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Madrid 2020, ¿un sueño colectivo?


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El príncipe de Asturias, durante su intervención en la clausura de las jornadas de evaluación de la candidatura Madrid 2020. / Efe

No soy una persona que se oponga sistemáticamente a los grandes eventos. Mucho menos a los Juegos Olímpicos, que me parecen un gran espectáculo y que suelo esperar casi religiosamente. Por eso me molesta la imposibilidad de articular un debate razonable sobre el tema, poniendo encima de la mesa lo que nos van a costar y qué beneficios pueden tener para la ciudad, para situar la decisión final en una consulta popular, pues es al pueblo de Madrid al que deberían corresponder este tipo de decisiones.

Pero las cosas por desgracia no son así. No existe eso que podemos llamar debate público en torno a la conveniencia de presentar una candidatura olímpica. No se hacen previsiones económicas realistas, ni estudios serios sobre el retorno que pueden tener esas inversiones. Tampoco se vincula a la ciudadanía en la decisión, más allá de unas encuestas en las que se pregunta a la gente si les parece bien que haya Juegos en Madrid, sin poner encima de la mesa lo que cuesta su organización. Peor aún, el Ayuntamiento ha llegado a la cuadratura del círculo con unos Juegos que ya no sólo no cuestan, sino que dan dinero y en los que casi no va a haber obras, pero las obras van a crear mucho empleo, etc. 

Más allá del mantra de que "Madrid se merece cumplir su sueño olímpico", creo que hay algunos elementos que deben evaluarse a la hora de embarcarse en la organización de unos Juegos Olímpicos: la situación económica, el impacto urbanístico sobre la ciudad y las cuestiones relacionadas con la imagen que quiere transmitir la ciudad o el país.

¿Podemos pagarlo?

En cuanto a la situación económica de Madrid, hay pocas cosas que no se sepan ya. Madrid es una ciudad extremadamente endeudada, sometida a un plan de ajuste vigente hasta 2022 que prácticamente no prevé nuevas inversiones y con un presupuesto que dedica uno de cada cuatro euros anuales a pagar su deuda, que globalmente supera los 8.000 millones de euros. Madrileños y madrileñas ya llevamos años acostumbrados a pagar más impuestos y tasas por disfrutar de menos servicios. Lo mismo se puede decir del conjunto de España, en una brutal depresión económica, con seis millones de parados, la banca rescatada y la política económica intervenida.

En los últimos meses, mientras el Gobierno del Partido Popular defiende las políticas de ajuste como las únicas posibles para salir de la crisis, se nos venden las bondades para la economía madrileña de las inversiones asociadas a los Juegos. A la vez que se nos dice que sólo se "recuperará la senda del crecimiento" a través de bajadas de salarios, reducción de servicios y privatizaciones, se afirma que hay una suerte de keynesianismo olímpico que va a tener un efecto positivo en la economía de Madrid. Y, por si fuera poco, ni siquiera se intenta justificar por tratarse de un gasto vinculado a la construcción de infraestructuras necesarias para la ciudad. Parece que asumen que todo el mundo sabe ya que no es así. Da igual lo que se construya; si regamos el sector de la construcción con unos miles de millones se creará empleo, será positivo para nuestra economía ¡y no sólo en el corto plazo!

De alguna manera, se quiere convencer a la gente de que si Madrid es elegida como organizadora de los Juegos, alguien va a venir a poner los millones, y creo que es importante transmitir a la ciudadanía que esto no es así. Los Juegos cuestan mucho dinero –mucho más de los 1.600 que nos han contado, y tampoco es cierto que el 80% de las infraestructuras estén acabadas–, merece la pena debatir si ese dinero nos lo vamos a gastar en infraestructuras con las que no vamos a saber qué hacer al mes siguiente o en cualquier otra cosa que se considere más útil para la mayoría de la sociedad. Que nadie lo olvide, el sueño olímpico lo pagan los impuestos y los impuestos los pagan los trabajadores.

¿Cómo va a cambiar la ciudad?

Más allá de los 15 días de competición, unos Juegos son fundamentalmente un proceso de inversión acelerada en infraestructuras deportivas y de transporte. Los proyectos olímpicos se suelen vincular a procesos de transformación urbana o por lo menos así se venden. En esta línea, hemos visto cómo Londres o Barcelona han aprovechado para hacer operaciones urbanísticas que han regenerado zonas degradadas o que antes estaban dedicadas a usos industriales.

