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Javier sin Marías

La gran conclusión del escritor es que hay mujeres que son putas, mentirosas y que se hacen las víctimas, y que, si no hubo testigos de sus sufrimientos, pues mala suerte, mejor te callas

Ese es el aporte del gran intelectual español a la lucha contra la radical violencia de género que se vive estos días: negarla, e intentar cargarse décadas de trabajo desde el feminismo 

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Javier Marías publicará en septiembre una novela sobre el deseo y el perdón

El escritor Javier Marías EFE

En estos días en que Javier se volvió una vez más trending topic  atacando al movimiento de mujeres y a la vez se autodenominó feminista, me pregunté quién le hacía la cena. ¿Se hará la tortilla? No es algo que haya trascendido demasiado. Lo que sabemos, lo que se dice, con rimbombancia, es que tiene influyentes amigos con los que camina por las calles de Madrid cual flâneurs atentos al avistamiento de un buen ejemplar de hembra humana; amigos que consideran, como Pérez Reverte, que Javier es un auténtico valiente por meterse con las feministas. Nada nuevo entre amigotes de la literatura, que se comen las chistorras no como si estuvieran en el bar de Lucio sino como si el mundo entero fuera el bar de Lucio.

Ya sabemos que Javier y Arturo son unos nostálgicos empedernidos, que viven en reinos de fantasía en los que son reyes o caballeros galantes, maestros de esgrima y, en sus mayores delirios, hasta feministas. En esos reinos las mujeres son “de bandera”, idealizados seres con faldas largas y tacones “como las de antes” –no confundir con esas “focas”, “vulgares”, de “pantalón pirata” y “camiseta sudada”, a las que Arturito abatiría “de un escopetazo”, o aquellas falsas víctimas del #MeToo que, nos descubre Javier, son en realidad “envidiosas, despechadas, malvadas y misándricas”–, pero difícilmente ostentan un título nobiliario o literario. Recordemos que Javier creó, juguetón él, el reino de Redonda, una nación ficticia de la que él es el monarca y que ha ortorgado hasta 45 ducados ficticios. Solo dos de ellos se los concedió a mujeres, más o menos como la Real Academia Española, los Premios nacionales de literatura y las listas del Babelia, en las que sus novelas siempre son las mejores del año. O su propia editorial Reino de Redonda, en la que también las escritoras brillan, en general, por su ausencia.

¿Dónde están las Marías de Javier? Se cree que María es un nombre común entre las trabajadoras del hogar allá en el sur. El nombre se hizo célebre gracias a una telenovela, ‘Simplemente María’, el clásico caso del hombre rico que ilusiona, se folla y embaraza a la dulce y complaciente sirvienta. Quizá pienso en esas Marías porque aquella vez que entrevisté al escritor por su novela anterior ‘Los enamoramientos’, en su piso de la Calle Mayor, yo como una María más, le pregunté por los palos de escoba atados a las plantas de su balcón y él me dijo que había sido idea de la señora de la limpieza para mantenerlas erguidas. No sé, en medio de todos esos libros en lengua original de Conrad y Hammett, de coches en miniatura y soldaditos de plomo, entre la máquina de escribir Olympia Carrera Deluxe, el fax y los 400 folios anhelantes, en fin, que una mujer, una simple María, se preocupe de que en esa casa algo se mantenga digno, enhiesto, vivo, me pareció una imagen encantadora. No sé si esto tenga algo que ver, pero cuando entré a su baño y vi que tenía confinada en ese desangelado espacio a Marilyn Monroe, tan sola y desnuda en un calendario, quise sacarla de allí y no devolverla nunca.

María también se llama la protagonista de ‘Los enamoramientos’, esa mujer que escucha las peroratas de un señor llamado Díez-Varela, que podría ser él mismo. Escribo esto pensando en todas esas Marías contenidas en el nombre de un hombre, en la obra de un hombre, en la vida de un hombre: La María madre. La María apoyo. La María del héroe. La María musa. La María oyente. ¿Cuántas Marías se necesitan para que un Javier Marías exista? Marías o Bertas, da igual. A Javier, a Arturo, a Sergio, a Juan, a Pepito, les molesta quedarse sin Marías. Y recuerdo el poema de Vallejo, cuando le habla a Dios, con envidia, desde su humanidad de pan y barro: "¡Tú no tienes Marías que se van!". Porque hay cosas irreversibles, Marías que despiertan y se van a la huelga. Ellos no escriben sobre los excesos del #MeToo y la condena del hombre, en realidad ellos rumian la desaparición de un mundo. Y la emergencia de otro en el que ya no se les va a echar de menos.

En ese mundo, lejos de los galantes caballeros y su derecho a importunar, la noticia no es que mujeres violadas ha habido siempre, la noticia es que hay un batallón de mujeres empeñadas en acabar con ese statu quo. La noticia no son las vidas arruinadas de Testino o Woody Allen (¿en serio?) sino las vidas arruinadas de miles de mujeres anónimas al año por abusos sexuales que gritan su verdad. La noticia no es que las feministas están a punto de cargarse la justicia y el Estado de Derecho, sino que no hay justicia todavía para las mujeres que pugnan por ello. No voy a colocar una vez más las cifras de chicas violadas, acosadas, abusadas y asesinadas impunemente por hombres machistas versus la cantidad de hombres ajusticiados por los excesos de las feministas porque ya hay muchos memes por ahí con esta información. No es verdad que para el sistema la palabra de una mujer valga lo mismo que la palabra de un hombre.  Justificar al pedazo de monstruo de Weinstein, llamando a lo suyo “casting de sofá”, “transacciones”, es decir, banalizando sus deplorables acciones ya detalladas en informes publicados por el New York Times y por las propias afectadas –que son más de 60 y el hombre sigue libre–, sí es repugnante. Considerar que una víctima de acoso sexual realiza “una forma de prostitución” es, directamente, una cretinada.

La gran conclusión de Javier Marías es que hay mujeres que son putas, mentirosas y que se hacen las víctimas, y que, si no hubo testigos de sus sufrimientos, pues mala suerte, mejor te callas. Ese es el aporte del gran intelectual español a la lucha contra la radical violencia de género que se vive estos días: negarla, e intentar cargarse décadas de trabajo desde el feminismo para que las víctimas superen por fin el miedo y hablen. ¿Cómo no va a ser violencia normalizar el acoso sexual en el trabajo desde un puestazo de poder, a través de una transacción desigual con una mujer, joven y precaria? Ahora un hombre blanco español, alguien que vive bien de la literatura, quiere explicarnos que siempre se puede responder “no”, que es fácil decir que no y ya está. ¿Por qué no se lo pregunta a las acosadas, a las violadas, a las muertas que dijeron no? Ya no sé si El País se parece cada vez más a Javier o Javier se parece cada vez más a El País, pero sospecho que las Marías se les van.

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