuentra una cartera masculina en el suelo. Documentos, tarjetas y algunos billetes. ¡Vaya, pues va a ser verdad eso de que a quien madruga dios le ayuda! Unos pasos más adelante se detiene y reflexiona: La persona que ha perdido esta cartera ha debido pasar unos instantes antes que yo; también ha madrugado; y hasta es posible que se haya levantado antes. ¿Cómo habrá sido su ayuda? Depositó la cartera en la comisaría más próxima (hecho extremadamente insólito).
Al reanudar su camino volvió a reflexionar: “Tal vez ese hombre aún no se haya dado cuenta de que ha perdido la cartera. Esta mañana me siento especialmente bien. Espero que la recupere pronto. Pero sigo sin saber de ese dios que ayuda a los que madrugan”.
“El caos es un orden por descifrar”, aseveró en una ocasión don José Saramago.
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