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CATALUNYA

La mujer que supo adaptarse al bosque

El mito de Fossey, investigadora estadounidense que fue asesinada en su humilde guarida en la selva de rwandesa, empieza a perderse en la memoria.

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La tumba de Dian Fossey (Foto: David Dusster)

La tumba de Dian Fossey (Foto: David Dusster).

“Nyiramachabelli”. Ese fue el mote que los ruandeses pusieron a Dian Fossey. Significa “la mujer que supo adaptarse al bosque” y encabeza el epitafio en la tumba de piedras en la que reposa la investigadora estadounidense, en un claro de las montañas de la niebla, junto a los restos de Digit, uno de los gorilas de montaña de los que se había encaprichado y que fue descuartizado por los cazadores furtivos.

El mito de Fossey, forjado a finales de los años ochenta, cuando fue asesinada en su humilde guarida en la selva y su aventurera vida fue interpretada en el cine por Sigourney Weaver, empieza a perderse en la memoria. Y la popularidad menguante se nota en el descenso de turistas que deciden caminar las casi tres horas de sendero por la jungla de bambú que lleva hasta su antiguo campamento. Apenas 700 personas al año solicitan permiso, y pagan la tasa correspondiente, al Parque Nacional de los Volcanes, para poderse acercar al antiguo Centro de Investigación Karisoke, donde la primatóloga de vocación forjó una de las campañas más exitosas de defensa de una especie en peligro de extinción.

Fossey instaló su cuartel general a más de tres mil metros de altura, en un collado que separa a los montes Karisimbi y Bisoke, dos de los cinco volcanes de la cordillera de los Virunga sobre la que se trazó las fronteras entre Ruanda, el Congo y Uganda. De ahí Karisoke, el nombre de la estación científica, que originalmente solo era un modesto albergue que servía de base para realizar un censo de gorilas. Dian Fossey se acomodó en unos terrenos ancestrales que eran usados por las tribus locales como campos de caza y de recolección, lo cual le granjeó los primeros encontronazos con los lugareños y desde allí no solo contó a esos primates endémicos del África Central sino que aprendió a relacionarse e interactuar con ellos, una actitud pionera entre los científicos que le valió una portada en el National Geographic, por aquel entonces una de las pocas revistas capaces de crear fenómenos mediáticos mundiales.

Dian Fossey era testaruda y huraña, de trato poco diplomático, y se granjeó tantos enemigos que cuando se halló su cadáver en el campamento –fue acuchillada hasta la muerte en la Navidad de 1985 porque ese era el único día en que no había nadie más en el complejo residencial- no se pudo saber quién fue el responsable. Siempre se ha sospechado de que su asesinato fue orquestado por cazadores furtivos, pero nunca se averiguó. La película “Gorilas en la niebla” (1989) edulcora la vida de Dian Fossey, aunque incluye escenas duras y basadas en hechos reales como la tortura que aplicó a un furtivo, y obvia hechos fundamentales como que en los últimos años Fossey apenas realizaba trabajos de campo en el monte y se refugiaba en el alcohol, pero Ruanda le está eternamente agradecida. Si hoy existen gorilas, es gracias a Dian Fossey. Si hoy el turismo ruandés genera casi 300 millones de dólares de ingresos anuales, es gracias a los gorilas.

Camino a los escombros del Karisoke, la confianza en avistar algún gorila se va desvaneciendo conforme se avanza y la pérdida de oxígeno empieza a notarse al respirar. Troncos con pedazos de corteza arrancados indican que los gorilas se han estado dando un festín no hace mucho tiempo, pero la jungla esconde a sus criaturas. El paseo es agradable. Al llegar a la estación, la idealización de una mujer intrépida entregada a una causa es lo que hace la jornada inolvidable. De la estación de Fossey quedan únicamente tablones desvencijados de los antiguos barracones de los guardias y trozos inconexos de lo que fueron los cimientos de madera de la cabaña principal. El Parque Nacional de los Volcanes intentó conservar los restos del campamento, pero los militares y las milicias los arrasaron durante el conflicto bélico posterior al genocidio, a mediados de los noventa.

Ironías del destino, el turismo, que Dian Fossey despreciaba, ha acabado siendo la salvación de los gorilas. Mi viaje por Ruanda continúa, a la espera de los gorilas. De momento, un sol radiante inunda el valle de Ruhengeri, donde una investigadora empecinada cambió el destino de una de las especies con más parecido a los humanos. Junto a la tumba de Fossey, las cruces por los gorilas desaparecidos son recordatorios punzantes. Los que vivieron menos de treinta años tuvieron un final trágico. Como Fossey, ejecutada a los 53 años.

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