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Nueve hechos que desmienten las acusaciones del pederasta de Gaztelueta contra su víctima

José María Martínez Sanz, durante el juicio

Iker Rioja Andueza

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Sobre José María Martínez Sanz, numerario del Opus Dei y profesor del colegio masculino Gaztelueta de Leioa, Bizkaia, pesa una condena en firme por haber abusado sexualmente de quien fuera su estudiante Juan Cuatrecasas, del que también era preceptor o tutor. Recibió una condena de 11 años de cárcel en primera instancia pero, tras un recurso, el Supremo la rebajó a dos años al entender que dos de los cinco episodios descritos no estaban suficientemente probados por la víctima. Ahora, se enfrenta también a procesos eclesiásticos que no alteran en nada los hechos ya probados por la Justicia. Sin embargo, el pederasta ha concedido una entrevista al portal 'Info Católica' para recalcar que, pese a la doble sentencia, es “inocente”. En ella, carga contra la víctima y contra su familia, que han recibido con indignación la publicación de estas reflexiones.

“He dicho infinidad de veces que soy inocente y lo seguiré diciendo, porque es la verdad”

Los abusos sexuales no son una denuncia, son hechos acreditados en primera instancia por la Audiencia Provincial de Bizkaia y en segunda instancia por el Tribunal Supremo, lo que los convierte en sentencia firme. Eso es la verdad judicial. Como mucho, Martínez Sanz podría alegar que no es responsable de “dos de los cinco episodios” recogidos en la denuncia, ya que el Supremo los consideró insuficientemente probados como para tenerlos en cuenta en la condena definitiva. Así, el numerario no es inocente, es un condenado en firme por abusos sexuales.

“Como es lógico, durante estos años he pasado por momentos en los que he estado destrozado psicológicamente”

Nada hay que cuestionar sobre la posible afección psicológica sufrida por el abusador. Sin embargo, se orilla que los hechos probados por los que ha sido condenado generaron un grave perjuicio a la víctima. Esto está diagnosticado por profesionales del ámbito psicológico y psiquiátrico e incluyeron intentos de suicidio. Una de las claves de este caso es que no solamente agredió al alumno sino que creó un clima por el cual también sufrió 'bullying' del resto de compañeros.

“Estoy pensando escribir mis experiencias en un blog o una web porque creo que ha llegado el momento de contar la historia completa”

En realidad, Martínez Sanz ya contó con el apoyo de su antiguo colegio en este sentido. Antes del juicio, y bajo la premisa de que los medios de comunicación manipulaban a la opinión pública, Gaztelueta contrató a un gabinete externo y creó una página web para desmontar las denuncias y ofrecer crónicas alternativas. Aquel portal ya quedó eliminado a la luz de los pronunciamientos judiciales.

“En la Justicia civil se trasladan y no se esconden al acusado los poderes que facultan para actuar y se entregan al acusado las acusaciones y las pruebas”

Martínez Sanz emplea el término “civil” como supuesta contraposición a la Justicia canónica, sin ningún valor en un Estado de Derecho. Sin embargo, su procesamiento y su condena no fueron en la jurisdicción civil sino en la penal. Él mismo admite que precisamente está pendiente la pieza civil derivada de la penal del 'caso Gaztelueta' y en la que familia de la víctima tiene derecho a solicitarle una indemnización económica.

“No he pedido perdón porque soy inocente. Juan miente cuando dice que lo humillaba en clase: sus compañeros lo negaron ante notario”.

Es cierto que nunca ha pedido disculpas como también lo es que no es inocente, ya que pesa sobre una sentencia firme. Introduce Martínez Sanz como elemento probatorio de las supuestas mentiras del denunciante un elemento que ya fue largamente debatido -y rebatido- en el juicio celebrado en 2018. Está acreditado que el numerario se valió de su posición de superioridad y que ello tuvo más consecuencias que los propios abusos sexuales. El condenado por pederastia afirma que los otros alumnos de Gaztelueta lo negaron ante notario. Se refiere a unas actas pagadas para su defensa por el propio colegio del Opus Dei. Aquellos documentos eran de contenido y estructura idénticos y se pretendieron presentar en el juicio como supuesta prueba exculpatoria. Gaztelueta llegó a querellarse contra este periódico por revelar su mano detrás de esta estrategia orquestada para desacreditar al abusado y ayudar al abusador. Perdieron aquel pleito también.

“La sentencia injusta en el juicio de Bilbao se basó casi exclusivamente en una convicción del juez: Juan Cuatrecasas no podía mentir”.

La sentencia de primera instancia no es “una convicción del juez”, sino que fue firmada por un tribunal de tres magistrados y sin votos particulares. Fueron Alfonso González-Guija, Juan Manuel Iruretagoyena y Jesús Agustín Pueyo. Sí tiene razón en que Juan Cuatrecasas no podía mentir, ya que hay obligación para los testigos de decir la verdad. Eso sí, no consta en ningún momento que se haya iniciado ningún procedimiento por indicios de que incumpliera ese juramento. Por el contrario, en un Estado de Derecho quien sí tiene la posibilidad de mentir es el acusado y Martínez Sanz ha hecho uso de ese derecho en todo momento, como también al de no responder a determinadas preguntas.

“Cuando digo que Juan miente me refiero a que no dice la verdad. No juzgo su intención, ni sé si es fruto de su enfermedad y está convencido de lo que dice”

Las “enfermedades” de la víctima, algunas de ellas todavía con secuelas más de una década después de los hechos, tienen un claro origen traumático diagnosticado y se sitúa en los abusos sexuales sufridos en el colegio Gaztelueta. La veracidad de su denuncia queda fuera de toda duda, básicamente porque ha motivado una condena penal en firme.

“Su supuesta acusación fue muy vaga, tanto que no se puede decir que sea una acusación. Sin embargo, a partir de ese día se le empezó a intoxicar a través de interrogatorios mal ejecutados”

Con la salvedad de dos hechos que sí se dieron por probados en primera instancia pero no en segunda instancia, los tribunales y los expertos que han tratado a la víctima han destacado la consistencia en el tiempo del relato de la víctima. Asimismo, han insistido en que es muy difícil pedir a un niño –de no más de 12 años en el momento de los hechos– que verbalice y describa con precisión prácticas sexuales que no conoce. Igualmente, los expertos siempre recalcan que las víctimas cuentan lo que pueden, como pueden y cuando pueden y que ello no es reprochable.

“Por otro lado, no veo que los Cuatrecasas tengan interés en cerrar el caso y seguir con sus vidas”

La familia Cuatrecasas tuvo que mudarse desde Bizkaia hasta La Rioja ante la situación crítica en que quedó la víctima tras los hechos. Ahora han creado una asociación llamada Infancia Robada que recopila otros casos de abusos, principalmente en el ámbito eclesiástico. El joven, ya mayor de edad y pese a las dificultades por la situación sufrida, ha logrado completar sus estudios universitarios.

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