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Una caridad de rebajas

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El verbo mentir, referido a una actitud destinada a falsear la realidad o a aparentar lo que no somos, para inducir a error o incumplir una promesa, para obtener un beneficio ilícito o simplemente para salvar el pellejo, tiene una injusta mala prensa. Injusta, porque la mentira es el motor del progreso, pues la simulación está en el núcleo mismo de la compraventa, de las transacciones humanas, de las relaciones personales y comerciales que han llevado al ser humano a lo que es hoy, tras mucho empeño y esfuerzo: la plaga autodestructiva que acabará con todos los recursos del planeta que hasta ahora le sustenta.

Los especialistas en historia antigua apuntan que, mucho antes que los jefes de tribus y clanes, y aún antes que las putas con su comercio sexual, surgieron los brujos, los sacerdotes, el primer elemento capaz de aglutinar su poder en torno a sí gracias a la mentira, a las falsas promesas pagaderas en el más allá, más que a la violencia de las armas. Más tarde, se formaría el cóctel devastador que conocimos a lo largo de la historia entre el poder de las armas unido al de la religión. Un tipo se presenta un día ante sus conciudadanos y les cuenta que un dios, con unas malas pulgas que no veas, se le ha aparecido detrás de una zarza ardiendo y le ha dictado unas normas de obligado cumplimiento, bajo pena de castigos terribles durante toda una eternidad. Osti tu, para pensárselo, aunque se trate de una colección de disparates sospechosos. Como no hay nada más contagioso que las alucinaciones, inmediatamente se forma una iglesia de fieles amedrentados en torno al brujo, por si acaso, por si sirve para aplacar la ira divina. A partir de aquí creo que no tengo que contaros cuándo se alcanza la masa crítica de seguidores, poder y dinero necesarios para que una mentira se convierta en dogma.

Ya alguna vez os recordé que la religión dominante en el mundo occidental durante los últimos siglos, de cuyos polvos (y no pocas pajas) vienen todos estos lodos, es la cristiana, una religión que añade a la mentira de la existencia de dios, consustancial a todas las religiones, el estar montada sobre la figura de un gran mentiroso, el apóstol Pedro, la piedra sobre la que Cristo dijo que edificaría su Iglesia. Tu es Petrus, et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam et tibi dabo claves regni Caelorum, cuya copia en latín del evangelista Mateo puede leerse en el frontispicio de la cúpula de la catedral vaticana, lugar de peregrinación de millones de incautos.

Un embustero, al que el hijo de dios le confió las llaves del reino de los Cielos, el primer apóstata cristiano, pues, que se conoce, un cobarde que para salvar el pellejo por tres veces seguidas negó conocer ni de vista o pertenecer al clan de seguidores de Cristo, intentando disimular mientras se arrimaba al calor de la hoguera que los criados del sumo sacerdote mantenían encendida en el patio del palacio, mientras dentro su jefe era vilipendiado por la casta sacerdotal dominante.

Si las llaves del Cielo han sido confiadas a los sucesores de aquel tramposo, si el edificio de la Iglesia católica está construido sobre tan falsos cimientos, a nadie debería extrañar que en las sociedades contaminadas por su doctrina, desde el emperador Constantino hasta hoy, la mentira no solo no sea pecado, sino un arte, una estrategia jesuítica de salvación con el fin de obtener un premio mayor, en lugar de premiar una tonta inmolación tras un estéril arranque de dignidad y sinceridad.

Lejos de ser pecado, la impostura tiene unos grandes efectos cosméticos, como la cosmética misma que se utiliza para aparentar lo jóvenes, guapos y saludables que en realidad no somos ni seremos jamás. Toda la publicidad, sea de una crema rejuvenecedora, sea de un programa político, sea de una religión, es una trampa que se nutre de una extraña complicidad entre la empresa vendedora y unos fieles clientes lo suficientemente desesperados como para agarrarse a un clavo ardiendo de ilusión. Solo así se explica que, a pesar de los cientos de miles de denuncias que se ponen al cabo del año contra las compañías telefónicas, todavía nos quede la esperanza de que esta vez sí, con esta otra compañía sí voy a disfrutar, al fin, del paraíso de los 10 megas de velocidad prometidos en mi ADSL.

Solo así se explica, insisto, que el PP a día de hoy cuente todavía con las expectativas de ser el partido más votado, según las encuestas. Solo así, vapordiós, millones de fieles de todas las religiones sostienen con sustanciosas limosnas a cientos de miles de farsantes ociosos, encienden velitas a sus dioses ilusorios, y pronuncian arrodillados y humillados oraciones que jamás, jamás, llegan a ninguna parte ni oído celestial alguno, ni han salvado una sola vida o curado una enfermedad.

La mentira bien estructurada se cocina en los gabinetes de imagen, donde logran que el embuste, tras ser sometido a sutiles y masivas técnicas goebbelianas, llegue a ser más atractivo que la verdad. La promesa, y no la penosa realidad, pasa a ser el motor de nuestras vidas, la que hace que todas las mañanas dejemos la revolución pendiente para otro momento. No te precipites, no desesperes: reza, vota, compra, que mañana todo irá a mejor.

