Dinero gastado, tiempo invertido y menos confianza en el sistema: cómo las cuatro grandes editoriales “drenan” la ciencia
“En cuanto el interés comercial empieza a imponerse [en las revistas científicas], el perjuicio recae sobre la comunidad investigadora”. David Christie Martin, secretario de la Royal Society británica, hizo este vaticinio en 1957. Se equivocó poco.
Siete décadas después, los peores augurios de Martin se han hecho realidad y las cuatro grandes editoriales científicas están “drenando” la ciencia y a los científicos con sus rentables políticas de publicación de artículos, según defiende una investigación transnacional en la que ha participado la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB). Elsevier, Springer Nature, Wiley y Taylor & Francis han ido desviándose de su función primigenia, sostienen los autores en el texto, y priman el beneficio sobre la difusión del conocimiento, lo que genera una distorsión del sistema, aseguran, que se paga en dinero (generalmente público), tiempo invertido, confianza en el sector y dejar el control académico en manos privadas.
El sistema no siempre fue así. “En sus inicios, las revistas [muchas de ellas editadas por sociedades científicas de manera altruista] servían a comunidades pequeñas y dedicadas de lectores y, a menudo, subsistían gracias a la filantropía, el altruismo o el apoyo institucional. Sin embargo, desde la década de 1950, las publicaciones se han convertido en piezas clave de una competencia cada vez más feroz por el prestigio. El número de publicaciones a nivel mundial aumentó de forma exponencial. Durante ese mismo periodo, las editoriales comerciales tomaron el relevo de las antiguas organizaciones sin fines de lucro como fuerzas dominantes en lo que, a finales del siglo XX, se había transformado en una industria altamente rentable”, apunta el artículo.
Aunque en los últimos años se está intentando corregir el rumbo, en el mundo en general y en España en particular, durante las décadas precedentes el sistema de la ciencia ha ido evolucionando hacia una insaciable estructura que empuja a los científicos a publicar cuanto más mejor, y, además, premia (académica y laboralmente) tener visibilidad y éxito, que en la ciencia se mide en las citas de los artículos.
Antiguamente, las revistas funcionaban por suscripción. Eran los lectores quienes pagaban el coste de editar revistas. Pero este sistema tenía una limitación: las suscripciones eran prácticamente inasumibles a título personal, por lo que los científicos dependían de que sus instituciones pagaran las suscripciones para poder leer. Y, con un sector cada vez más amplio y diversificado, llegar a todo era prácticamente imposible.
Las editoriales buscaron la solución: empezaron a publicar los artículos gratis y en abierto, para todo el mundo, bajo la condición de que fuera el autor del texto, supuesto interesado en la difusión, quien se hiciera cargo de los costes de publicar una investigación (a razón, actualmente, de varios miles de euros por artículo en función de la revista). Habían nacido las APC (Article Processing Charges), un sistema que genera más disfunciones de las que resuelve porque incentiva a las editoriales a publicar y publicar para cobrar, más allá de que las investigaciones tengan interés o no.
Ganancias milmillonarias
Las cifras de las cuatro grandes editoriales reflejan el gran negocio en que se ha convertido la publicación científica. “Solo en 2024, la publicación de revistas generó más de 7.100 millones de dólares en ingresos, y entre 2019 y 2024 superó los 14.000 millones de dólares en beneficios. Sus márgenes de beneficio se han mantenido siempre por encima del 30% en los últimos cinco años y, en el caso del mayor editor —Elsevier—, han superado sistemáticamente el 37%”, ilustra el texto, que remata: “En comparación con muchos otros sectores, la edición científica es una de las industrias sistemáticamente más rentables”.
Otro estudio, elaborado por investigadores del ScholCommLab, un laboratorio interdisciplinar con sede en la Universidad Simon Fraser de Vancouver, reveló en 2024 que en los últimos cinco años el precio de las APCs, lo que pagan los científicos a las revistas por publicar sus artículos, se ha disparado. Según aquella investigación, entre 2019 y 2023 el coste medio de los APCs ha pasado de 2.356 euros a 2.983 euros en seis de los principales grupos del mundo (Elsevier, Springer Nature, Wiley, Frontiers, MDPI y PLOS), con picos de hasta 10.000 dólares por texto.
Estos precios no guardan relación con el coste que tiene para una revista publicar, según algunas investigaciones independientes (porque las editoriales no ofrecen información al respecto). Uno de los intentos más recientes lo realizó la investigadora Lilian Nassi-Calò. Esta argentina trató de desglosar el coste de publicar para una revista y calculó que, si publica mil artículos al año, en el escenario más caro le cuesta 616 euros y en el más barato 379. Si la revista publica cien o menos artículos anuales, el rango oscila entre 665 y 418 euros. Y, sin embargo, el coste medio para los autores está en casi 3.000 euros.
Además, según recuerda el artículo, buena parte del trabajo necesario para publicar un texto en una revista lo hacen otros científicos de manera gratuita.
Tiempo perdido
Aquí entra en juego uno de los principales elementos del sistema científico: las revisiones por pares. Cuando un científico envía un artículo a una revista, si el editor considera de primeras que cumple un mínimo, se lo envía a otros científicos especialistas de esa área para que lo evalúen. Estos revisores analizan el texto, señalan debilidades o dudas que puedan tener, que se le hacen llegar al autor. Este trabajo lo hacen los investigadores de manera desinteresada.
