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El poder arrepentido por su corrupción

Foto por Ceferino López

En un país en el que los políticos se cuentan como un problema más y la corrupción copa portadas fruto de un ansia de poder y de dinero, el Enrique VIII de Calderón supone un aire de viento fresco. Un modo de enfocar la bajeza propia del alma que afecta a todos, incluidos a los políticos, y que solo a través del reconocimiento del error se puede llegar a un momento redentor, de catarsis, cuando el protagonista conoce el engaño al que ha sido sometido. Pura teatralidad griega para calmar la sed de los ciudadanos contra sus corruptores frente a quienes solo se arrepienten al afirmar que “hay cosas que no se pueden demostrar”.

La Compañía Nacional de Teatro Clásico es la encargada estos días de poner en escena ‘Enrique VIII o la Cisma de Inglaterra’. Una obra de juventud de Calderón en la que juega con el rey de Inglaterra, causante de la ruptura con Roma en las islas, para convertirlo en un personaje que se lleva por sus instintos, olvidándose que está ahí, en su Palacio con sus riquezas, porque sus instintos deben quedarse en un segundo plano, ahogados en la necesidad del buen Gobierno.

Su matrimonio con Ana Bolena, su ruptura con Roma, su reencuentro con Catalina y su arrepentimiento final, nombrando a María como heredera legítima, muestran unos falsos históricos, que Calderón emplea para convertir a Enrique VIII en un nuevo Don Juan, arrepentido cuando pierde todo y solo le queda la desesperación para intentar solucionar el daño que ha hecho.

Sergio Peris-Mencheta es el encargado de poner rostro a este Enrique VIII, varonil al principio, pelele en manos de Bolena a la mitad y majestuoso al final, cuando deja su lado humano para alzarse como rey. Un trabajo de actor, que pasa por diversas fases y en las que Peris-Mencheta desarrolla su labor entre rostros y gestos. Actores que salen en bolandas, personas agarradas del cuello, alguna muestra de brutalidad y de ira humana, cuando el deseo por Bolena ciega al monarca.

Junto con él interactúan Ana Bolena, Mamen Camacho, con la sonrisa fingida durante buena parte de la obra, El Cardenal Volseo, Joaquín Notario; Tomás Boleno, Chema de Miguel; el embajador de Francia, Sergio Otegui; la Reina Doña Catalina, Pepa Pedroche; la infanta María, Natalia Huarte; Margarita Polo, Maria José Alfonso; Juana Semeyera, Anabel Maurín. Todos ellos marionetas en el circo de las sensaciones en el que se embarca Enrique VIII, y que se mueven por el deseo, la ambición, la desesperación, y finalmente la alegría, de ver a un monarca que vuelve en sí, al Gobierno, y se olvida de esa corrupción del alma, de la lujuria. Un gesto de pedir perdón, de reconocer que lo ha hecho mal y que ha gobernado más para satisfacer sus necesidades que la de los ciudadanos.

Mención especial merece Pasquín, con un extraordinario Emilio Gavira, situado entre el humor y la tragedia, conduciendo actos en medio de una obra que para la España del siglo XVII necesitaba un largo prolegómeno en la presentación de los personajes. Los sueños y locuras del ‘enano de la Corte’, sirven enseñar a Calderón y su lucha constante entre el sueño que muestra la realidad. 

Con este elenco la obra se reparte entre esa larga presentación de personajes y el ritmo trepidante del final. Una labor lograda a través de una escenografía en la que la caja se convierte en un auténtico espacio cerrado al principio, prisionero de las sensaciones y la rectitud y que se va rompiendo conforme los sentimientos del monarca provocan el Cisma de Inglaterra. Un palacio roto y partido sobre el que al final se dibuja un espejo, en el que monarca, como si de una televisión se tratara, ve el daño que ha provocado y ante el que solo le queda pedir perdón y dejar el Gobierno en manos de su hija.

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