Sin embargo, no parece que el proyecto de Madrid 2020 vaya a servir para cerrar alguna de las heridas que sigue teniendo (y en algunos casos ampliando) nuestra ciudad. En el caso de Madrid, la retórica ambientalista y el "legado" para la ciudad ocupan mucha extensión en el dossier, pero no hay un planteamiento urbanístico novedoso que lo justifique. Por otra parte, la gran operación con la que Gallardón ligó el Madrid olímpico es el soterramiento de la M-30, que ya se ha desarrollado.

Como todo el mundo puede ver con sus propios ojos, el "Distrito Olímpico" –que a día de hoy cuesta imaginar– se situará en San Blas-Canillejas, más allá del estadio de La Peineta y del esqueleto de lo que será el Centro Acuático. Allí se construirán otras infraestructuras deportivas y la Villa Olímpica, lo que significa urbanizar 46 hectáreas que se supone que serán nuevos barrios y miles de viviendas tras los Juegos.

Parece lógico preguntarse si tiene sentido que la ciudad siga creciendo en extensión, cuando no se han desarrollado muchos ámbitos ya planeados, no hay ningún tipo de presión demográfica y tampoco existen condiciones en el mercado de la vivienda que aconsejen seguir creciendo así.

¿Qué le queremos contar al mundo?

Esa es la gran pregunta. Sabemos que unos Juegos son un acontecimiento que cuesta mucho dinero, dura pocos días y genera infraestructuras difíciles de mantener o rentabilizar posteriormente. Son, por tanto, un evento que un país celebra porque le quiere contar algo al mundo, porque considera que el gasto va a merecer la pena teniendo en cuenta la proyección mediática a nivel global que se va a obtener.

Es evidente que China, Brasil y Turquía quieren demostrar su nuevo papel en el escenario global, su capacidad de llevar a cabo grandes proyectos y para ello cuentan con economías que crecen con fuerza desde hace años. La candidatura de Tokio tiene una innegable componente nacionalista y, aunque la economía japonesa no pase por sus mejores momentos, su peor tasa de paro en lo que se llamó la década perdida ha sido de un 5,7%.

Lo que no está muy claro es lo que queremos contar nosotros. En mi opinión, presentar una candidatura en estas condiciones puede causar más daño reputacional que otra cosa, como pensó Mario Monti al retirar la candidatura de Roma. Con una economía en depresión, el paro desbocado, un rescate bancario recién pedido y una deuda pública creciente, alguien puede pensar que no es la decisión más responsable que puede tomar un Gobierno.

Si otros países buscan poner de largo su nuevo papel de potencia global, ¿qué busca España? Sinceramente no se qué es lo que hay que celebrar. Somos más pobres, irrelevantes y dependientes que hace muchos años y pasamos por una depresión económica brutal, tras una orgía de corrupción vinculada a la construcción de vivienda e infraestructura.  Nuestras élites políticas y económicas, después de participar o tolerar el saqueo, no tienen otro proyecto de país que una candidatura olímpica. El panorama es desolador.

¿Un sueño colectivo?

Estos días nos van a bombardear con todo tipo de mensajes sobre las bondades de los Juegos, nos van a decir que nuestro país necesita "sueños colectivos" y grandes proyectos. Pero nuestra crisis/estafa es más grave, más estructural y necesita otra cura. No busquemos soluciones en lo que nos ha traído hasta aquí.

La fiesta del ladrillo y el hormigón ha dejado una terrible resaca de paro, pobreza y deudas para las mayorías sociales. Pero puede quedar algo bueno tras la catástrofe, y es haber aprendido que no se progresa a base de acumular grandes eventos, intervenciones urbanísticas agresivas o infraestructuras de transporte. Hemos aprendido que es imprescindible gestionar con eficacia y transparencia hasta el último euro de los presupuestos públicos y que hay que definir estrategias industriales y territoriales, vinculando a la ciudadanía además de a los actores sociales y económicos.

Necesitamos un gran sueño colectivo, un nuevo proyecto de país y, por desgracia, eso no hay Comité Olímpico que nos lo vaya a vender caro o barato. No necesitamos unos Juegos, necesitamos una revolución democrática, un proceso constituyente radicalmente democrático, popular y antielitista. Un nuevo país.

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