Juan Esteban Constaín, escritor: “En la antigua Roma ya existía una propaganda política muy eficaz, con manipulación y desinformación”
Juan Esteban Constaín (Popayán, 1979) lleva toda la vida documentándose para escribir un libro en el que ha trabajado durante dos años. Casi 500 páginas en las que el escritor y miembro de la Academia Colombiana de la Lengua demuestra que no va de farol cuando explica el tiempo que ha dedicado a este ensayo.
El hijo del Hombre (Debate) se traslada a los orígenes del cristianismo y consigue resumir siglos de historia, sus guerras y sus protagonistas de una manera que podría calificarse de amena. No era fácil, pero el autor ha logrado que su erudición se convierta en un libro de historia para expertos que, además, es apto para todos los públicos.
Este libro versa sobre Grecia, Roma y el nacimiento del cristianismo. Si alguien mira la portada, con la imagen de Jesucristo, puede pensar que se trata de un libro religioso pero, casi por aclarar, en realidad es un libro de historia. Una crónica que va enlazando siglos.
No es un libro religioso ni apologético y tampoco un libro catequético. No tiene el propósito de persuadir ni convencer ni convertir a nadie. Es un ensayo y, como dices, una crónica histórica y literaria sobre el mundo en el que surge e irrumpe el cristianismo. Y yo enfatizo en que es un ensayo, así quise pensarlo.
Tiene mucha información, pero te habrás dado cuenta de que no tiene notas de pie de página, salvo dos o tres que además son un gracejo, casi un chiste, porque quería que el lector sienta siempre que está en un ensayo en el que un autor, con su particular visión de la historia y con su voz, trata de desentrañar esa historia que explica por qué una secta mesiánica del judaísmo del Segundo Templo se convirtió en un fenómeno arrollador universal que a la vuelta de tres siglos dominó, conquistó y doblegó el Imperio romano.
Hay muchísima información y aunque podría ser un libro académico ha logrado que sea un ensayo para todo tipo de lector. ¿Era el propósito?
El libro tiene también la pretensión de no desmerecer de los expertos y de los eruditos, aunque busca un diálogo muy amplio también con lectores de todo tipo, muchos que no tengan ninguna información.
Están destiladas todas mis lecturas de muchos años. Fuentes antiguas en griego y en latín, pero también como la bibliografía secundaria en alemán, que es un territorio en el que este tema se ha estudiado y explicado muchísimo. Sí, fue un proceso arduo aunque delicioso. Busco que el lenguaje sea transparente y que haya una voz allí narrativa, aunque eso lleva detrás toda esta investigación.
Con todas las diferencias que hay, pero cuando Luquino Visconti hizo la película de El gatopardo, le pidió a su jefe de producción que llenara los armarios de la casa de Donnafugata con ropa del siglo XIX, que es la época en la que transcurre la película. Se les fue casi todo el presupuesto en anticuarios comprando esa ropa vieja y cuando se estrenó la película el jefe de producción se fue a verle para decirle ‘pero cabrón, no sale nunca, no se abren los armarios’. Y Visconti le contestó que el misterio de esta obra es que si uno abre los armarios ahí está la ropa del siglo XIX. Así que los lectores que abran los armarios de este libro se van a encontrar con esos trajes viejos.
Demuestra un principio que también cita en uno de los capítulos y es que en la historia todo tiene que ver con todo.
La historia es también como Alicia en el País de las Maravillas, un terreno lleno de trampas y madrigueras. Uno se va metiendo por unos huecos y salen otros, y al final va descubriendo como los vínculos profundos y sutiles e inesperados que hay entre todos los hechos. Estamos acostumbrados a pensar la historia con compartimentos estancos, que es como se le enseñan a uno en el colegio, pero eso me parece empobrecedor.
Explica que desde el siglo VII antes de Cristo, ya hay en Roma los fundamentos de la ciudad-estado a la manera griega. ¿Ese vínculo muchas veces se olvida?
No es que lo olvidemos, sino que también pasa un poco lo que decíamos ahora, y es que a veces se enseña la historia romana por un lado, y la historia griega por el otro. Hay un vínculo permanente de Roma con Grecia, con todo lo griego que había en el sur de Italia, y luego con la Grecia peninsular, con la Grecia asiática continental. Eso obviamente también explota cuando Roma conquista todo el Mediterráneo. En ese proceso se apropia de la cultura griega, que es la que también le da como una nueva identidad a lo romano.
Sabemos que no hay una respuesta única, pero ¿qué razones motivaban la persecución de los cristianos en la Roma Imperial?
