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En defensa de la conversación

La instantaneidad y la huida de la conversación personal que protagonizamos constituyen, hoy, dos de los elementos más alienantes para la acción humana

En España hay 116 líneas móviles por cada cien habitantes

En España hay 116 líneas móviles por cada cien habitantes EFE

Desde que empiece este artículo hasta el final intente sólo leerlo, concentrarse en su comprensión, en el mensaje que quiere transmitir. No atienda a las vibraciones de su móvil, a los sonidos que nos rodean y a las interrupciones constantes de lo que debiera ser una lectura sosegada, tranquila y profunda. Posiblemente le sea difícil, y no es del todo su culpa: en los últimos tiempos hemos normalizado una vida de interrupciones constantes, de estímulos continuos que hacen huir a nuestra concentración. La facilidad de la comunicación escrita e instantánea, además, ha provocado que cada vez más huyamos de la conversación cara a cara, espontánea y física.

Estas dos amenazas, la instantaneidad de las interrupciones y el deterioro de la conversación personal, han sido pormenorizadamente analizadas por la profesora neoyorkina Sherry Turkle en su obra "En defensa de la conversación", que no pretende ser un alegado antitecnológico sino, como su propio título indica, un aliciente para que recuperemos el valor esencial de la palabra hablada. Tras numerosos años dedicados al estudio de la comunicación interpersonal, Turkle nos alerta del fin de la conversación y de la erosión de la empatía que lleva aparejada. Y es que, y esta es quizá la tesis central de su exitoso libro, nunca un mensaje textual, por muchos emoticonos que contenga, podrá sustituir la capacidad de empatía que contiene la conversación, del tú a tú, de los ojos mirando a otros ojos y del lenguaje no verbal.

Una conversación que se pierde no sólo por el uso constante y abusivo de las nuevas tecnologías, sino también porque esa empatía personal que conlleva se quiere a veces, y conscientemente, evitar. Cuando nos sentamos uno enfrente del otro, mirándonos y apreciando los gestos de quien tenemos delante, emergen siempre situaciones espontáneas donde no somos capaces de prever el mensaje, de pensarlo con detenimiento o de editarlo, algo que sí nos permiten las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. La huida de la conversación es también, por ende, una huida hacia el refugio de la previsión y de la seguridad, un rechazo a lo más humano del ser humano, que es su capacidad de situarse en el lugar del otro y de convertir ese "otro" en uno mismo. De aquí en parte la crisis que viven las organizaciones colectivas de todo tipo, incapaces de articular modos efectivos de decisión y de integración de la diferencia, sumidas como están a veces en una lucha textual en mil foros y chats que bien podría apaciguarse con encuentros personales, físicos, donde esas diferencias deben entrar obligatoriamente por el ojal de la empatía.

Turkle no lo nombra (posiblemente no lo conoce), pero muchas de sus tesis fueron ya anticipadas por Quintiliano, uno de los grandes maestros de la retórica clásica. A pesar de haber nacido y vivido en la antigua Hispania romana (siglo I. d. C.), curiosamente es un completo desconocido en España y apenas se recuerdan sus famosas "Institutio oratoria", hasta hace muy poco pendientes de traducción directa. En esta obra, el rétor hispanorromano elabora una reflexión que me gustaría compartir y que, unida a las de Turkle, reviste una insoportable actualidad.

Dice Quintiliano que el buen orador, el buen orfebre de la palabra, necesita para llegar a serlo cuidar antes su oído. Escuchar la palabra viva y la música antes de poder crear aquella y convertirla en un arte en beneficio de la comunidad política, se erige así en una condición insoslayable. ¿Por qué? Quintiliano aquí no se anda con sutilezas ni rodeos: sólo es posible la correcta comunicación si se da directamente y en presencia de los propios oradores que disputan y discuten. Es esencial escuchar al otro "físicamente", pues en ese escuchar logramos ver el interior de la persona, sus aflicciones, sus preocupaciones más hondas, los gestos de sus manos y el destello de sus ojos. El debate cívico es el que se da entre personas que se escuchan, y que no sólo se leen.

La pérdida de calidad de los actuales foros de debate y decisión públicos puede deberse en parte, creo, al exceso de comunicación escrita vía internet que padecemos y que con tanto ahínco empírico trata de denunciar Turkle. Hemos visto cómo partidos enteros casi se desmoronan por un whatsapp mal entendido o por un Telegram incauto. Las discusiones bizantinas en las redes sociales, especialmente en Twitter, terminan casi siempre mal y con falacias o pretendidos argumentos de reducción al absurdo. Y es normal: lo escrito tiende a refugiarse en la seguridad de la autocomplacencia, y evita la incertidumbre espontánea de la conversación empática.

A todo ello añadamos la instantaneidad que nos acosa y que impide la concentración, el sosiego y la tranquilidad, requisitos imprescindibles para la lectura profunda y la aprehensión de conocimientos. Llevo pocos años dando clases en la Universidad, pero he podido comprobar cómo la capacidad de concentración mengua aún más con cada promoción, y cómo ese deterioro se traslada a una incapacidad casi sistemática de comprender categorías abstractas o de construir discursos críticos. Sin embargo, desde que he prohibido el uso de dispositivos en el aula, incluidos los ordenadores antes omnipresentes, el alumnado no sólo es capaz de concentrarse más en la lección que se imparte, sino que, libre de la instantaneidad y de las interrupciones de las diversas plataformas que antes tenía abiertas en la pantalla, ahora se atreve a tener una relación más empática con el profesor, a preguntar más, a criticar y sugerir nuevas perspectivas.

Debemos entre todos replantearnos la relación que tenemos con las nuevas tecnologías, y más especialmente en aquellos lugares, como en el aula, donde se exige un nivel más exigente de concentración. Sin abrazar postulados antitecnológicos radicales pero, como hace la profesora Turkle, siendo muy conscientes siempre del peligro que la instantaneidad y la comunicación eminentemente escrita comportan. Recordemos que en un principio los coches no llevaban cinturón de seguridad; fue la experiencia la que hizo que poco a poco se volvieran obligatorios. Hagamos lo mismo con la novedad actual, pensemos y diseñemos nuevos "cinturones de seguridad" frente a la velocidad tecnológica para conservar nuestras capacidades más humanas, más transformadoras y, por tanto, menos alienantes.

Existe hoy una imperiosa necesidad de volver a recuperar entre nosotros, y para nosotros, la capacidad de la concentración profunda y el arte de la conversación, el arte del escuchar tranquila y sosegadamente a quien no piensa como uno. Para eso, claro está, precisamos tiempo, reposo y, quizá, una buena cerveza delante.

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