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La universidad ante la pandemia: estudiantes que rezan para que sus megas no se acaben y profesores agobiados

La casuística de las limitaciones informáticas que atenazan a mis estudiantes es muy diversa. Desde quien cuenta que su ordenador se apaga solo cada quince minutos al que está pendiente de que su vecino le deje uno en pocos días

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La universidad pública pierde más de 77.000 alumnos desde 2012

La universidad pública pierde más de 77.000 alumnos desde 2012 EFE

De la noche a la mañana la pandemia ha sometido a las universidades a una considerable prueba de estrés. Acostumbradas a examinar a los demás, son ellas ahora las que tienen que demostrar que están a la altura de las circunstancias. Es una verdadera carrera contrarreloj hacia la docencia online o la virtualización.

Desde luego, estas instituciones educativas han ido adquiriendo en los últimos años cierta experiencia con las tecnologías de la información y la comunicación (TIC). Difícilmente hay actualmente una universidad que no disponga al menos de una plataforma docente y medios de comunicación en línea. Pero la crisis del coronavirus ha forzado a poner a pleno rendimiento en tiempo récord ese potencial latente y desarrollado solo a medias.

Así, por ejemplo, en el centro donde desempeño mi labor docente (la Facultad de Derecho de la Universidad de Girona, con unos 1.300 estudiantes y unos 150 profesores), el profesorado cuelga vídeos, textos con apuntes o material de apoyo, y da clases o tutorías con la ayuda de una serie de herramientas ya conocidas o aprendidas sobre la marcha.

Lógicamente, la respuesta de la comunidad universitaria ante este insospechado cambio de escenario ha sido variopinta. El curso sigue adelante, con las limitaciones propias del encierro que padecemos, con profesores, personal de administración y alumnos en hogares donde a menudo hay personas mayores o enfermas y niños. En el profesorado, vamos del acogimiento entusiasta de las nuevas herramientas por los más techies, que puede llegar a desbordar a los estudiantes, hasta el desconcierto de los más tradicionales, agobiados por herramientas poco familiares.

Entre el personal de administración y servicios, el reto del teletrabajo ha sido también muy grande, pues ha supuesto preparar la logística necesaria para llevar a casa lo que se hacía en la Facultad. Aunque el impacto del coronavirus haya sido relativamente menor en Girona, también hemos lamentado pérdidas entre familiares de la comunidad universitaria.

La situación más compleja se encuentra entre los estudiantes. Aunque los haya bien equipados para estudiar a distancia, existen situaciones también muy dispares. Algunos simplemente carecen de ordenador, y para ellos la universidad ha contratado un préstamo gratuito de equipos. Quienes comparten piso se ven ahora empujados a repartirse también el uso de los PCs, más solicitados incluso que los animales de compañía para salir a pasear. Muchos estudiantes usufructúan los ordenadores de los padres, que teletrabajan durante el día. Algunos viven en zonas con escasa cobertura telefónica y conducen subrepticiamente hasta lugares donde conectarse fuera del alcance de los controles policiales.

Resulta sobrecogedor el relato de mis estudiantes o compañeros de facultad, a los que se impide asistir a un entierro o acompañar a los seres queridos en el último adiós. Obviamente, los que ya lo estaban pasando mal lo pasan ahora aún peor.

La casuística de las limitaciones informáticas que atenazan a mis estudiantes es muy diversa. Desde quien cuenta que su ordenador se apaga solo cada quince minutos, al que está pendiente de que su vecino le deje uno en pocos días. Los portátiles, que no han sido bien vistos por el profesorado (véase verbigracia el lamento de Jordi Llovet, en su Adéu a la universitat ) andan ahora más buscados que la gasolina en el mundo postapocalíptico de Mad Max. La conectividad a menudo es precaria. Muchos estudiantes rezan para que sus "megas" no se les terminen demasiado pronto. Uno de los casos más extremos es el de un estudiante en una situación económica fragilísima, a quien el confinamiento le ha postergado el desahucio.

En cuanto a los libros, aunque la Facultad haya ampliado de urgencia sus suscripciones a bases de datos editoriales (algunos precios parecen haber subido con el virus), no resulta posible acceder a una copia digital de todo. Para hacerlo aún más complicado, muchos estudiantes que trabajaban a tiempo parcial, especialmente en fines de semana, han perdido esa fuente de ingresos. También pasan angustia los que tienen que obtener una determinada nota por la beca de que disfrutan. Para colmo de males, coincide que a muchos se les exigirá por vez primera el requisito de acreditar el conocimiento de una tercera lengua para acabar el grado, lengua que muchos aún no dominan.

En fin, en el contexto del confinamiento no falta quien se deja llevar por una ilusión embriagadora al afirmar que las universidades presenciales están dando pasos de gigante hacia la virtualización. Como si todo lo que no se ha hecho en dos o tres décadas se pudiese hacer a toda prisa y contrarreloj en un entorno tan poco propicio. La verdad es que a los profesores se les está exigiendo un esfuerzo casi heroico, que hace abstracción de su situación personal, no siempre sencilla, pues ellos también enferman pero se espera que sigan dando clases como si nada. Y a la inversa, el estudiante corre el riesgo de que se le pida lo mismo o incluso más que antes. Por ello parece más necesario que nunca hablar de educación y de desigualdad.

Thomas Piketty escribe en su último libro (Capital et idéologie, 2019, publicado en español por Deusto) que es el combate por la igualdad en la educación el que ha permitido el desarrollo económico y el progreso humano. Si esto es así, las universidades se encuentran ante una oportunidad de oro para reflexionar sobre la desigualdad en la sociedad en general y entre los estudiantes en particular. No cabe permanecer ajenos a situaciones de exclusión que provocan mucho sufrimiento entre los alumnos y su entorno.

Así pues, hace falta que los miembros de la comunidad educativa seamos conscientes de las desigualdades que indudablemente existen y que no partamos de la premisa falsa de que la virtualización de un curso por parte del profesorado produce al mismo tiempo la del estudiante. Los problemas sociales no van a desaparecer, eclipsados por la gravedad del drama sanitario, sino que este –y todas sus consecuencias, aún insospechadas– suponen el riesgo de ahondar más aún la ya existente brecha digital entre unos y otros. Por ello hay que saludar medidas como el préstamo gratuito de portátiles y otras que, aunque no sean suficientes para resolver el problema de fondo, van al menos en la buena dirección.

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