Hay una razón muy importante, y es que Roma era un imperio con una característica que era la de la flexibilidad y la tolerancia en materia religiosa, puesto que había muchos cultos y sectas. Roma respetaba las etnias, las distintas creencias porque era realmente flexible y esa era una clave de su éxito político y militar. Pero no toleraba la ruptura del orden público. A los romanos les perturbaba mucho que irrumpieran fenómenos que dañaban el orden universal y que al final eso se tradujese en caos en las calles.
Al principio también el imperio romano persigue a los cristianos porque los asocia un poquito con el mundo judío que estaba ya en conflicto con Roma. Entiende que el cristianismo se ha escindido, se ha salido de la órbita del judaísmo. Roma interpreta el cristianismo es una provocación política, militar, cultural y para la preservación del orden público. Roma empieza a perseguir a los cristianos con la consecuencia de que cuanto más los persigue más crece el cristianismo.
A los romanos los perturbaba mucho que irrumpieran fenómenos que dañaban el orden universal y que al final eso se tradujese en caos en las calles.
Recurre a una frase de Anatole France cuando le preguntaban por algún personaje célebre para resumir la historia de la República Romana. Dice “nació, creció y murió”.
Me gusta mucho esa fórmula de Anatole France. La gente siempre se le acercaba por su sabiduría y su erudición, y alguna vez que lo apuraron para que hablara muy rápido de un personaje contestó: ‘Miren, como todos, nació, creció y murió’. Eso lo puede decir uno de las civilizaciones. En el caso de Roma, la segunda parte de la fórmula, cuando crece realmente se produce una expansión descomunal. Como decía Ortega y Gasset, con Roma, uno ve la evolución completa de un prodigio político desde el principio hasta el final.
Hay un capítulo muy interesante, el de Pompeyo y su relación con el judaísmo. Él fue quien conquistó Jerusalem. ¿Nos puede resumir un poco cómo era esa relación?
Pues nació, creció y murió. Pompeyo es un gran personaje, un gran militar, quizás antes de Julio César, el más grande de los militares romanos y de hecho la obsesión de todos sus continuadores era recorrer sus huellas y superarlo en grandeza. En un momento dado a él lo llevan al oriente del Mediterráneo con el propósito de que sofoque unas rebeliones y también unos piratas que están infestando el mar. Lo logra y luego trata de poner orden con el propósito secreto de superar a Alejandro Magno. Eso incluye, en un momento dado, su toma de Jerusalén en el año 63. Sin establecer paralelismos históricos que a mí no me gustan, pero es muy interesante porque él va allí a imponer orden.
En el mundo judío había un enfrentamiento entre dos vertientes de una misma dinastía y Pompeyo les dijo: “Resistan un poquito, yo voy a Arabia, conquisto Arabia y después arreglamos esto”. No le hicieron caso y él se enfureció. Es cuando decide entrar a saco. Pensó que eso iba a ser muy fácil, que iba a ser cuestión de una semana y se demoró tres meses. Al final lo logra y a partir de ese momento, el mundo judío ya entra en la órbita romana de forma mucho más clara.
Comenta que los judíos, hasta para dar la espalda a Dios, no pueden dejar de verlo. ¿Es siempre su punto de referencia?
No sé si todavía ahora. Es muy peligroso caer en esencialismos porque esa categoría de lo judío es muy compleja, tiene muchos matices y si pensamos en toda la evolución moderna y contemporánea de lo que significa ser judío todavía hay más bifurcaciones. Lo que sí creo es que ese destino histórico que implica una identidad tan fuerte está atravesado por el hecho religioso en todos los sentidos de la palabra incluso cuando se trata de negarlo.
A todos esos judíos que han buscado construir su identidad por fuera de la religión y de la fe, reivindicando como el hecho más bien cultural del judaísmo, les es muy difícil apartarse de la presencia constante de Dios. Aún hoy ese sigue siendo un rasgo que define en buena medida lo que significa ser judío.
Y luego está César. Explica que acabó siendo una especie de semidiós, un mito. En ese capítulo formula una pregunta para la que no sé si tiene respuesta. ¿Se puede o se debe matar a un tirano?
Es una pregunta compleja con implicaciones éticas y filosóficas que han existido siempre: cuándo, si alguna vez, se justifica eliminar a un tirano. Este debate ya estaba presente desde la Edad Media y en la Escuela de Salamanca. El ejemplo clásico es Julio César, cuyo asesinato se interpretó como un intento de salvar la República frente a su creciente poder.
