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Del “timo ibérico” por el gas a la gran recesión que nunca llegó: los pronósticos económicos fallidos de Feijóo

José Enrique Monrosi

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Antes del verano, cuando el impacto de la invasión rusa de Ucrania arreciaba sobre los precios de la energía, disparaba el coste de la cesta de la compra o los tipos de interés y amenazaba con sumir a Europa en una nueva recesión, todo el discurso del PP de Feijóo era económico. La estrategia del recién aterrizado líder de la oposición parecía entonces sencilla: un perfil político sin alharacas y a esperar. Aguardar, principalmente, a que una gran crisis de la economía española se llevara por delante al Gobierno de Pedro Sánchez para abrirle de par en par las puertas de la Moncloa. Y por eso desde la calle Génova se empezaron a profetizar desastres. 

“La economía se acerca al colapso”. La frase, en boca de la portavoz parlamentaria Cuca Gamarra, fue una de las primeras profecías económicas de la era de Alberto Núñez Feijóo. Durante aquella sesión en el Congreso del mes de marzo, Gamarra no escondió las cartas de su nuevo jefe y acusó al PSOE de provocar la “ruina de las clases medias y trabajadoras una vez cada 10 años”, añadiendo, justo a continuación, que la gente necesita que llegue el PP para “arreglarlo”. Una versión renovada del “que caiga España, que ya la levantaremos nosotros”, aquel viejo planteamiento de Cristóbal Montoro. 

La incertidumbre de los siguientes meses para todos los gobiernos europeos por el devenir de la guerra se convirtió para el PP de Feijóo en un terreno abonado para el anuncio del apocalipsis. Los populares se esforzaban entonces por dibujar a España como el peor país de la Unión Europeo en su gestión de la crisis, aunque los datos no corroboraran esa hecatombe. Ya en el mes de abril, antes de que el límite al precio del gas que Pedro Sánchez consiguió arrancarle a Bruselas comenzara a dar sus frutos, Feijóo ya predicaba en cada uno de sus actos públicos que España era “el país de la Unión Europea con mayor inflación”. 

Lo dijo durante una intervención tras la reunión del Comité Nacional Ejecutivo de su partido celebrada el 20 de abril, lo repitió en decenas de actos y lo replicaron los dirigentes populares por cada rincón del país aunque, ya por entonces, la afirmación resultaba ser falsa. Países como Lituania, Estonia, República Checa, Países Bajos, Letonia, Bulgaria y Polonia superaban en inflación a España, que en los siguientes meses consiguió aliviar aún el aumento del coste de los precios gracias, sobre todo, al control del coste de la energía por el tope al gas –que también afectó a Portugal–, una de las victorias políticas más importantes del Gobierno de Sánchez en el seno de la UE. 

Tras muchos meses de batalla en Bruselas por conseguir la denominada excepción ibérica que permitía limitar los precios del gas a España y Portugal para la generación de electricidad, el logro español fue, sin embargo, despreciado por los de Feijóo. La oposición volvió a profetizar: la medida no serviría más que para financiar la energía de los franceses, dijeron, llegando incluso a hablar de timo. “El pacto ibérico éste… el timo ibérico, mejor dicho”, se burló el coordinador general del PP, Elías Bendodo, tras plantear que “la medida estrella del Gobierno es subvencionar el gas y la electricidad a Francia”. 

A la cola de Europa en inflación y récord de empleo

Desde el mes de octubre y, según datos de Eurostat, España se ha consolidado como el país de toda la Unión Europea con menor tasa de inflación. Las cifras del mes de noviembre reflejaron una media en la Unión del 10,1%, con España a la cola de los 27 en una tasa del 6,7%. Países vecinos aún sobrepasan con creces los dos dígitos, como son los casos de Alemania (11,3%), Portugal (10,2%) o Italia (12,6%). Casi todos los análisis económicos coinciden en señalar, además, el tope al gas como una de las claves del control de precios en nuestro país. Algo que pronto podría dejar de ser una “excepción ibérica” para convertirse en un plan del conjunto de la Unión, según los planteamientos de la propia Comisión Europea. 

A finales de octubre, y solo unos días antes de que Eurostat hiciera oficial que España se situaba a la cabeza del control de la inflación en toda Europa, el propio Feijóo volvió a hacer predicciones económicas tras participar en la tradicional “pulpada” de su partido en Lugo: “Estamos a pocas semanas de entrar en una recesión técnica”, alertó recurriendo a uno de los escenarios apocalípticos más transitados por la derecha. El de la recesión de la economía española es un fantasma agitado desde hace meses por los conservadores y al que ahora los datos oficiales parecen espantar. 

Según las previsiones del Banco de España del Informe Trimestral publicado en el mes de diciembre, la profecía apocalíptica del PP de Feijóo tampoco se cumplirá en 2023. La institución descarta la recesión en España en su escenario central, ni técnica como decían los populares (dos trimestres consecutivos de caída de la actividad), ni mucho menos más profunda. La previsión de crecimiento del PIB (Producto Interior Bruto) para 2023 es del al 1,3%, por debajo, eso sí, del 2,1% que prevé el Gobierno. En 2024, por su parte, el ritmo de crecimiento de la actividad acelerará al 2,7%, según el propio Banco de España. 

2022 terminó, además, con otra buena noticia económica para España en un terreno sobre el que los populares también habían dibujado nubarrones. El año cerró rozando máximos de empleo con 471.000 trabajadores más y 268.000 parados menos, alcanzando un total de casi 20,3 millones de trabajadores y con dos millones más de personas indefinidas tras la reforma laboral. La cifra de personas paradas registradas, 2,8 millones, es la más baja desde 2007, mientras que los contratos temporales cayeron a un mínimo histórico del 15% gracias a los efectos de la reforma laboral. 

Desde el PP llevan meses combatiendo esa evolución del empleo con un discurso que da pábulo a la conspiración que pone bajo sospecha a los datos públicos de empleo (procedentes, además, de los servicios de empleo de las Comunidades Autónomas, sobre las que recaen esas competencias, gobernadas en muchos casos por el propio PP). Feijóo llegó a decir en verano que “cuando ya se maquilla la estadística, es muy difícil hacer la comparación”, apuntando que “aquello que era temporal ahora se llama fijo discontinuo”. En los siguientes meses los dirigentes populares han repetido el argumento con descalificaciones al Gobierno de “trilero”, “maquillaje” de las cifras y “negacionismo”. 

El cómputo que hace el Servicio Estatal Público de Empleo (SEPE), que no ha cambiado desde 1985, establece que los fijos discontinuos que están inactivos no computan como parados en los registros del propio SEPE. Desde la aprobación de la reforma laboral, antes incluso del aterrizaje de Núñez Feijóo en la política nacional, los populares pronosticaron que la reforma laboral de Yolanda Díaz sería una máquina de destrucción de empleo: “¿Sabe la gente que la reforma laboral lo que va a hacer es destruir o dejar de crear un millón de empleos?”, se preguntaba antes de su aprobación el entonces líder popular, Pablo Casado. De aquella predicción hace casi un año y han pasado muchas cosas en la economía, en la política, en general, y en el PP, en particular. El cambio en la dirigencia de Génova, sin embargo, parece aún lejos de aportar una mayor precisión en los pronósticos. 

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