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Entre el capitán a posteriori, la varita mágica y los carroñeros

La pandemia mundial de coronavirus no es culpa del gobierno de Sánchez. Redoblar el dolor de las víctimas sí entra en la cuenta de quienes buscan sacar tajada de las desgracias

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Marea Blanca en defensa de la sanidad pública. Madrid. Archivo

Marea Blanca en defensa de la sanidad pública. Madrid. Archivo

Imaginemos un funeral, uno de los que estos días no pueden celebrarse en algunas ciudades dada la cantidad de muertos que ha provocado el coronavirus. Uno en casa del finado, incluso. Mientras el difunto yace en la caja, los visitantes descuelgan los cuadros, abren los cajones, buscan debajo de las camas, a ver qué se pueden llevar. Saquean el frigorífico, tiran los huevos al suelo y los pisotean. Se aprovechan de la familia y amigos sinceramente afligidos que casi no pueden prestar atención. Les abofetean y escupen, después. Dicen que para que reaccionen. Miles de bovinos les aplauden, la mayoría con los bolsillos vacíos: de la rapiña de aquellos, de criterio y de decencia. Todos sabían qué hacer para que el susodicho no hubiera fallecido y se disponen a tomar el relevo aprovechando el primer descuido. Eso y más está sucediendo en España.

Solo personas sin escrúpulos o con un nivel de estupidez patológica desplegarían semejante campaña de acusaciones contra el Gobierno por su gestión de la crisis. No son críticas –hay que ser muy preciso con las palabras-, es política barriobajera, cargada de exageraciones y mentiras. Y de un desahogado quitarse culpas de encima que todavía les envilece más. Una piña política con un agresivo soporte mediático: cada día aparecen queriendo dar sensación de caos, como si fuera el gobierno de la República del Congo gestionando el Ébola, con perdón a la República del Congo.

Escuchar a Pablo Casado en el Congreso, adalid de esa política rastrera, produce una sensación desoladora, que resta fe en el género humano. Y que se prolonga en muchos de sus portavoces y algunos gerentes locales. Nos dicen que no son todos, aún hay esperanza. Les amplifica la feroz colaboración de determinados productos mediáticos, ávidos de vender sus mensajes y sacar réditos a cualquier precio. Nada que ver con una exigible crítica proporcionada. Esas caras compungidas de las directoras de escena de las mañanas cuando atizan bulos sin contestación. Cada día, incansables. Ni siquiera son las únicas y los hay hasta más sutiles. Todos ellos realizan la gran labor social de asustar a los más vulnerables mentalmente.

Y parece que les funciona. Una encuesta europea revela que Macron y Conte reciben más respaldo a su gestión en Francia e Italia que Sánchez, que cosecha más suspensos que aprobados. A pesar de las cifras de Italia y de que vuelven a repuntar. Claro que si miramos la prensa de Italia, vemos bastante más asepsia informativa que en la española en el tratamiento de esta crisis. La reiterada culpabilización del Gobierno español que difunden se propaga, como ya comentamos, por las cadenas del miedo y la falta de una serie de valores fundamentales, y acaba en dardos mortíferos de WhatsApp. Sus transmisores sufren, pero ya tienen el culpable que todas las plagas medievales hallaron para explicar lo inexplicable. Y siempre alguien saca tajada.

Nos debatimos, incluso periodistas de este medio y muchísimos más, entre callar o rebatir a esa plaga de difamadores y alborotadores, pero callar es darles aliento. La miseria humana en todo su esplendor habla por boca de las hienas que crean la desinformación y el odio para aprovecharse. Han entrado a saco en el velatorio, ignorando que hasta ellos pueden ser los muertos.

Si, como debe ser, entramos en el análisis racional, vemos que el coronavirus es un problema mundial que habrá de arbitrar soluciones globales, cooperando. La investigación para hallar vacunas y tratamientos es fundamental, el coronavirus ha demostrado que las barreras de barrotes no lo detienen. Con la Unión Europea y algunos de los países insolidarios que la componen no parece que podamos contar de momento. Se intenta. Entre zancadillas patrias. Portugal, por el contrario, ha intervenido en favor de España y con fuertes críticas a Holanda

A estas alturas, hay que atender a las cifras gruesas en los datos, porque las diferentes maneras de medir –como Francia o Alemania- dejan algunas conclusiones en el aire. Lo que sí sabemos es de los muertos y enfermos que van salpicando en macabra lotería a nuestra sociedad más cercana y a la que está mucho más allá. Y que en todas partes han surgido capitanes a posteriori listísimos en predecir el pasado. El mundo entero se duele de una pandemia sin control, que no entiende y busca varitas mágicas que no existen. Las diferentes maneras de afrontarla influyen pero hasta cierto punto si no son extremas como el Brasil de Bolsonaro, que apuesta por dejar morir para no dañar la economía o los Estados Unidos de Trump que -con similares pensamientos- ha superado en pocos días la cifra de afectados de China. Igual hay que prohibir los vuelos desde allí. ¿Se pararía así? África empieza a infectarse. Con millones de personas sin agua corriente y carencias hasta de jabón. Suspender en este contexto la gestión del Gobierno progresista de España es injusto y desde luego miserable.

