La Rambla de Charlottesville

Cuando James Alex Fields arrolló con su coche a los manifestantes en Charlottesville alimentaba el motor de su cerebro podrido el mismo combustible que consumía el de los criminales que sembraron el terror en la Rambla de Barcelona y el paseo de Cambrils: el odio. Ambos son exactamente lo mismo. Comparten un mismo dios, una misma ideología, un mismo propósito. Ambos son hijos de la ausencia de la razón, la ciencia o  una mínima capacidad para el pensamiento crítico. Son fanáticos. Son el último eslabón, el más estúpido pero no el más letal ni peligroso, de una cadena que nace en aquellos que han hecho de la mentira y la superstición la escalera y el cimiento de su poder político y económico.

Ya sea desde una cuenta de Twitter presidencial, un editorial, una pantalla o el púlpito de un templo, cada vez que uno de estos bodegueros de la rabia destilan el odio con el que se emborrachan las escasas neuronas de todos estos monstruos sin alma, empieza a gestarse la masacre que mañana ha de venir. Se han hecho fuertes en este mundo en el que hasta las verdades reveladas por la ciencia son opinables. Son los mejor adaptados a esta nueva industria de la comunicación que conforma nuestra opinión y voto. Son perfectos para los sumarios de programas especiales en los que un grupo de imbéciles dedican horas a no aportar una sola noticia, dato o instrucción de utilidad mientras se dedican a afirmar lo que nunca supieron para luego desmentirse sin pasar por la disculpa.

Racistas, ultranacionalistas, fundamentalistas religiosos de uno y otro credo comparten la burda mentira como fundamento principal de sus catecismos. Y se les alimenta cada vez que una nación libre recibe a un racista irredento, un dictador, un jeque homófobo, un sátrapa misógino, un soberano o presidente de una confederación de mafias al pie de una escalerilla y le rinde honores de jefe de estado. Son un poco más peligrosos cada día que se cede un centímetro en la batalla por combatir el falso discurso de la equidistancia a la verdad entre quienes sabemos que no hay más raza que la humana y quienes atribuyen a su condición religiosa o al color de su piel valores, capacidades y privilegios que solo pueden sostenerse a costa del sufrimiento ajeno.

Nadie podrá atropellarnos el día en que dejemos sus motores sin combustible. Estamos convocados a esa lucha, probablemente infinita pero ineludible, que sitúe en los lindes de nuestras alamedas, plazas, parques, ramblas o malecones una barrera de obstáculos insalvables que ningún otro piloto homicida pueda volver a rebasar. Un sólido e invisible muro construido con la verdad que los fanáticos niegan, la ciencia a la que hostigan y la razón con la que se construyen las mejores armas de las mujeres y hombres libres.

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