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'Leer el presente' es un espacio que dedicamos a libros desde eldiario.es/murcia. Del mundo a la página y viceversa. Coordina José Daniel Espejo.

Anarquía en la España vacía

Portada de 'Los Asquerosos' (Blackie Books)

Uno se enfrenta siempre con miedo a estas lecturas, las de autores con quienes ha disfrutado muchísimo anteriormente y teme que ya no estén a la altura. Afortunadamente Santiago Lorenzo no sólo mantiene la estela de 'Los millones' o 'Los huerfanitos' (tengo pendiente 'Las ganas') sino que, en mi opinión, ha superado el nivel de ambas con 'Los asquerosos'.

Sin una sola línea de diálogo (el narrador es un tío del protagonista, quien sabe de sus vivencias por una llamada telefónica que le hace cada día a las cuatro), Lorenzo toca, entre otros, cuatro de mis temas fetiches en esta magnífica novela: la precariedad laboral, el abuso de poder, el postureo y, sobre todo, la denominada 'España vacía' (siendo este último el único que esperaba a raíz de la sinopsis de la contracubierta, por lo que la sorpresa ha sido muy grata).

Manuel es un protagonista real, muy creíble, con un trabajo donde se estafa sistemáticamente a la gente —en este caso el (falso) departamento de reclamaciones de una compañía telefónica— y cuyos emolumentos apenas le dan para llegar a fin de mes, odisea que logra culminar al vivir de alquiler en un ínfimo estudio propiedad de un individuo que no ha hecho una factura ni declarado una renta en su vida.

Yo mismo he vivido en varios apartamentos bajo esas condiciones y de verdad que se me saltan las lágrimas de alegría cuando un escritor recurre a estas sobredosis de realidad, del mismo modo que me llevan los demonios cuando los protagonistas dedican semanas a la resolución de sus conflictos sin tener que ir a trabajar, hacer la compra, tomar medicamentos porque les duele algo, etc... Esto es algo habitual en la literatura de Lorenzo, quien ya nos brindó en su día otro protagonista muy similar, el de 'Los millones', narrando y describiendo pormenorizadamente las peripecias de éste para llegar a fin de mes con su trabajo de coser etiquetas de marca a camisetas importadas de china: comer a base de caldos elaborados con los huesos de la carne que compraba apenas un par de veces al mes, aprovechar la grasa de esta carne para fabricar jabón, diluir lavavajillas y colonias en agua para estirar la vida útil de ambos productos, dar largos paseos como único hobby, etc...

En esta situación se encuentra Manuel cuando se cruza con un agente antidisturbios al que agrede en defensa propia, momento que el autor aprovecha para resumir en un visto y no visto el salto atrás de cuarenta años que nuestra nación ha dado en materia de derechos y libertades a raíz de la aprobación (y no derogación, EJÉM) de la llamada ley mordaza.

Es entonces cuando decide esconderse en ese vasto territorio de la piel de toro llamada 'Laponia española' o 'España vacía', donde la media habitacional se sitúa en un habitante por cada ocho kilómetros cuadrados, dispuesto a sobrevivir con una compra de alimentos básicos y poco más que su tío le hará llegar puntualmente a la casa abandonada que ha ocupado (¿okupado?).

Si Manuel ya venía siendo un individuo insociable (a su pesar: lo intentaba, pero fracasaba estrepitosamente tanto a la hora de hacer amigos como —más aún— a la de intentar flirtear con alguna chica), aquí se confirmará, disfrute mediante, ese carácter asocial de su persona, que ahora despuntará casi como una virtud. Será cuando descubra, día a día y como reza el tópico, que cuánto menos tiene, menos necesita, haciendo de la naturaleza su centro comercial, su gimnasio, su lugar de trabajo (que realizará por teléfono) y hasta su biblioteca (claro que aquí pesa mucho el factor suerte, licencias de escritor, pues encuentra una cantidad ingente de libros abandonados).

Si un lector con mi perfil y mis gustos ya hubiera disfrutado bastante de una novela que se mantuviera en este dique narrativo hasta el final, mucho más aún lo he hecho con el giro que el autor brinda al lector inquieto en este punto de dicha y sosiego del protagonista. De este modo, la bendita soledad de Manuel se ve interrumpida por la llegada del peor depredador que ha dado la naturaleza: el ser humano. Esta parte es para mí la mejor de la novela, pues al margen del ruido y las molestias físicas que esta familia provoca a nuestro protagonista (por ejemplo, el frío: no puede salir humo de la chimenea, nadie debe saber de su existencia), está la batalla psicológica a la que se enfrenta. Y es que Manuel, hablando claro, se muere de asco desgajando y analizando cada rasgo de estos individuos a quienes define con una de las muchas palabras que el autor se inventa para la ocasión (lo siento, no tengo el libro delante y no la recuerdo ahora). Niños y adultos dependientes de palancas, botones y accesorios mecánicos absolutamente para todo, que caen continuamente en contradicciones cuyo desentrenado cerebro posiblemente no detecte, como subir al monte «para desconectar» y hacerse una foto para las redes sociales (donde uno está conectado con miles de personas). Especialmente delirante y de mi agrado es el pasaje en el que Manuel descubre que el baño tiene un dispositivo para calentar el papel higiénico, lo que confirma que el ser humano ha llegado a la Luna por algo.

Y no cuento más, que me acerco peligrosamente a la línea de spoiler. Sólo decir que Santiago Lorenzo ha sido uno de mis más dichosos descubrimientos de los últimos años y se ha convertido en uno de esos autores que siempre me tienen esperando la siguiente entrega.

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24 de septiembre de 2019 - 13:18 h

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