Algunos gabinetes de imagen han refinado y contrastado durante siglos la calidad suprema de sus técnicas. Si los fallos de las compañías telefónicas supusieran tan solo una centésima parte de los fallos de calidad observados en la Iglesia católica, sobrevendría el gran apagón digital y volveríamos a las cavernas y a la comunicación por tam-tam. Los cobros por servicios no prestados, el abuso en las tarificaciones, las deficiencias en el servicio, la tomadura de pelo de sus servicios de reclamaciones son apenas unas incidencias inocentes comparadas con los servicios no prestados, el abuso en las tarificaciones, las deficiencias en el servicio, y la tomadura de pelo de los servicios de reclamaciones de las religiones. A ver si se enteran los movistares, onos, vodafones y demás aprendices de brujos telefónicos.

Según informaron Michael Bemi y Patricia Neal, estadounidenses pertenecientes a organizaciones católicas, en sus ponencias al simposio organizado por el mismísimo Vaticano el año pasado en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, los curas pederastas han costado a la Iglesia católica más de 2.000 millones de dólares en indemnizaciones a las víctimas y los gastos judiciales correspondientes. Tales escándalos han tenido “profundas consecuencias negativas” para la Iglesia católica, “cuyo corazón han perforado”, según palabras literales de los dos ponentes. Pero lo cierto es que después de haber perforado salvajemente, no el corazón de la Iglesia sino el esfínter de sus pequeñas víctimas, las consecuencias para esa organización de solteros y vírgenes han sido muy poco negativas, fruto de la habilidad consuetudinaria del gabinete de imagen y propaganda católica. Gracias a ello, millones de padres siguen confiando sus hijos a organización tan inquietante durante varias horas al día sin percibir el peligro.

Mientras atesora una fortuna inigualable en todo el planeta, sumando las acciones de grandes corporaciones financieras a inmuebles, tierras, obras de arte y sinecuras infinitas, mientras sus obispos y cardenales viven envueltos en la molicie de sus palacios suntuosos, la Iglesia exhibe hábilmente a miles de sacerdotes de la clase de tropa, entusiasta carne de cañón destinada a misiones lejanas en busca de nuevos clientes, para que sus cuadros directivos puedan seguir manteniendo en pie ante sus fieles la falacia de que la suya es una organización benéfica. Por eso la Iglesia siempre ha preferido la beneficencia al derecho, la caridad a la justicia.

Una caridad que empieza por uno mismo, por supuesto. La mayor parte de su fortuna, amasada gracias a la caridad de sus fieles, la escamotean hábilmente, mediante prebendas de concordatos de reminiscencias fascistas, para eludir el pago de impuestos, y para mentir (una vez más) sobre el destino de sus bienes, para eludir el pago del IBI, por ejemplo, a los ayuntamientos. El ayuntamiento ourensano de Allariz (un pueblo ejemplar, hermosísimo, del que se cuenta que es el pueblo de España con más iglesias por católico cuadrado), siguiendo la senda de otro pueblo ourensano, el de Amoeiro, cuya reclamación no prosperó, ha logrado hacer pagar al obispado la cantidad simbólica de 329 euros por el IBI de unos inmuebles que no están exentos ni en la letra del injusto Concordato que les ampara ni en la Ley de Mecenazgo.

La mentira es tan consustancial a esta inmensa sociedad anónima, que el cardenal Rouco Varela, viendo los cuernos del diablo asomar tras el brillo del oro de su fortuna, pretende mover el corazón de sus fieles, agrandando el tamaño del embuste, advirtiéndoles que la obra social de la Iglesia peligra si las reclamaciones de los ayuntamientos prenden por toda España. Dice el patrón de la Conferencia Episcopal que si se generaliza el pago del IBI por parte de la Iglesia, sería “en detrimento de otras acciones, como las de Cáritas”.

Como os decía: Cáritas de nuevo, y no Justitia. Una mentira desmontada por Jordi Riglá, el director de Cáritas Diocesana de Barcelona, que ya nos avisó un día que la aportación del club de solteros y vírgenes a esa empresa de caridad es de, ¡atención!, el 1,85%. Repetid conmigo: uno coma ochenta y cinco por ciento. O sea, además de una mentira, una miserable mentira, una caridad de rebajas, una misericordia de saldo. Esa usurpación por parte del obispero español de la dignidad, del trabajo abnegado y del mérito de quienes han entregado su vida a Cáritas tiene para Rouco y su organización un sentido moral. Es mentira, su aportación es irrelevante, pero su proyección tiene un destino moralmente superior en forma de propaganda, con la misma habilidad con que se sostiene, desde hace casi veinte siglos, el pesado edificio de la Iglesia sobre una firme y falsa piedra. Y además, cobarde.

Están las cosas como para que nos salven ellos.


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