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Veo, veo... ¡un retrón!

A veces parece que estemos en el siglo XV y que nadie haya visto a un tipo en silla de ruedas. La mejor forma de responder a los mirones es con humor

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Retrón huye de perros

Retrón huye de perros

A veces me siento como Elena Anaya, o como Natalie Portman. O como el duque enPalmaDo. O como Bárcenas.

Circulo por la calle y siento que la gente me mira. Algunos a escondidas, por el rabillo del ojo. Otros giran su cuello y me repasan de arriba abajo. Si van en parejas, uno susurra al otro “mira, un retrón” (bueno, creo que no dicen retrón). Alguna anciana, alguna vez, se ha santiguado a mi paso.

Supongo que llegará el día que todos los habitantes de mi ciudad me conozcan y ya no se giren a mirarme. Mientras, es cuestión de estrategia. Veamos:

Los niños miran porque es su deber. Son niños, tienen curiosidad. Si un ascensor de cristal les parece una chulada, ¿qué pensarán al ver a ET con un iPhone? Según su carácter, actúan de diferente forma. Y a cada tipo respondo también de forma diferente:

a) Niño se queda mirando fijamente. Gruño y ladro por lo bajinis, sin que el padre/madre se entere. El crío alucina y gira la cabeza sin saber muy bien lo que ha visto.

b) Niño me mira a escondidas, cuando cree que no le veo. Le saco la lengua y sonrío. Alguno me responde igual. La madre/padre ni se entera y se va contento.

c) Niño pregunta: “Papá, papá, ¿qué le pasa a ese señor?” El padre enrojece y le dice que eso no se pregunta. Algún progenitor ni siquiera responde; el niño, claro, insiste. Todo muy divertido. Hace poco un padre respondió: “Nada, que tiene zapatos grandes”. Y el crío replicó: “Noooo, ¿no ves que no tiene brazos?”. Le faltó decir “que no te enteras...”. No pude evitar reírme.

Una de las situaciones más extrañas la viví en 2007. Estaba en el Centro de Historias de Zaragoza (un lugar de exposiciones y conferencias) con unos compañeros de clase; a lo lejos, unos gitanillos jugaban a la pelota. Me vieron y se acercaron. Sin vergüenza alguna, me rodearon y, curiosos, empezaron a decir: “¡Qué muñeco tan grande! ¿Dónde están los mandos?” Un amigo me salvó de ser desnudado en busca del botón de apagado.

David Lynch también habló sobre retrones

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Los ancianos son peores. Se supone que ya han visto de todo, que su curiosidad está satisfecha. No tengo tantas contemplaciones con ellos. Si miran fijamente, yo miro fijamente. El duelo de miradas tipo Sergio Leone suele terminar cuando el semáforo se pone verde y pongo la quinta. Si no hay forma de huir, lo mejor es preguntar directamente: “¿Algún quebranto?”. Más de uno ha tropezado por mirar demasiado. Merecido lo tiene.

Recuerdo ya hace años a una vieja que me miraba en un paso de cebra. “¿Pasa algo?” “Ay, hijo -me respondió- no sé cómo dios permite eso”. Ahí me enfadé. “Dios no existe -le dije-  es un invento de la televisión para engañar a gente como usted”. Se quedó de piedra. Por cierto, qué manía la de los señores y señoras de cierta edad de llamarme hijo...

Hay otro tipo de ser vivo que también suele mirarme: los perros. Con ellos no soy tan valiente. En cuanto se fijan en mí, se ponen a ladrar como locos. La mayoría podría arrancarme la mano de un bocado y muchos son más altos que yo cuando levantan las patas delanteras. Lo mejor, pasar rápido y que no te huelan.

Supongo que la moraleja es que todavía se ve raro que los retrones vayamos por la calle, así sin más. Hemos avanzado mucho desde la época de El hombre elefante pero todavía falta.

En fin. Hay mucha gente a la que le da vergüenza silbar o cantar por la calle. A mí no. Total, van a mirar igual.

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