De marginal a símbolo, 90 años del frenesí que acercó la bandera verde y blanca a los andaluces

Acto en el que se izó la bandera andaluza por primera vez en una institución, la Diputación de Sevilla, en octubre de 1932.

Antonio Morente


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Todo movimiento identitario necesita precisamente eso, unas señas de identidad simbólicas que sean reconocibles de puertas para fuera y sirvan como elemento de unión. Ahora que estamos a vueltas con el 28F, los emblemas de Andalucía vienen reconocidos en su Estatuto, y son el escudo, el himno y la bandera, esa verde y blanca que se ha convertido en su distintivo más popular. Pero no siempre fue así, porque la enseña tardó lo suyo en escapar de los círculos reducidos (e intelectuales) en los que se movía para dar el salto al pueblo, lo que ocurrió cuando en 1932 se disparó un frenesí que tuvo su reflejo en la carrera por exhibirla en los balcones de los ayuntamientos.

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De todo aquello hace ahora 90 años, una cifra redonda que da la excusa para recordar una historia que arranca años antes cuando lo que se ha dado en llamar el andalucismo histórico, el encabezado por Blas Infante, daba los primeros pasos de un movimiento regionalista. Tanto el escudo como la bandera, esa con “los colores preferidos por nuestros padres” que diría Infante, tomaron carta de naturaleza en la Asamblea de Ronda de 1918, pero durante los siguientes años no salieron de los círculos andalucistas.

“Era algo marginal”, apunta el historiador Manuel Ruiz Romero, aunque todo empezará a cambiar con el advenimiento en 1931 de una II República que pone los mimbres para los desarrollos autonómicos. En Andalucía son las diputaciones provinciales las que se echan la tarea a la espalda, y tras un primer amago de estatuto que se desecha por su sello federalista, el 26 de febrero de 1932 vuelven a reunirse en Sevilla y se pone en marcha un segundo borrador más moderado que será el que se debata (ya en enero de 1933) en la Asamblea de Córdoba, en la que por cierto se aprobará el himno.

La verde y blanca en la Diputación de Sevilla

Es en este contexto en el que las diputaciones provinciales se encargan de mover el borrador de estatuto para buscar la complicidad de entidades, personalidades y, sobre todo, de la ciudadanía. Ahí es cuando la bandera empieza a jugar un papel identitario, todo lo cual desemboca en esa carrera por exhibirla que iniciará la Diputación Provincial de Sevilla, cuando a finales de 1932 la ice en el balcón de su fachada.

“Se produce un frenesí que viene dado por la difusión del borrador de estatuto, que se manda a los ayuntamientos para que lo respalden y muchos a continuación izaban la bandera”, señala Ruiz Romero, que ha estudiado el periplo de los símbolos institucionales andaluces y que recuerda que el Consistorio de Jerez de la Frontera hasta sacó un bando convocando al acto. Hablamos de una enseña que se ondea “para crear conciencia” pero que en absoluto es oficial, de hecho está tan poco asentada que todavía hay propuestas para modificar su diseño cambiando una franja verde por una negra o roja.

Al final se mantendrán el blanco de la paz y ese verde que, “sacado del esplendor del Califato”, los omeya usaban para llamar a asamblea, como verdes son muchas de las enseñas musulmanas. De ahí el nombre del Motín del Pendón Verde, cuando sefardíes, gitanos y moriscos se alzaron en el barrio de la Feria de Sevilla ondeando una enseña de ese color que custodiaba la iglesia de Omnium Sanctorum tras haber sido arrebatado a tropas islámicas.

A los sones del pasodoble 'La Giralda'

Pero volvamos a 1932, porque la Diputación de Sevilla, que preside el socialista Hermenegildo Casas, ha izado la verde y blanca por primera vez y aquello se extiende como la pólvora. Tal y como recuerda el historiador Leandro Álvarez Rey, la institución provincial exhibió la bandera no una sino dos veces, el 23 y el 30 de octubre, en un edificio por cierto en el que luego se le hizo un sitio a la Junta preautonómica. Allí estuvo el gobernador civil, el alcalde hispalense y hubo madrina (la señorita Blanca Vázquez, hija del periodista José Andrés Vázquez, cronista de la provincia) y hasta banda de música interpretando el pasodoble La Giralda, que durante muchos años fue una especie de himno andaluz oficioso. 

En el acto se repartieron pequeñas banderas de Andalucía y el presidente de la Diputación, Hermenegildo Casas, “hizo uso de la palabra explicando el significado espiritual del acto que celebraban”, tal y como plasmó la prensa de la época en unas crónicas recopiladas por el historiador Jesús Vergara Varela. El propio Casas se llevó la enseña días después a un acto oficial, la recepción al dirigible alemán Conde Zeppelin. 

A partir de ahí, se desató una especie de carrera por lucir la bandera en el balcón municipal. Hubo intentos fallidos, como en Córdoba, así que formalmente consta que el primer ayuntamiento en izarla fue el de la localidad onubense de Aracena, el 6 de noviembre de 1932, aunque el municipio sevillano de Cazalla de la Sierra reivindica que también la ondeó ese mismo día. La primera capital fue Sevilla, el 23 de noviembre (día de San Clemente, cuando Fernando III entró en la Isbilya musulmana), otra vez con los sones de La Giralda y otra vez con madrina, en este caso la señorita Elena Ariza, mecanógrafa municipal.

Con el himno de Riego y vivas a España

Todos estos actos fueron de exaltación regionalista, pero ni mucho menos de carácter independentista. Ahí resonaban el himno de Riego y los vivas a España y a la República, lo que no estaba reñido con una reclamación de autonomía que suscribieron más de 250 municipios andaluces. “Aquello fue un movimiento fuerte, no una ocurrencia que Blas Infante se inventara”, subraya Ruiz Romero.

La bandera se enarbola “más como algo publicitario que reivindicativo”, pero enseguida “se convierte en un símbolo sin discusión, como también lo será durante la Transición”. Ya en los estertores del franquismo reaparece (se llega a plantar junto a las enseñas oficiales en la Feria de Muestras Iberoamericana de Sevilla en la primavera de 1975), es el primer símbolo que asume la Junta preautonómica porque “es el que más consenso suscita” y durante unos años será en Andalucía “el contrapunto a la bandera de España hasta que le quitaron el águila” en 1981.

“Sacar la bandera fue durante mucho tiempo una forma de decir aquí estamos”, continúa Ruiz Romero, que considera que se termina de popularizar cuando “aparece un sentimiento andaluz más que andalucista”. La verde y blanca (la verdiblanca de Carlos Cano) es lo que el gentío agita en las grandes manifestaciones del 4 de diciembre de 1977, cuando se convierte “en un símbolo de libertad y derechos”. Un emblema identitario que empezaron a popularizar hace ahora 90 años los ayuntamientos, el último de los cuales en aquella etapa fue el de Cádiz, que la ondeó en un acto al que invitó a Blas Infante. Aquello fue el 12 de julio de 1936, unos días antes del inicio de la Guerra Civil que cercenó esta senda autonomista y se convirtió en la última aparición pública de Infante antes de su asesinato.

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