El tapón del desagüe

¿Cuántas fotos como las de Feijoo duermen en un cajón y pueden aparecer publicadas en cualquier momento? ¿Cuántas cuentas suizas nos faltan por conocer? ¿Cuántos cuadernos de tesorero hay en circulación? ¿Cuántos informes están ultimando las unidades de investigación policial? ¿Cuántos jueces están a punto de abrir un nuevo sumario?

Más de uno dormirá intranquilo haciéndose esas preguntas a diario, y por supuesto no se irá a la cama sin ver las portadas de prensa del día siguiente, por si hay susto. Y si alguna está embargada, toca noche de insomnio.

La velocidad a que se suceden los escándalos supera nuestra capacidad de asimilación. En cualquier momento estallará uno nuevo, hoy mismo, todos esperando a que aparezca el rótulo: “Noticia de última hora”. Y los escándalos ya conocidos tampoco dejan de generar novedades: no acabará esta semana sin que sepamos de otro granuja acogido a la amnistía fiscal, otro comisionista de los ERE, otra tanda de correos de Urdangarín, otra conversación grabada.

Lo que tienen en común todos los casos que vamos conociendo es que no se han producido ahora. Son de hace años, cinco, diez, veinte o más. Fotos que llevan dos décadas esperando; cuentas abiertas hace lustros; delitos que ya rozan la prescripción. Pero es ahora cuando se conocen, todos en tropel, casi sin días libres para desencadenar el próximo.

El sistema se tambalea, y toca liquidación de mercancía vieja, defectuosa, inservible para el nuevo tiempo. No sabemos si es una liquidación por fin de temporada, por traspaso, por cierre o por derribo, pero hay prisa en sacar la basura. La misma prisa que tienen algunos por llevarse lo suyo antes de que sea demasiado tarde: el descaro con que cobran bonus, indemnizaciones y pensiones multimillonarias tras haber dejado ruina a su paso; la desvergüenza con que se blanquean en la amnistía fiscal. Corred, corred, antes de que se acabe.

Puede que bajo la mesa se estén ajustando cuentas que apenas sospechamos, y solo nos llegan las salpicaduras de la refriega. Puede que la manta ya no dé para tapar tanto, y cuando uno tira de un lado destapa por el otro. O tal vez estamos ante una nueva y retorcida versión de la doctrina del shock, para controlar el cambio inevitable y prepararnos el cuerpo a lo que vendrá. O quizás sea que prefieren que nos enfurezcamos por la corrupción antes que por el saqueo (a.k.a. crisis), que últimamente hablamos más de Bárcenas que de los recortes.

Sea lo que sea, la impresión es que alguien ha quitado el tapón del desagüe para que salga todo por el sumidero, pues a eso recuerda el tropel corrupto: al remolino que se forma en el desagüe, donde giran veloces las inmundicias unos segundos antes de caer hacia la cloaca.

Siguiendo la metáfora del desagüe, cabe preguntarse quién era el tapón, quién evitaba que el agua sucia se fuera por el desagüe. ¿Quién era lo suficientemente grande, sólido y sobre todo intocable como para mantener en pie todo este edificio podrido que ahora se viene abajo? ¿Alguien ensalzado precisamente como “garante de la estabilidad”, y cuya caída parece arrastrarlo todo?

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