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La violencia en nuestro silencio
Las protestas en Irán no son un estallido puntual ni una reacción improvisada. Son la expresión sostenida de una sociedad que lleva décadas reclamando algo tan básico como vivir sin miedo. Miedo a opinar, a crear, a amar, a existir fuera de los márgenes impuestos por un poder que confunde control con orden y obediencia con estabilidad.
Desde Europa observamos. A veces con preocupación, otras con declaraciones formales. Demasiadas veces con un silencio cómodo que se justifica en la distancia cultural o en la complejidad geopolítica. Pero ya sabemos que hay silencios que no son neutrales, sino cómplices.
En Irán, la represión no se ejerce solo sobre los cuerpos, sino también sobre el lenguaje, la cultura y la posibilidad misma de imaginar una vida distinta. El control del espacio público va acompañado del control del pensamiento. Y ahí es donde el arte, cuando existe, se convierte en una forma de resistencia silenciosa, pero profundamente política.
Desde hace años mantengo relación con artistas persas, como con artistas de todo el mundo. Una artista iraní —cuyo nombre mantengo en el anonimato por razones evidentes de seguridad— lo expresa con una crudeza que no admite metáforas cómodas:
“Las mujeres en Irán no viven, dan cada día un paso hacia su posible muerte.
Desde niñas se nos enseña que nuestro cuerpo es una amenaza y que nuestra voz debe ser silenciada.
Si hablamos claro, nos disparan en la garganta.
El arte no puede cambiar una dictadura, pero puede conservar la memoria de nuestro sufrimiento.“
No se trata de una declaración aislada ni de una exageración retórica. Es el relato cotidiano de millones de mujeres cuya existencia se ve reducida a obediencia o castigo. Y también es una advertencia para quienes, desde sociedades democráticas, observamos estas realidades con distancia y cierto cansancio informativo.
El arte no es aquí ornamento ni entretenimiento. Es lenguaje cuando el lenguaje está prohibido. Es archivo de lo que el poder quiere borrar. Por eso los regímenes autoritarios temen tanto a la cultura: porque no se puede encarcelar del todo una idea, ni borrar completamente una memoria compartida.
Las protestas en Irán nos interpelan también a quienes vivimos en Europa. No solo por lo que allí ocurre, sino por lo que aquí toleramos. Por nuestra tendencia a relativizar la vulneración de derechos cuando sucede lejos. Por nuestra facilidad para indignarnos durante unos días y pasar página después.
Denunciar la represión en Irán no implica mirar hacia otro lado ante el genocidio en Palestina. Al contrario: exige la misma coherencia ética. Si somos capaces de alzar la voz ante la devastación de Gaza, también debemos hacerlo frente a la violencia sistemática contra las mujeres y la ciudadanía iraní. Los derechos humanos no compiten entre sí ni se activan por turnos. O se defienden siempre, o se vacían de sentido.
La defensa de los derechos humanos no admite jerarquías geográficas. La libertad de expresión, la dignidad de las mujeres y el derecho a una vida sin violencia institucional no son valores occidentales: son derechos universales. Y cuando se vulneran de forma sistemática, la comunidad internacional no puede limitarse a mirar.
Europa no puede seguir hablando de valores mientras acepta el silencio como estrategia. Tampoco puede reducir su apoyo a gestos simbólicos que no incomodan a nadie. La coherencia democrática se demuestra en los contextos difíciles, no en los discursos cómodos.
Las protestas en Irán no nos piden soluciones inmediatas. Nos exigen algo previo y esencial: no apartar la mirada. No normalizar la represión. No convertir el sufrimiento ajeno en ruido de fondo informativo.
Con este texto intento hacer eco del grito de un pueblo que hoy se vuelca en las calles y permanece incomunicado por un gobierno que no le representa.
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