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Think Bask, quiere ser una red de pensamiento analítico donde aquellas personas que generan conocimiento en nuestra sociedad, como universidad, investigadores sociales, analistas, fundaciones, ONG’s, sindicatos, partidos políticos, blogs, etc... tengan un cauce de expresión y un lugar de encuentro. En este espacio caben todas las opiniones y el debate es bienvenido.

La insoportable insaciabilidad del ser nacional

Antonio Baños, una de las caras más visibles de la CUP, ha dimitido. En su carta de explicación indica que él se metió en política con un único objetivo: “El meu pas a la política (tot plegat uns cinc mesos) tenia només un sol sentit i objectiu: Que aquesta legislatura fos la de la ruptura irreversible amb l’Estat Espanyol i que, a més, la construcció de la República es fes des de un procés constituent popular i social”. Y si para ello había que votar a Mas, pues se le vota y punto.

Por su parte, la Asamblea Nacional Catalana se excusa públicamente por haber incluido a la CUP en su petición de voto a fuerzas independentistas. Ahora resulta que por no votar a Mas van a pasar a formar parte de esos “partidos partidos políticos españoles que están en Catalunya, como el PP y Ciudadanos”, adversarios según Carme Forcadell del “resto, [que] somos nosotros, el pueblo catalán, y sólo nosotros somos los que lograremos la independencia”.

Los procesos de estatonacionalización exigen de toda la energía política contenida en una sociedad. Hasta el último julio. Son insaciables y, en última instancia, incompatibles con la práctica política. Cuando una sociedad se embarca en la construcción de un Estado-nación cualquier otra cuestión se vuelve irrelevante, inconveniente o inaceptable, al menos hasta el día después de la independencia. Lo mismo ocurre, por cierto, cuando un Estado ya constituido pretende reforzar, por la razón que sea, sus señas de identidad nacional. De manera que si Isaías representaba el futuro mesiánico con la imagen del lobo y el cordero paciendo juntos, el nacionalismo español imagina estos días su propio futuro como la posibilidad de que un indecente, un ruin (o “ruiz”) y un ambicioso inexperto gobiernen juntos para evitar la ruptura de España.

Hace ya tiempo que vengo defendiendo que el lenguaje federal puede ser la lengua franca que abra en España un espacio político liberado del lenguaje tóxico de los nacionalismos. ¿O es que alguien cree de verdad que se puede discutir en serio con quien enarbola una camiseta de la selección de Cataluña o de Euskadi mediante el recurso a agitar, con igual o mayor forofismo, la camiseta de la selección de España? Mejor esta pelea a camisetazos que la lucha a garrotazos que pintara Goya, por supuesto; pero sigue siendo una confrontación intelectualmente absurda y políticamente incapacitante.

Seguramente es cierto, en estrictos términos jurídicos, que “dentro de un Estado sólo puede haber una nación (vinculada a la soberanía), de forma que si se quiere constituir una nueva nación (política) debe pasar a la formación de un nuevo Estado incompatible con el de la nación primera” (Eduardo Vírgala, “Nación y nacionalidades en la Constitución”, p. 173). Sin embargo, desde la perspectiva de la sociología política podemos afirmar que en un mismo Estado caben varias naciones, pero ni varios ni un sólo nacionalismo. El problema de España no es el de la existencia de varias naciones, sino de varios nacionalismos. No se trata de abonar discursos rancios sobre unidades o esencias nacionales, sino de apostar por un proyecto moderno de ciudadanía definida por los derechos y las libertades de todas y cada una de las personas, en un marco de estabilidad jurídica garantizado por las distintas instituciones del Estado.

Como señala Claudio Magris: “Nadie se enamora de un Estado pero hace falta el Estado para que podamos exaltarnos tranquilamente por lo que nos dé la gana y para que nuestra libertad, según la vieja definición liberal, sólo termine donde comienza la libertad del otro” (Utopía y desencanto, Anagrama, Barcelona 2001). O en palabras de Suso de Toro: “La nación contemporánea es la de ciudadanos diversos que conviven en espacios pactados y aceptados. Los afectos nacen después. O no ¿Y qué?” (Españoles todos, Península, Barcelona 2004).

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