'Mommy’ de Xavier Dolan. Palabras clave: maternidad, salud mental, violencia, instituciones, Estado, legislación, psiquiatrización

'Mommy' de Xavier Dolan

Creo que resulta fácil estar de acuerdo en que mientras el mundo sea un lugar capitalista y patriarcal ser madre soltera es ocupar un lugar de violencia. Las madres son leídas como fracasos sus hijes no aprueban el examen social tras ser sometidos a escrutinio y juicio. El examen social es simple y sólo uno, normalmente sin repesca: hay que encajar. Encajar significa no salirse de la fila de muchas cosas, y la fila es el marco hegemónico en el que se moldea y domestica a la infancia y a la adolescencia para fabricar futuros ciudadanos obedientes y productivos. Para tener un trabajo (estar sentado 8 horas o doblando el lomo más de 10, aguantar humillaciones salariales, tragar con incumplimiento de contrato y derechos) no se puede ser un insubordinado. El aprendizaje de la subordinación a cualquier forma de autoridad y la aceptación de jerarquías son vitales para ser considerado «normal» en los marcos capitalistas y productivistas en los que nos movemos.  

El quinto largometraje del director, guionista, productor y actor canadiense Xavier Dolan se estrena en 2014 con la premisa de un escenario legislativo ficticio: la promulgación de una nueva ley en Canadá (Ley S-14) que estipula que los padres de hijos con problemas de conducta en una situación de apuro económico, peligro físico o psíquico, tienen el derecho legal y moral de confiar a sus hijos a un hospital público, sin un proceso judicial.

Steve (Antoine Olivier Pilon) es un adolescente que se ha salido de la fila. Poco importa que se haya visto desbordado psico-emocionalmente y que la respuesta pública de las instituciones para «ocuparse de él» haya sido violenta y deshumanizada; bienvenides al bucle de la violencia que se aprende y luego se reproduce. En la foto también salen la medicalización y psiquiatrización para, a través del diagnóstico, patologizar, medicalizar y criminalizar enseguida el dolor. Quién necesita entender nada más cuando tienes un cuadro clínico, recetas médicas, una ley y toda una serie de instituciones haciendo caja con tus problemas. Disciplinar y drogar el cuerpo es, todas las veces, disciplinar y aniquilar a la persona. Diane Després (Anne Dorval) es la madre que quiere cuidar a su hijo pero siendo núcleo monomarental, precaria y sin red de apoyo, resulta una tarea titánica a la altura de los imposibles trabajos de Hércules. Tendría que estar sentada encima de una buena montaña de privilegios o ser una súperwoman y Diane ni tiene lo uno ni es lo otro. Ella es la anti-madre, malhablada y gritona, histriónica, con demasiada plataforma como para ser una buena madre, y su look choni de mechas, ropa ajustada y chicle mareado permanentemente en la boca la encasillan desde los primeros minutos de la película, durante la entrevista con la directora del internado, fuera del Club Vip de las Maternidades Hegemónicas, de las maternidades socialmente bien vistas, de las buenas madres. Acompañando a esta pequeña familia de dos se forja una alianza insospechada con Kyla (Suzanne Clément), la vecina de la casa de enfrente. Su tartamudez y algún detalle de la cámara que se detiene sutilmente durante algunos segundos en una foto deja entrever algún trauma fuerte, pero la historia personal de Kyla se pierde y diluye para pasar a ser un personaje-vértice fundamental en las vidas de Diane y Steve. Juntes les tres nos harán participar en escenas hilarantes, también otras llenas de ternura y amor. Son estas alianzas inesperadas las que crean los vínculos que nos dejan, aunque sea a ratos, respirar profundo y ser un poco felices. Con la presencia de Kyla, madre e hijo están menos crispados, las escenas son más tranquilas: su habla y las vidas de Steve y Diane parecen estar restituyéndose poco a poco, cogiendo ritmo.

Nadie va a discutir que no sea violencia gritarle a tu madre, romper los muebles de tu casa o ejercer una fuerza física descontrolada para agredir y dañar a otres. Pero lo que rara vez se discute y está social y terroríficamente normalizado es que un tubo de pastillas, una camisa de fuerza, un centro de menores, un hospital psiquiátrico o un diagnóstico sean violencia. Un diagnóstico es muchas veces un acrónimo que desglosa como si fuera un diccionario la capa más superficial de nuestros problemas pero no habla de las causas de nuestro fracaso como sociedad. A Steve le diagnostican TDAH y nuestro fracaso como sociedad que toma las píldoras del Sistema es haber asumido que un acrónimo es una identidad, que un trastorno es una identidad, que una enfermedad es una identidad. La clave del éxito de las violencias legitimadas por el Estado y sus instituciones es y será que los problemas de salud mental siempre se actualizan en ese diccionario de términos perversos como individuales, nunca sociales, ni estructurales ni sistémicos (muy típico, por cierto, de sistemas primermundistas, blancos y occidentales). Los problemas individuales son responsabilidad del individuo, nunca de la sociedad, nunca culpa de cómo organiza el Sistema las vidas que llevamos. Lo podrido así se sitúa en el adentro y se mira para dirigir el dedo acusador al entorno más inmediato, en este caso a la madre. Cuando la madre soltera no puede (‘soltera’ como explica Raquel Manchado (Antorcha Ediciones) no proviene de ‘sola’, sino de ‘suelta’, de mujer ‘no atada’) ahí está el Estado para ayudar, para asistir, para ofrecer alternativas. Y menudas alternativas . Las instituciones del Estado ponen de manifiesto nuestra carencia de redes afectivas y efectivas de apoyo y solidaridad características de las sociedades fuertemente individualizadas, nuestra manera enferma de haber asumido la existencia de esos centros que tienen más de cárcel y castigo que de protección y cuidados. Cuando falla el hijo como si estuviera roto se mira y culpa a la madre. Cuando fallan las instituciones y el Estado, ¿a quién miramos?

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