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El Nuncio, Franco, el Vaticano y la Constitución

La ignorancia premeditada de Fratini le lleva a desear que todo siga igual que entonces, pidiendo que dejen los restos del dictador descansar en paz (para él y sus seguidores) donde está; es decir, en ese monumento a la ignominia, la represión y el genocidio que es el llamado Valle de los Caídos

Francisco Franco, y su mujer Carmen Polo, asisten a la celebración de la eucaristía en la Plaza de España de Sevilla en 1968

Francisco Franco, y su mujer Carmen Polo, asisten a la celebración de la eucaristía en la Plaza de España de Sevilla en 1968

Que el representante de un Estado soberano interfiera en los asuntos internos de otro es inusual. Que ese representante lo sea del Estado Vaticano y la contraparte interferida sea el Estado español no lo es en absoluto. Una larga historia de injerencias, influencias, presiones e imposiciones de esa pequeña entidad inserta en Roma en los problemas propios de España lo demuestran.

Solo el caso italiano tiene parangón con el español en esto que nos ocupa. Pero como la última salida de pata de banco ha sido de quien ya es exnuncio de su santidad el Papa de Roma en las cosas que nos son propias a los españoles de cualquier nacionalidad, repasemos el caso.

"Desde el momento en que derechas e izquierdas aparecen como los dos grandes campos que dividen la vida política española, la religión católica se erige en razón y síntesis de esa profunda escisión", ha escrito recientemente el historiador Santos Juliá.

Una escisión que, por cierto, la derecha siempre trató de suturar a martillazos, con decretos totalitarios acordados con esa iglesia y golpes de estado varios y subyacentes. El artículo 1 del Concordato firmado por Pío XI y el general cuya exhumación y traslado ha provocado la metedura de pata del nuncio Renzo Fratini reza: "La Religión Católica, Apostólica, Romana sigue siendo la única de la Nación española y gozará de los derechos y de las prerrogativas que le corresponden en conformidad con la Ley Divina y el Derecho Canónico". De ahí, todo lo demás.

El ya ex representante del papa supuestamente progresista Francisco parece vivir aún en aquel 23 de octubre de 1953 en que se firmó el papelito concordante. Ignorante es, como su iglesia viene siendo con premeditación y alevosía, de que aquel famoso artículo 1 y subsiguientes quedaron, o deberían, oficialmente derogados por el 16 de la Constitución democrática española de 1978 que dice: "Se garantiza la libertad religiosa y de culto. [...] Ninguna confesión tendrá carácter estatal".

La ignorancia premeditada de Fratini le lleva a desear que todo siga igual que entonces, pidiendo que dejen los restos del dictador descansar en paz (para él y sus seguidores) donde está; es decir, en ese monumento a la ignominia, la represión y el genocidio que es el llamado Valle de los Caídos.

Pero el problema no viene causado por él sino porque la propia Constitución puso la semilla de la discordia en ese mismo artículo 16 al garantizar que el Estado cooperaría "con la Iglesia católica" —así, explícito— "y las demás confesiones".

Ese error constitucional es el que ha propiciado y propicia que la derecha utilice la religión católica como si el artículo 1 de aquel concordato, nunca derogado ni denunciado, fuera el que debe pautar la España actual. Es decir, el problema de fondo viene porque esa Carta no es laica, como la francesa, sino aconfesional. Ahí se agarra desde entonces nuestra derecha para boicotear, sobre todo cuando y donde gobierna, cualquier intento de disminuir o eliminar el papel preponderante de la religión católica en la vida pública de los ciudadanos, boicoteando toda propuesta que intente llevar a esa y a todas las demás religiones al ámbito donde debe estar y del que nunca debe salir: el privado.

Eso nos lleva a presencias con bochorno cómo una consejera divorciada y arrejuntada ––contraviniendo todas las normas de su moral, la católica–– da el mitin a favor de las escuelas católicas y los principios "sacrosantos" que defienden. O como un pío alcalde no pierde ocasión de presumir de su fe católica en actos públicos católicos que alienta y preside olvidando que, según la errónea Constitución, quizá debería igualmente observar el Ramadán, respetar el shabat o negarse a ser transfundido aun en peligro de muerte.

Y como además los cargos aludidos, su partido y las instituciones que gobiernan boicotean premeditada y conscientemente la aplicación de una ley vigente, como es la de Memoria Histórica, no nos podemos extrañar de que llegue el nuncio Fratini haga de su sotana un sayo y meta la pata hasta el corvejón causando un incidente diplomático entre estados soberanos que a nadie interesa y, en puridad, no tiene razón de ser.

Pero, claro, si luego llega una representante de la denostada izquierda radical, se dedica a cantar saetas por las esquinas en ese jueves que le dicen santo y su máximo líder la aplaude en Twitter, pues miel sobre hojuelas… para los católicos y para la derecha. Así nos va. Vale.

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