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Opinión

Acentos y cimientos

28 de abril de 2025 23:55 h

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Hubo un tiempo en que la modernidad, en su generosa etapa de plenitud, llamó a las puertas de Valencia para ingresar con pleno derecho en su estructura, infraestructura y superestructura, en las tres a la vez. No hubo manera. Más tarde, pasadas las décadas y alguna centuria, en la segunda mitad del siglo XX, la modernidad lo intentó de nuevo. Le cerraron el paso entonces los acentos, por una parte, y la mística del pasado envuelta en las oligarquías dominantes, por otra. A lo largo de los tiempos, sin embargo, también han existido pactos intermitentes -primaveras políticas- según los cuáles los acentos, el pasado y la modernidad se han aceptado en una trinidad muy concupiscente, a regañadientes, discutiendo muy a menudo, como matrimonios pero sin violencias. Esos ciclos de “esplendor” no suelen durar mucho porque los intentos de la modernidad por ingresar en la biología valenciana no siguen una línea progresiva, sino que son como un carrusel, un sube y baja mareante y siniestro.

Y es que el problema de Valencia, o el de la CV en general, no es uno sino dos: el de los acentos -como alegoría del tobogán lingüístico incesante y móvil- y el de la nula disposición del nacionalismo ortodoxo, geográficamente enclavado en la izquierda, a la evolución y normalización de la derecha en la esfera cultural y antropológica. Lógico. El esencialismo nacionalista piensa que si la derecha avanza hacia territorios comunes en cuestiones lingüísticas y culturales, entonces pierde campo, se estrechan sus referentes, y flojea su identidad y su destino en el mundo. Mejor amarrar. Al fin y al cabo, todo en el universo es una mercancía, como nos enseñaron los Smith, Ricardo y Marx, y el poder ocupa la cima más elevada de esa jerarquía mercantil. (El poder es el atributo más universal de la especie y la cuestión esta de las tildes y la lengua también va de poder). Hay una derecha españolista, la del imperio hacia Dios, otra que profesa una prehistórica valencianía, absolutamente renovable, y hay por último una derecha valencianista proclive a bendecir un valencianismo de amplia gama desde el punto de partida del llamado regionalismo, de ahí en adelante.

Aquí hablamos de esta última, claro. Por eso, cuando la derecha desarrolla algún signo permeable, de propósitos tímidos, a fin de progresar hacia espacios comunes, lo que hace la izquierda es reaccionar, como si le hubieran descargado una corriente eléctrica, para sabotearlo y ponerlo a parir, primero al signo y después a la derecha por atreverse a lanzar el signo.  Como se comprenderá, así no hay manera de aprobar la asignatura de la “normalidad” cultural (en lo cultural aquí no entra la música, sabido es, donde la derecha se siente tan a gustito). Y da igual que el gesto cristalice en un premio al escritor Ferran Torrent o en un intento de afirmación valencianista del presidente de la Diputación, Vicente Mompó, o que el indicio se materialice en el nacimiento o desarrollo de la AVL o en una publicidad institucional escrita en un valenciano académico y en caracteres colosales.

En lugar de aplaudir el síntoma, la epifanía insólita, el probable inicio del camino, lo que se hace es montar un cirio. Que no se mueva nada. Contra Franco vivíamos mejor. Y en ese plan. Después, naturalmente, el credo uniforme del esencialismo -hacia afuera- es el de la búsqueda de la normalidad (una normalidad identificada solo con “su” normalidad). Una de las claves de la deficiente, e insuficiente, evolución del conservadurismo valenciano hacia posiciones de transición cultural, es esa. El círculo es vicioso. La izquierda deslegitima a voz en grito los tímidos avances de la derecha -cuando los hay- y a la derecha le viene bien recibir esos ataques porque así justifica su vuelta al refugio, a su hábitat, donde más cómoda se halla y a salvo de riesgos “estúpidos”. Ahora mismo está pasando con el presidente de la diputación de Valencia. Su apuesta muy clara por el valenciano en la escuela recibió el fuego de los dos frentes, también el de la izquierda esencialista.

Así que por un lado tenemos los acentos, que ya forman una religión, muy venerados en Valencia, al igual que la Geperudeta. Por otra tenemos el Espíritu que sobrevuela las piedras antiguas y, más arriba del todo, ya casi tocando las nubes, aún nos esperan las iglesias inmutables, dominadas por los brujos de la tribu en posesión de las tablas de la ley. En este sandwich mixto, lo peor que le habrá sucedido a la larga vida profesional de Abelard Saragossà habrá sido, seguro, el decidirse a aceptar el encargo de elegir un acento para Valencia, “obert” o “tancat”, hacia aquí o hacia allá. Igual es que Saragossà tiene mentalidad de cordero sacrificial, yo no lo voy a discutir. Cada cuál ha de hacer lo que le plazca mientras no moleste al vecino y con el permiso de la nueva moral “políticamente correcta”. Pero al igual que no hay realidades inalterables sino circunstancias y azares, tampoco el mundo de los dogmas es el mundo de la ciencia (que, según en manos de quién, también es otra religión) y resulta empíricamente demostrable que en Valencia un acento no es un acento sino un maleficio, un castigo satánico, una carta a los dioses, y que la ciudad no sabe cómo derrotarlos, a los acentos, para abrirse en marcha triunfal hacia la modernidad gloriosa. Las páginas de la historia enseñan que un acento, en Valencia, puede desencadenar una guerra civil, encarnarse en una teología visceral o provocar una cruzada medieval, martirios incluidos. A Saragossá le han caído insultos por colaboracionista -encargo del PPCV-, sin conocer los resultados de la investigación, y yo creo que hasta es muy probable que le requiera el Santo Oficio, en caso de que exista aún, el Santo Oficio, que no lo sé.

Es natural que la modernidad vea todo esto, se espante y regrese a su guarida. Estamos, es verdad, en una fase depresiva (las ha habido abiertas, donde la modernidad y los acentos se han entendido, ya ha quedado dicho), dado que las autoridades han tocado algunos palos que no se deberían haber tocado, y los aficionados a la gramática están más sensibles. Pero, en definitiva, ¿qué sería de Valencia sin los acentos? No se entendería. ¿Cómo entender que por un acento se insulte a la madre del investigador? Valencia, sin los acentos, solo sería una plaga de turistas y nada más. Solo hay que pedirles a los encargados de los acentos -políticos, filólogos y aficionados- que, al menos, cuando acepten uno, no lo cambien. Sobre todo, para no espantar más a la modernidad.

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