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Se necesitan maestras

Patricia Galbis Fuentes

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Suelo tener un humor bastante negro, suelo ser una bruta, por suerte, mis alumnos me conocen y no me toman en serio. Recuerdo cuando bromeábamos con el coronavirus en clase, les decía: “El lunes os lo traigo fijo, que me voy el finde a València” (cuando para entonces no había llegado a los pueblos de la Marina Alta, o no nos lo decían…)

Pero poco a poco nos vino a visitar un extraño pánico, que recordábamos con cada estornudo, común y ordinario, por cierto, en cualquier clase de educación primaria en el mes de marzo, y que olvidábamos con cada abrazo, revolcón y “croqueta” en las horas del recreo…

Sin embargo, coronavirus, aunque fuese la mera palabra, había venido para quedarse, y días después contemplamos que también para dinamitar nuestras vidas.

Recuerdo el día que les dije que el lunes ya no volveríamos al cole, recuerdo cómo me destruía no tener una respuesta para un: “¿Y hasta cuándo, Patri?”. De repente, en una larga asamblea les pedí que creciesen de golpe, les pedí que pensasen globalmente, que comprendiesen la magnitud de sus pequeños actos cotidianos como salir a jugar a la calle, celebrar su cumpleaños, o tener mono de palomitas e ir al supermercado a comprarlas en un segundo. Todos sus deseos, sus expectativas, sus motivaciones diarias se disipaban en pro de la palabra “solidaridad”. La habíamos trabajado en clase, era algo así como dar a cambio de nada

No obstante, ahora, era dejar de hacer, dejar de ser, dejar de estar, dejar de querer y de querer comprender…, y sí, a cambio de nada. O al menos así pensábamos ese día. No hacíamos las cosas por nosotros, sino por lo demás. ¡Qué bonito! Pero qué contradictorio para niños y niñas, que solo querían ser durante un rato, fuera de sus dramas familiares donde, por cierto, algunos no estaban más seguros, ser eso, niños y niñas, con ese egoísmo legitimado que les permitimos, porque todo llegará, porque la cosa ya se pondrá fea.

Ya entonces me debatía en mi deber como maestra sobre la necesidad de encomendar a los niños y niñas misiones para el futuro: frenar el cambio climático, adquirir conciencias responsables para con el consumo, para con las pantallas, comprender la inconmensurable diversidad, aceptarla, abrazarla, respetarla…Comprender la violencia de algunos seres humanos, las injusticias cometidas a lo largo y ancho del planeta, los intereses de unos frente a los otros, las relaciones de poder… No tenía el debate resuelto. Sí, eran el futuro, pero ahora, en el presente, son niños y niñas, ¿de verdad no nos podíamos permitir una burbuja atemporal y acrítica aunque fuese chiquitita?

Soy una apasionada del pensamiento crítico, la razón principal por la que soy maestra, no iba a dejar eso de lado, pero, ¿cómo hacerlo sin amargarles la infancia?, ¿cómo explicarles que vivirán en un mundo lleno de contradicciones?, ¿que nunca podrán ser coherentes al 100% porque, de alguna manera, son y serán consumidores irresponsables igual que lo somos todos? ¿Acaso pueden cargar ellos y ellas con todo ese incumplimiento de normas?, ¿la infancia, el más claro ejemplo de la lealtad a las normas y a los límites que les imponemos?

Y de repente, llegó la crisis sanitaria, y sí, crecieron de golpe, tuvieron que entender…Tuvieron que detenerse a pensar sobre el devenir de este mundo, sobre nuestra razón ecológica, sobre nuestros actos y nuestras consecuencias, sobre nuestras responsabilidades… Ahora desde el cristal de la ventana, pero tocaba eso. También aplaudir, pero, sobre todo, gestionarse las infinitas voces y emociones que preguntaban, que nadie acallaba, y que insistentemente susurraban: “¿Y ahora qué?”

Algunas de esas personas que toman decisiones importantes decidieron cerrar los ojos, y seguir con su lógica de la producción: teletrabajo, plataformas digitales, videollamadas, producir, producir y producir… Aunque no haya nadie al otro lado del teclado, aunque no haya nadie al otro lado de la calle, al otro lado del mostrador, da lo mismo, producir, producir, producir… ¿Pero, el qué?

Y las maestras caímos en la misma red, “el curso continúa”, “el tercer trimestre ha empezado”, “debemos avanzar contenidos”, “no podemos permitir que nuestro alumnado se quede en casa sin hacer nada” ¿En serio?  ¿No nos lo podemos permitir? ¿O es que hay algo dentro de nosotras que nos dice “no nos van a pagar por no hacer nada”? Pues sí, la misma lógica, producir, producir, producir…

Sin embargo, lo que nos hace maestras no es continuar el curso, no es la transmisión de conocimientos… Lo que nos hace maestras (y por eso nuestro trabajo es insustituible, “in-burocratizable” e “in-tecnologizable”) es acompañar, es escuchar, es observar, es estar… Estar para mostrar otros caminos, para garantizar la duda y la certeza, el aprendizaje y el error, la justicia y la injusticia…

Como para los niños y niñas, y como para todo profesional, para nosotras es momento de parar, de pensar… ¿Qué queremos que aprendan? ¿Qué podemos enseñarles ahora mismo? ¿En serio fracciones? ¿En serio determinantes? ¿En serio invertebrados?

¿Qué hay en cada casa del alumnado de la escuela pública? ¿Un ordenador, dos tablets, tres impresoras o un móvil con datos limitados? ¿Y si la brecha digital es, a la par, brecha educativa, brecha social?

No trato de justificar nuestra inamovible perplejidad por el mundo que vivimos, no propongo quedarse de brazos cruzados… Simplemente intento entender, como maestra, cuál es el camino que me permite ser mi nueva versión de acompañante en estos tiempos que corren.

Quizá sea más interesante hablarles, escucharlos, sí, por medio de una pantalla, ¡qué remedio!, que no marcarles unos objetivos didácticos. ¿Para qué un plan? Si el plan es que no hay plan. Si el plan es que el primer mundo pide guantes, sí, guantes. En serio, ¿qué plan?

En fin, quizá sea un buen momento para cuestionarnos como maestras, para reflexionar sobre nuestra encomendada “misión” de construir personas, personas complejas, ambiciosas, ingeniosas, futuras líderes e inventoras de un mañana, pero también personas contradictorias, inseguras, ansiosas, titubeantes, personas que se detienen, que piensan, que le dan una oportunidad a la autocrítica.

Y cuando a las 20:00pm salgo a aplaudir a toda esa gente que está en la primera línea del frente, que tiene algo que ofrecer, que su trabajo ahora se valora, que arriesgan su salud por los demás, entonces me pregunto: ¿Y no se necesitarán maestras en todo este tinglado? Aunque sea al otro lado de la cámara, al otro lado del teclado, al otro lado de la ventana. ¿Y no se necesitarán maestras que nos recuerden que se puede parar, sentir, escuchar, deconstruir y volver a construir? ¿Maestras sin garantías, sin metas definidas, maestras con caminos inexistentes que trazar, con puertas subterráneas que abrir…?  En fin, maestras…

*Patricia Galbis Fuentes, maestra de Primaria

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