El tejido en el que la pandemia se ha producido sí cuenta y viene de lejos. Se demuestra –taxativamente- que haber diezmado la sanidad pública ha sido un factor decisivo en la propagación del virus. Y ésas fueron las políticas de la derecha, pese a las mentiras del PP y sus secuaces. Y no solo: el ataque frontal al Estado del Bienestar, a las condiciones laborales, dibujó este marco de vulnerabilidad. El abandono de los ancianos en las residencias, competencia de las comunidades autónomas -muchas presididas por el PP-, refuerza ese marco de inhumanidad del egoísmo neoliberal, que se vislumbraba hace tiempo, como algunos periodistas contamos. Un intolerable balance de muertos, con más de 1.000 en geriátricos de Madrid, dice más que cualquier prolija explicación. Habrá que reparar estos destrozos, pero ahora sí se debe denunciar la desvergüenza que intenta arrojar las culpas propias sobre otros. Porque seguirán pisoteando la sala del funeral sin pensar en otra cosa que su rapiña.

Y es urgente pensar en los profesionales de la sanidad que van con el agua al cuello de trabajo, enfermando incluso, y sin la debida protección y descanso reparador. Es impresionante su labor, con la que consiguieron que España siguiera teniendo –a pesar de la tijera- una sanidad pública eficiente (medios sobre resultados) y que ante esta avalancha se están dejando la vida. Asusta la falta de criterio de ciudadanos que aplauden su esfuerzo mientras votan a quienes les pusieron en una situación precaria. La varita mágica que piden en la práctica los ciudadanos asustados se activa con medios para curar y para protegerse.

Sin duda se puede hacer siempre mejor. Pero, visto el panorama mundial del coronavirus, seguir insistiendo en que las manifestaciones del 8M desataron la epidemia en España es politiqueo sucio y machismo. Lo que sí ha desencadenado su reiterada acusación es el ataque de las hienas culpando y deseando la muerte a quienes sus pastores les indican. Esos ejemplares de la especie humana dan mucha lástima y mucho miedo para el futuro.

Y la reacción tardía. Es el argumento preferido de los capitanes a posteriori o de los que con la viga en el ojo son capaces de ver motas en otros. Incluso de algún corresponsal de prensa extranjera, quizás para aliviar a sus nacionales. Vean lo sucedido en otros países. La pandemia mundial de coronavirus no es culpa del gobierno de Pedro Sánchez. Redoblar el dolor de las víctimas sí entra en la cuenta de quienes buscan sacar tajada de las desgracias.

La OMS declara que el coronavirus se ha convertido en una pandemia el 12 de marzo. La famosa semana previa al 8M concluye con 174 casos en Madrid que han elegido como diana. 8 muertos que se atribuían a coronavirus "con patologías previas". Sin capitanes a posteriori no había suficiente conocimiento del alcance que iba a tener la pandemia. Si se hubieran decretado cierres drásticos, los gritos sobre cómo se dañaba la economía se hubieran oído en Australia. Los gobernantes de Brasil o EEUU tienen muy clara la prioridad, no son los ciudadanos.

Es un equilibrio extraordinariamente difícil. En España hay ya millón y medio de trabajadores afectados por ceses de empleo. Añadan los ERES o despidos que no se acogen a ERTEs, los autónomos, empleos precarios casi fuera del sistema. El Gobierno ha decretado hoy restringir los despidos. La economía ha de funcionar para comer y vivir; priorizando la protección de los trabajadores, de los sectores más vulnerables, que es lo que no haría, no hace, la derecha en el gobierno. Cuando esto acabe habrá que reponer los platos rotos de la economía con ese mismo espíritu porque va a ser la crisis mayor de la Historia con toda probabilidad. Por eso hay que tener especial cuidado en quién la gestiona. Nada peor que la derecha neoliberal. Bastan los datos. ¿Cuantos más necesitan de la experiencia para enterarse?

Estamos viendo simultáneamente el triunfo del sálvese quien pueda y a la vez el de la solidaridad. Y hay gente demasiado débil para salvarse a sí misma. Los pueblos con conciencia eligen su prioridad. Avasallar en el funeral de sociedades completas para sacar provecho, es lo último en escalas de decencia. Queda demasiado que sufrir para permitirse el lujo de ignorar esta variable.

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