Aun así, es difícil dar una respuesta sin caer en la justificación del crimen, y nuestra perspectiva cambia según el contexto político en el que vivimos.
César, aunque casi mítico, casi un semidiós, era profundamente humano: brillante, carismático y gran orador, pero también con inseguridades como su rechazo a la calvicie. Se pasaba el pelo hacia adelante y ahí fracasa el ser humano ya de manera abismal y sin reversa o sea cuando un calvo ya se lanza eso no tiene, perdón de Dios.
Su figura ha sido ampliamente estudiada en la historia y la literatura y pensar cómo habría sido la historia sin él es interesante, pero la historia se centra en lo que ocurrió. Su legado es tan grande que su nombre quedó ligado al poder imperial (kaiser, zar, cesarismo), lo que nos muestra hasta qué punto marcó el curso de la civilización.
César, aunque casi mítico, casi un semidiós, era profundamente humano: brillante, carismático y gran orador, pero también con inseguridades como su rechazo a la calvicie.
En el libro también desmonta algunos tópicos. Por ejemplo, afirma que Marco Antonio no era solo un títere de Cleopatra y que a veces tomó decisiones que a ella no le convenían.
Es que también en esa época ya existía una propaganda política muy eficaz, con manipulación y desinformación. Marco Antonio fue presentado como alguien debilitado por Cleopatra, aunque en realidad era un líder capaz que distinguía entre política y vida personal, y defendía una mayor integración entre Roma y Oriente.
Sin embargo, quien venció fue Octavio Augusto, y como suele pasar, la historia la escribieron los ganadores. Octavio impulsó una poderosa maquinaria propagandística para imponer su versión, financiando a poetas e historiadores y moldeando el “relato” oficial a su favor.
Está bien saberlo porque parece que nos hayamos inventado ahora las noticias falsas y lo que está diciendo es que ya en la antigua Roma sabían cómo hacerlo.
Sí, y mucho. En la antigua Roma ya había propaganda, pero la difundían autores como Virgilio, Horacio y Ovidio mientras que hoy las fake news se expanden mucho más rápido en redes. El lío es que la capacidad de difusión actual es incontrastable y eso no existía en aquella época.
Bueno, llegamos a la gran pregunta. ¿Jesús existió de verdad?
Coincido con muchos historiadores y arqueólogos que han estudiado el tema: en términos generales, hay consenso en que Jesús de Nazaret sí existió. Habría sido un predicador en Galilea, nacido probablemente entre el 4 y el 6 a.C., algo que genera una paradoja, y fue crucificado por orden de Poncio Pilato. También se le entiende como líder de un movimiento mesiánico cuyos seguidores, con el tiempo, lo consideraron divino.
Me gusta una idea de Mark Twain sobre William Shakespeare: incluso si alguien dudara de su existencia, lo razonable sería pensar que quien escribió esas obras fue un contemporáneo muy similar. Algo parecido puede decirse aquí: más allá de los debates, todo apunta a que una figura histórica como Jesús realmente existió.
Lo que sí que sabemos es que el hecho que le hizo famoso a Jesús o el primer hecho, la natividad, no fue como nos han explicado.
La natividad es el relato fundacional del cristianismo y uno de los mitos culturales más duraderos: hoy se celebra la Navidad incluso en contextos poco religiosos, convertida en una tradición global. Se volvió un lugar común del mercantilismo y la alegría.
Su origen está en los evangelios, sobre todo en Evangelio de Lucas y Evangelio de Mateo. A mí me interesa cómo algunos científicos han intentado estudiar estos relatos desde la astronomía. Por ejemplo, el astrofísico Michael Molnar analizó una moneda antigua de Judea y propuso una explicación astronómica para la estrella de Belén. Así, incluso los elementos más simbólicos han sido explorados científicamente.
En cuanto a los milagros, queda la duda de si fueron hechos históricos o interpretaciones posteriores. El historiador Charles Guignebert decía que, si el cristianismo se expandió gracias a los milagros, estos confirmarían la divinidad de Jesús; pero si se expandió sin ellos, entonces el verdadero “milagro” sería su propia difusión.
Incluso se han buscado pruebas físicas: estudios recientes han identificado un posible terremoto en Palestina coincidente con la crucifixión, un fenómeno que aparece en los relatos evangélicos. En el fondo, estos datos pueden reforzar tanto la fe como el escepticismo, según quien los mire. Para el que tiene fe todo dato la confirma, y para el que no la tiene, también.
0