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El Pipa y Andrés Marín reúnen en la Bienal a todos los públicos del flamenco

Con dos formas absolutamente lejanas de entender el baile, el de Jerez optó por la tradición y el sevillano, por la transgresión

El broche a la jornada del domingo lo puso sin duda un Andrés Marín en perfecto estado de gracia

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Andrés Marín

Andrés Marín

La noche del primer domingo de Bienal fue una sucesión de símbolos desde el inicio hasta el final. Alfa y Omega del Flamenco. Comenzó en el epicentro de la Sevilla de la Exposición del 29 y terminó en La Cartuja, eje de los fastos de la Expo Universal de 1992. Corrientes regionalistas y diálogo con las vanguardias. El orto y el ocaso en dos espacios que no pudieron estar mejor elegidos. También los artistas.

El primero de ellos, Antonio El Pipa, quintaesencia de la gitanería de Jerez de la Frontera, presentaba ‘Gallardía’, lo que parece tras contemplar el espectáculo –en un teatro Lope de Vega hasta la bandera- que pretende ser para Antonio el espectáculo de su vida, un compendio de su carrera, la obra final. En recursos, desde luego, no ha escatimado: un cuerpo de baile de ocho bailaoras, un cuadro de atrás con cinco voces femeninas –lo mejor- y dos guitarras, artistas invitados de lujo (el pianista David Peña Dorantes) y un derroche en el vestuario (mantillas negras, batas de cola, vestidos de fiesta….) que hacen suponer que El Pipa ha sacado toda su artillería flamenca al mundo. Ahora veremos con qué resultado.

Fijémonos antes en otro símbolo, una carambola literaria más bien: la Bienal permitió anoche, en apenas un rato, viajar de Jerez a Sevilla –con el baile flamenco como transporte- en lo que fue el ideal del poeta Fernando Villalón: “El mundo se divide en dos: Sevilla y Cádiz”. Los mundos del flamenco al menos sí se dividieron ayer de este modo, pudiendo congregar también a todos los públicos que aglutina este arte, y dando una muestra de que el flamenco es todo un mundo, complejo y diverso, de rancias costumbres pero también de lejanísimos horizontes aún por conquistar. Porque si en el Lope de Vega apostaron por la reivindicación del Pipa del baile gitano, en la Cartuja se produjo un milagro: la de un Andrés Marín en estado de gracia, bendecido por las vanguardias pero también por los espíritus de todos los viejos flamencos que han hecho historia siglos atrás.

Así que empecemos por el final porque ‘Carta Blanca’, el espectáculo con el que cerró la noche Marín, fue una joya. Quizás pasado de metraje –permitan el símil cinematográfico- pero con una ambición, una exhibición de técnica y forma física y una jondura incuestionables. A saber, este sevillano del barrio de la Feria se ha dado ‘Carta Blanca’ en un espectáculo encargado por el Museo Picasso de París –creado ex profeso en sus inicios para ese espacio- que pudiera dialogar con los cuadros del genio malagueño. A partir de ahí, absoluta libertad, lo que supone un compromiso mayor, una atadura: estar a la altura de un artista universal.

Se acercó el bailaor al maestro de la pintura con su rostro picassiano y la creatividad en sus más altos estándares de calidad, acompañado por las voces de José Valencia y Segundo Falcón, que además de encogernos el alma con sus voces, hicieron mucho más en el escenario; y nos enseñó Marín que el flamenco mira al mundo, que le habla de tú a tú a otras disciplinas y transita por nuevos lenguajes. Y todo, desde los principios más ortodoxos: pregones y cantes campesinos, llamadas a un flamenco casi ancestral, distintas formas de folclore (como los cuatro muleros de Falcón), unos maravillosos toques de comicidad (la pieza de la ‘loseta obsoleta’ con Joselito Valencia) y una seguiriya sublime que bien hubiera merecido sola un espectáculo, confirmaron a Andrés Marín ante un público exigente, compañeros de profesión, espectadores de múltiples nacionalidades y músicos de muy diversos géneros. No en vano contó en el escenario con la guitarra eléctrica de un bien medido Raúl Cantizano, acompañado de percusión y clarinete a los que también es de justicia destacar.

El baile ecuestre de El Pipa, de Escuela de Jerez, fue sin embargo a menos. Venía conforme el del barrio de Santiago con ver entregado a su público, que agotó las entradas del teatro, pero no convenció a pesar del derroche de recursos escénicos. Acertó con el siempre exigente Dorantes –la historia del flamenco lo compensará en el futuro- pero se perdió en una sucesión de ambiciosas coreografías, ocho largas secuencias que empezaron por martinete y siguieron por seguiriyas y tarantos para darle pronto al espectador lo que buscaba: tangos, alegrías… Y demasiados plantes en busca de un aplauso que ya tenía asegurado.

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