“El sistema editorial depende del trabajo no remunerado de los revisores, estimado en más de 130 millones de horas anuales solo en 2020. Desde hace décadas, los investigadores se quejan de las exigencias de la revisión por pares, pero la magnitud del problema es hoy mayor: los editores informan de dificultades generalizadas para reclutar revisores”, explica el texto. La razón parece evidente y remite, de nuevo, a un sistema voraz: “El número de artículos publicados cada año crece más rápido que la propia plantilla científica: entre 1996 y 2022, el número de artículos por investigador casi se duplicó”. “Este aumento refleja cómo el deseo comercial de las editoriales de publicar —y vender— más contenidos ha encajado perfectamente con una cultura competitiva del prestigio, en la que las publicaciones sirven para asegurar puestos de trabajo, financiación, promociones y reconocimientos”.
La consecuencia solo puede ser una: “El crecimiento del número de publicaciones consume no solo el tiempo de los autores, sino también el de editores académicos y revisores, desbordados por una avalancha de solicitudes de evaluación”.
Otra consecuencia de este sistema de publicaciones es que, aunque parezca paradójico porque cada vez se publican más artículos, el avance de la ciencia se ve ralentizado, según los autores. Lo explican así: “Mientras las recompensas [laborales, económicas] sigan ligadas al volumen, el prestigio y el impacto de las publicaciones, los científicos se verán empujados a abandonar trabajos más arriesgados, locales, interdisciplinares o de largo recorrido. Las prácticas académicas fundamentales —como leer, reflexionar o dialogar con las contribuciones de otros— quedan relegadas a un segundo plano. Lo que aparenta ser productividad a menudo oculta un agotamiento intelectual sostenido por una visión científica cada vez más estrecha y desmoralizadora”.
Sobre fiabilidad y control
Estas prácticas minan la credibilidad del sistema, sostienen los autores, que ha acabado generando monstruos. Premiar la cantidad sobre la calidad y el prestigio de la revista en que se publica sobre lo que tiene que aportar el artículo en sí ha incentivado la aparición de las llamadas paper mills (fábricas de artículos), que venden textos ya elaborados e incluso aceptados por revistas al módico precio de 2.000 dólares, o el secuestro de revistas enteras: se compra una publicación de cierto prestigio y se llena de (muchos) artículos de dudosa procedencia a cambio de unos miles de euros por texto en APCs, como le ha sucedido a una treintena de revistas españolas, según una investigación de Emilio Delgado y Alberto Martín-Martín, de la Universidad de Granada. También han surgido las llamadas “editoriales depredadoras”, que basan su modelo de negocio en publicar muchos artículos, para lo que instauran unos precios más bajos de publicación y un proceso de admisión laxo y rápido.
“No se trata de fallos aislados, sino de síntomas de un sistema de investigación profundamente moldeado por incentivos con ánimo de lucro”, sostienen los investigadores.
Otro problema que genera la comercialización de la ciencia y sus revistas, explican los autores del artículo, es que empresas privadas han tomado el control sobre la evaluación de los científicos, que acaba marcando sus carreras. Y cita ejemplos: Clarivate —una compañía en manos de capital riesgo— establece el factor de impacto de las revistas, un indicador sobre su prestigio que determina la calidad de la publicación (cuánto más alto, mejor, y más atractivo para los científicos publicar en ella). Elsevier es propietaria de Scopus “y de un arsenal creciente de plataformas analíticas que abarcan todo el ciclo de vida de la investigación”.
Las pequeñas rebeliones
Aunque el sistema es el que es y muchos científicos “se sienten impotentes” para cambiarlo, los hay que se están empezando a plantar. El equipo editorial de la revista NeuroImage, la más prestigiosa en el campo de las imágenes cerebrales y editada por el gigante Elsevier, dimitió al completo hace unos meses por el abuso que, argumentaban, comete la revista con los precios que cobra por publicar artículos científicos. Los editores –un grupo de 42 mujeres y hombres de universidades de todo el mundo– explicaron en una carta abierta que intentaron convencer a la revista de que bajase sus precios, pero esta no se mostró dispuesta.
En otro caso, los empleados del gigante Springer Nature, la editora de la prestigiosa revista científica Nature, estuvieron a punto de ir a la huelga por los salarios. Los trabajadores explicaron que la empresa había ofrecido una subida salarial del 5,8%, oferta a la que replicaron con una petición del 10%. La empresa, argumentaban, había ganado 500 millones de dólares a base, entre otras cuestiones, de subir sus tarifas un 8%.
Pero hay esperanza, cierran los autores. Muchos países occidentales (que es donde este problema se da con más fuerza), entre ellos España, están empezando a mutar sus sistemas de evaluación y saliéndose de la conocida como “dictadura de los papers” y la lógica del “publish or perish” (publica o perece) que ha regido la ciencia las últimas décadas y que fuerza a los investigadores a publicar artículos a cualquier precio. Porque, y en esto están de acuerdo todas las partes, los científicos solo responden a los incentivos que se les ponen. ¿Se les pide que publiquen artículos para progresar en la carrera académica? Publican artículos.
Por eso la solución viene de arriba, sostienen los autores. “Los actores principales del entorno de investigación podrían coordinarse para desmantelar el sistema que actualmente otorga el control de la ciencia a corporaciones con fines de lucro”, apuntan.
Se está empezando a hacer. Eliminar la obligatoriedad de publicar en determinadas revistas, abrir repositorios públicos gratuitos o abrir el abanico de soportes evaluables más allá de los artículos (publicaciones, patentes, informes, estudios, dictámenes, trabajos técnicos, trabajos artísticos, exposiciones, excavaciones arqueológicas, catalogaciones, etc.) incentiva a los investigadores a realizar otras prácticas.
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