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CV Opinión cintillo

¿Crisis climática, qué crisis?

Un hidroavión trabaja en las tareas de extinción del incendio de la Vall d’Uixó, a 28 de julio de 2026

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En 1975, en plena crisis del petróleo, la banda británica Supertramp resumió en una sola imagen lo que hoy seguimos viviendo. La portada de su disco “Crisis? What Crisis?” mostraba a un hombre tumbado en una tumbona, cóctel en mano, tomando el sol plácidamente en mitad de un paisaje industrial devastado, entre chimeneas y ruinas humeantes. Aquella escena era una crítica feroz a quienes, rodeados de un paisaje apocalíptico, elegían mirar hacia otro lado y seguir a lo suyo como si nada pasara. Cincuenta años después da la impresión de que seguimos igual.

Mientras escribo estas líneas, Castellón lleva días ardiendo. El fuego de la Vall d’Uixó ha entrado en la Serra d’Espadà y ha obligado a desalojar a miles de personas de nuestros pueblos. A la vez, en Madrid, Ávila y Toledo se libra la batalla contra el incendio más grande que se recuerda en España, con decenas de miles de hectáreas calcinadas en apenas unos días. Y todo esto llega después de un verano que ya es, según los propios datos oficiales, el más caluroso desde que hay registros. No es un hecho puntual ni una desgracia aislada. Es un patrón que se repite, que se agrava y que ya forma parte de nuestra vida cotidiana. Lo sufres cada día.

Cuando digo nuestra vida cotidiana, no hablo en abstracto. Hablo de las personas que trabajan en el campo y que cada verano deben empezar antes su jornada laboral para evitar los rigores de un clima inclemente. Hablo de quienes trabajan en la construcción o en la hostelería y saben que un golpe de calor ya no es una anécdota, sino un riesgo real que se cobra vidas cada verano. Hablo de quien reparte paquetes en moto, de quien limpia habitaciones de hotel en agosto, de quien cuida a nuestros mayores en una residencia sin aire acondicionado suficiente. Hablo, en definitiva, de todas las valencianas y valencianos, que en octubre de 2024 vimos cómo los barrancos se convertían en una trampa mortal y la riada se llevaba por delante 231 vidas y destrozaba nuestro territorio.

Y, sin embargo, mientras miles de empleadas y empleados públicos se juegan la vida en nuestros montes y las familias cuentan lo que han perdido o pueden llegar a perder, hay quien sigue empeñado en mirar hacia otro lado. Hay dirigentes políticos que llaman “mantra” a la emergencia climática, que la presentan como una excusa ideológica para no hablar de otras cosas, que prefieren dinamitar los pactos contra los incendios antes que ponerse de acuerdo en lo esencial. Y hay quien, directamente, la niega. No hace falta citar nombres, los conoces: basta con encender la radio un rato y escuchar cómo se ridiculiza a quien avisa del riesgo, cómo en las redes sociales se tacha de alarmista a quien pide medidas, cómo se prefieren minimizar las olas de calor extremo con el argumento de que siempre las hemos sufrido, aunque lo cierto es que nunca han sido tan graves como ahora.

Aquí está el problema de fondo. Esa misma derecha que ha convertido el principio de “prioridad nacional” en una consigna para señalar a las personas migrantes, para recortar ayudas, para levantar muros entre personas, es la que se niega a aplicar ese mismo concepto a lo que de verdad nos está poniendo en riesgo, sin excepción, vengamos de donde vengamos. Porque el fuego no pregunta el origen de nadie antes de quemar una casa. La ola de calor no distingue ideologías antes de subir la mortalidad en un hospital. Las riadas no consultan el censo electoral antes de arrasar un pueblo entero. Si de verdad quieren hablar de prioridad nacional, que hablen de esto: de proteger la vida, la salud y la seguridad de la gente que vive, trabaja y envejece en este país.

Negar el cambio climático, o simplemente mirarlo con indiferencia, no es una postura ideológica inocente. Ojalá fuese tan simple. Tiene un coste, y ese coste lo pagan las ciudadanas y ciudadanos. Es decir, tú. Retrasar las medidas, escatimar los recursos para la prevención o convertir la respuesta a los incendios en un pulso partidista es, sencillamente, jugar con la seguridad de la gente.

Desde UGT lo tenemos claro: garantizar la seguridad de las personas, y especialmente de las trabajadoras y trabajadores, empieza por reconocer esta realidad, no por esconderla, minimizarla o hacer chistes fáciles. Necesitamos que quienes nos gobiernan y quienes tienen la voluntad de hacerlo dejen de mirar el termómetro como un problema de otro y empiecen a tratarlo como lo que es: la emergencia más urgente que tenemos entre manos.

Porque aquí no hay medias tintas posibles. O afrontamos esta realidad con la seriedad y el rigor que merece, o seguiremos contando desalojos, hectáreas quemadas y víctimas cada verano, cada otoño, cada vez en mayor número e intensidad. La verdadera prioridad nacional no se mide en banderas, pasaportes ni en discursos que buscan dividirnos. Se mide en las vidas que somos capaces de proteger. Y esa es una tarea que no admite negacionismo, demoras ni mucho menos soluciones de barra de bar. Porque mientras haya quien mire hacia otro lado, cóctel en mano, como el hombre de aquella portada, seguiremos escuchando la misma pregunta cómplice: ¿qué crisis?

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