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La decepción de Puigdemont

Al sistema político español se le puede pedir en este momento lo que se le puede pedir. Y pedirle que produzca una mayoría sólida es como pedirle peras a un olmo

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El expresident de la Generalitat y candidato de JxCAT a las europeas, Carles Puigdemont, en un momento de la entrevista.

El expresident de la Generalitat y candidato de JxCAT a las europeas, Carles Puigdemont, en un momento de la entrevista. Sònia Calvó

En la entrevista que publicó ayer eldiario.es, Carles Puigdemont declaraba que se había sentido decepcionado con la trayectoria de Pedro Sánchez en sus diez meses de presidente del Gobierno tras la moción de censura.

Entiendo que sea así. Lo que no entiendo es el motivo por el cual dice sentirse decepcionado. En opinión de Puigdemont, Pedro Sánchez “no supo aprovechar una oportunidad colosal de la democracia española: la de ser el primer presidente que sale de una moción de censura que articula una mayoría verdaderamente alternativa, sólida, en la que se podía hacer un juego político de coraje”.

No acabo de entender que se pueda calificar de colosal la oportunidad generada por el éxito de la moción de censura y mucho menos que se afirme que de la misma saliera una mayoría sólida.

La moción de censura permitió salir de la situación de parálisis extrema a la que había llevado al país Mariano Rajoy tras una investidura con trampa, porque descansaba en una "abstención" del PSOE. La mayoría de investidura de Mariano Rajoy dejó de ser mayoría de gobierno desde el momento inmediatamente posterior a la votación de investidura. El funcionamiento normal del sistema parlamentario quedaba bloqueado. Formalmente se respetaba la Constitución, pero materialmente se la desnaturalizaba. Las paredes del sistema parlamentario estaban en pie, pero la vida había desaparecido del interior. La democracia parlamentaria se había convertido en una ficción. Por eso, bastó la sentencia de la Audiencia Nacional del caso Gürtel para que dicha ficción se convirtiera en insoportable.

En ese ambiente se fraguó la moción de censura, que salió como moción de censura constructiva por imperativo constitucional, pero que realmente fue una moción destructiva. Se trataba de echar a Mariano Rajoy. Para eso había que investir a Sánchez. Pero no se le invistió con base en un programa de gobierno pactado entre los partidos que aprobaron la moción.

Diría más. La moción de censura se aprobó porque no se habló de programa de gobierno entre los partidos que la votaron. Si se hubieran puesto a hablar de un programa, posiblemente no se habría aprobado. Fue la decisión de la presidenta del Congreso de los Diputados, Ana Pastor, de convocar el debate y votación de la moción en el tiempo mínimo exigido por la Constitución, el que hizo posible el éxito de la operación. Pensando que una convocatoria inmediata del pleno del Congreso para debatir y votar la moción iba a dificultar cuando no imposibilitar que los partidos que podían apoyarla se pusieran  de acuerdo, consiguió lo contrario. La aprobaron porque la presidenta Ana Pastor no les dio tiempo para discutir.

Los partidos que votaron la moción de censura no estaban en condiciones de entablar un debate acerca del programa de gobierno que se tendría que poner en práctica tras la votación de la moción. Si se les hubiera dado tiempo para debatir, es más que probable que no hubiera acabado teniendo éxito. O lo habría tenido bajo la condición de proceder rápidamente a una disolución y convocatoria de elecciones.

Ya conocemos por investigaciones periodísticas las ambigüedades calculadas y el intercambio de informaciones incompletas entre los líderes de los partidos que hicieron falta para que la moción de censura pudiera ser aprobada. Sin ambigüedad y con información plena no habría podido serlo.

No hubo, por tanto, una mayoría sólida  con base en la cual hacer apuestas arriesgadas. Hubo un rechazo por dignidad de un Gobierno corrupto, pero no un acuerdo en torno a un programa. Se confirmaron los Presupuestos Generales que habían sido pactados por el Gobierno de Mariano Rajoy con el PNV y se han ido negociando una serie de medidas, que tenían que ser aprobadas mediante Decreto-ley, porque con el control de la mesa del Congreso por PP y Ciudadanos era prácticamente imposible aprobar leyes.

Ha sido así a lo largo de los diez meses transcurridos desde la moción de censura. Pedro Sánchez ha gobernado como ha podido, teniendo que preocuparse más de no resbalar y no caerse que de avanzar. Porque si se caía, no se levantaba.

Es más que probable que, tras el 28-A, si Pedro Sánchez sigue siendo presidente del Gobierno, se encuentre parlamentariamente en una posición algo mejor, pero no se va a encontrar, previsiblemente, con una mayoría sólida. Al menos eso es lo que indican todas las encuestas.

Tal como está el patio, una mayoría sólida es una ensoñación, un espejismo.   Como lo fue la declaración de independencia. Si Carles Puigdemont se empeña en verlo de otra manera, volverá a decepcionarse. Al sistema político español se le puede pedir en este momento lo que se le puede pedir. Y pedirle que produzca una mayoría sólida es como pedirle peras a un olmo. 

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