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Salvémoslos, ¡hipócritas!

El olvido de los estados europeos en el deber de auxilio y acogida de las personas refugiadas es el olvido, inducido, de la verdadera esencia de la democracia

El neoliberalismo ha instalado en el imaginario social la imposibilidad de llegar a soluciones efectivas a través del Estado y la acción colectiva y democrática

La tripulación del Open Arms atiende a los migrantes rescatados.

La tripulación del Open Arms atiende a los migrantes rescatados. Olmo Calvo

El relato se repite en las televisiones europeas como una letanía: la de horas que tertulianos, periodistas y gobiernos dedican a la supuesta dificultad de rescatar personas (¡personas!) del Mediterráneo, y el poco tiempo que antes dedicaron a lo que nos ha costado, a todos, rescatar bancos y entidades financieras con miles y miles de millones de euros. ¿Por qué no hay una denuncia mayoritaria de esa relación? ¿Por qué son tan pocos los que se quejan públicamente de la contradicción de haber destinado una ingente cantidad de recursos al sistema financiero, a fondo perdido, y de negarse al mismo tiempo a rescatar a quienes nos piden auxilio desde nuestras costas? 

El ideario neoliberal no es sólo una fórmula de prediseñar el Estado para hacerlo funcional a los intereses privados, no es sólo un catálogo de privatizaciones y obscenos robos, sino también una nueva subjetividad que impregna la acción personal de un individualismo competitivo extremo. Esa ideología de la competición entre individuos está acelerando el olvido de lo que de verdad supone la democracia: el poder del demos, del pueblo, en la toma de decisiones colectivas y en la resolución de los problemas de la comunidad a la que pertenecemos.

Porque no somos átomos aislados, sino animales políticos que convivimos en comunidad y necesitamos del otro para realizarnos nosotros mismos. Una vida plena es sólo posible si se da con los otros, con una alteridad que el neoliberalismo pretende negar y demonizar como competencia, como insana carrera donde los obstáculos son quienes nos rodean.

El elemento cooperativo de la democracia, la comprensión del otro como parte indisociable de lo propio, es dinamitado por un ideario que además subordina el interés público de esa comunidad, el antiguo y hoy poco recordado "bien común", a la concurrencia de intereses particulares. Así, no es de extrañar que cada vez que aparece un problema social que afecta a toda la comunidad la respuesta de quienes blanden aquel ideario y sus acólitos sea la del "y tú qué harías". Pues miren, haría lo que intento hacer y lo que debería ser la norma en una democracia que quisiera predicarse como tal: participar en la comunidad, en esa polis olvidada, para cambiar colectivamente y mediante la voluntad democrática los problemas que individualmente son irresolubles. 

A los del "pues acógelos en tu casa", en referencia a los refugiados que mueren en nuestras playas repletas de turistas: el individualismo neoliberal se os ha impregnado tanto en la cabeza que os habéis olvidado de que el bien público puede y ha de ser administrado por la comunidad política, por el Estado, del que deberíamos ser dueños con nuestra voluntad democrática. Si estoy a favor de la sanidad pública no quiere decir que tenga que instalar un quirófano en mi casa. Y lo mismo, si has estado a favor de rescatar con el dinero de todos a bancos y entidades financieras, eso no se traduce en la obligación de que pongas un cajero automático en tu cocina. Hasta qué punto se han normalizado estas expresiones nos habla del olvido intencionado de la primacía de lo político sobre lo económico, del bien público sobre los intereses individuales, de la comunidad sobre los estrechos límites de mi egoísmo. 

No, la respuesta ha de ser colectiva y depende del concurso de todos en la mejora de la polis, de nuestras esferas de copertenencia y, sobre todo, en la defensa de que las decisiones en ellas tomadas primen sobre las que se elaboran en oscuros despachos o altos rascacielos. Es un insulto al entendimiento decir, como algunos repiten, que el Estado italiano o español no tiene recursos suficientes para acoger a las personas que arriesgan y pierden sus vidas en el mar común. No es que no haya pan para todos, sino que el pan está muy poco repartido y se concentra en unas pocas manos, precisamente las mismas que salen indemnes de los debates antiinmigración.

Los que se llevan las manos a la cabeza por la obligación que tenemos de acoger a los que huyen de las guerras y de la destrucción suelen manifestar una sorprendente preocupación por el trabajo y el bienestar de los de casa, pero nunca se preguntan qué es lo que verdaderamente hace que ambos elementos falten ya en muchas familias españolas o italianas. Porque no es el mantero de la esquina el responsable de que en los barrios ricos de Madrid o Barcelona la esperanza de vida sea diez años superior a la de los barrios obreros, ni es el último que llega el culpable de que el penúltimo esté en esa posición y no mire hacia arriba.

Recuperar lo público y lo colectivo sobre los espurios intereses particulares de unos cuantos es recuperar la democracia que estamos perdiendo a marchas aceleradas y, con ello, volver a incorporar al otro a la comunidad, ya sea un inmigrante, un refugiado o nuestro compañero de trabajo. Igualdad, libertad y fraternidad… El último de los ideales de la Revolución francesa es hoy el más denigrado, el más pisoteado. Su eclipse es el fin intencionado de la solidaridad, de esos mimbres comunitarios y de autorreconocimiento que a todos nos deberían hacer sentir parte de una misma colectividad desde el respeto de nuestra personalidad única e irremplazable. Y la crisis de los refugiados y el pésimo papel que están desempeñando las instituciones no sólo nos habla de la disolución de esos vínculos, sino también de la inabarcable hipocresía de quienes presiden ese proceso, de los líderes políticos y sociales que abanderan el abandono de la casa común y de los prójimos más lejanos.

¿Qué hace Salvini con una cruz como collar al cuello? ¿Qué hace ese infame y mediocre politicastro enarbolando el Evangelio en sus mítines? Denunciemos su hipocresía, y que lo denuncie la propia Iglesia desde el púlpito, tan dada a veces a soflamas menos justas y más interesadas. "Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me acogisteis", que empiecen todos los que dicen defender los valores cristianos de Europa por esta frase del Evangelio. Que todos los conservadores sean consecuentes con sus propios postulados y que conserven de verdad lo mejor de nuestra tradición europea: el predominio del bien común y la inclusión del otro como uno más de nosotros. 

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