Trump, el mayor peligro para el mundo
Dice Donald Trump que “no cree en el derecho internacional ni en los tratados, solo en su propia moralidad”. Y que, en caso necesario, sacrificará la OTAN por Groenlandia. Más claro no puede ser. La entrevista concedida a cuatro periodistas del New York Times es una radiografía espeluznante del personaje que trae en jaque a la sociedad internacional. De su ego superlativo y carencia total de escrúpulos. Sigue borracho de poder y convencido de la ley de la fuerza como motor del mundo que adapta a sus intereses. Un punto patético, sin embargo, por la necesidad de reafirmación que padece. Rodeado, a ese fin, de una cuadrilla de indeseables a su nivel de bajeza humana que le halaga con ansias de triunfar en la pugna por sucederle. Trump tiene 80 años.
Y a pesar de estas evidencias, temo que corremos el peligro de ir tras las noticias de impacto tratadas como consumibles de usar y tirar, relegando el germen del mal que todo lo impregna hoy: Donald Trump está destruyendo la democracia y no solo en su país. La democracia y lo mejor que podía dar Estados Unidos, además. Y es un problema para la sociedad internacional el no verlo, no calcular la profundidad de la acometida. No ayuda en absoluto la prensa que padecemos –con grandes excepciones que ustedes conocen por fortuna–. Por ejemplo la versión en portada de El Mundo sobre el ataque a Venezuela sobrecoge en momentos tan graves porque es falso lo que dice, pero quizás explica la ignorancia de lo esencial en la que se han sumido grandes sectores de la sociedad.
Por cierto, mientras la UE se esconde y también buena parte de sus gobiernos –no el español en esta ocasión–, hay opiniones del calado como la del presidente de Alemania, Frank-Walter Steinmeier, socialdemócrata, que a diferencia del canciller Merz, de la CDU democristiana, afirma que “EEUU está destruyendo el orden mundial” y hace un llamamiento para evitar que “una cueva de ladrones sin escrúpulos tomen lo que quieran”. Fuera de la UE, pero no de Europa, el Reino Unido de Starmer prestó apoyo cómplice a Trump para capturar un petrolero ruso en aguas de Islandia. El emplasto es monumental.
Trump no solo ha secuestrado a Nicolás Maduro sino a Venezuela al completo. Piensa “tutelar” el país indefinidamente controlando su petróleo y su sumisión. De entrada, pide entre 30.000 y 50.000 millones de barriles para administrarlos en favor del pueblo americano… y del venezolano. Les prohíbe comprar a nadie que no sea Estados Unidos. Les exige romper relaciones con Rusia y China. Y, por más que los pretendidamente ingenuos de las derechas mundiales intenten creer que le importan en lo más mínimo los derechos humanos y la democracia en Venezuela, Trump no deja de repetir que lo esencial es el petróleo y lo demás puede esperar.
Ayer les enviaba un mensajito a los que dicen esperar algo de él. Pues bien a todos, a todas las derechas también les explica cómo ha saqueado Venezuela en un día y como les dará para que voten a un candidato “al que le guste lo que hacen ellos, él, con el petróleo”. A María Corina Machado le gustará, ya se lo ofreció al hijo un día, y también le va a pedir que acepte el Premio Nobel de la Paz que le dieron. Nada menos. Edmundo González pide que le arregle el asunto... ¡el presidente del gobierno español el empandullo! el que le sacó del país y lo acogió en España.
Le ha gustado su hazaña, presume de ella, nadie hay como él. Y quiere seguir en el empeño. La última amenaza, para México; Cuba es una constante, como Colombia. Aunque durante la entrevista con los periodistas de The New York Times recibió una llamada del presidente Gustavo Petro, conversó con él una hora y volvió contento y más calmado. Insiste con verdadero empecinamiento en quedarse con Groenlandia, por el método que sea. Pásmense que en la derecha española ya hay voces afirmando que no es para tanto entregársela. Así están las cosas. Ese es el temor de la aceptación cómplice, siempre cobarde.
En España sufrimos variantes locales del fascismo trumpista que se guían por su propia voluntad rastrera con tal amparo de la ley que se diría la desprecian, como el propio presidente de los Estados Unidos. Ultraderecha, abuso, engaño, señas de identidad del trumpismo, se están contagiando. Han demostrado que tampoco se puede contar con ellos para defender la democracia. Porque mientras todo esto sucedía, el PP en su conjunto, con su presidente Feijóo y un coro en su cúpula similar en suciedad al de Trump, seguía con aplausos su asalto a Venezuela, contrario al derecho internacional, e insistiendo hasta la náusea en sus ataques al gobierno de España aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid según el tópico al uso. Ayuso pasaba unas largas vacaciones navideñas al otro del Atlántico, con novio incorporado al que no se le ha retirado el pasaporte, y se llegó hasta Argentina para fotografiarse con Milei y pedirle –se dice con ironía– su motosierra por si hace obras en los áticos.
Hazte Oír, apéndice ultra de la derecha, lograba que un juez de los que suelen escucharles abriera diligencias contra el expresidente Zapatero por “tráfico de drogas, blanqueo de capitales y pertenencia a organización criminal” con el régimen de Maduro. Justo cuando se confirma que Zapatero precisamente, junto con el presidente brasileño Lula da Silva, ha sido clave en la liberación de presos políticos en Venezuela. ¿Esto de las denuncias políticas no se iba a acabar? ¿Vamos a seguir esperando que el fascismo lo invada todo para reaccionar cuando ya no haya remedio?
El fascismo termina por corromperlo todo, no en vano fue llamado en su día “la peste parda”. Trump, además de los escándalos más evidentes, ha suprimido la participación de EEUU en 66 organismos internacionales que van desde la protección del medio ambiente o la salud a los derechos humanos; la mitad pertenecen a la ONU y se cuidan –si disponen de fondos– de cooperación y desarrollo, paz, igualdad, violencia contra la infancia o cambio climático, porque todo ello lo considera “contrario a los intereses de Estados Unidos”, hoy son solo el dinero y el poder. Eran algunas cosas por las EEUU merecía la pena. Trump es el elefante que entra en la cristalería rompiendo cuanto encuentra a su paso.
Medio mundo pero en particular la víctima, Estados Unidos, nos quedamos sobrecogidos al ver el asesinato a quemarropa y a sangre fría de una mujer en Minneapolis, Minnesota, dentro de su coche. La ejecutaron miembros del ICE, las fuerzas paramilitares que Trump ha convertido en su milicia particular para perseguir inmigrantes. Pero resultó ser una ciudadana estadounidense, ejemplar para su comunidad, de 37 años y madre de tres hijos, Renee Nicole Good. Cuando allí oyeron al vicepresidente JD Vance decir que lo había merecido porque intentó atropellar a los agentes y múltiples videos mostraban lo contrario, se levantó la indignación que aún perdura. A unos niveles extremos, en verdad.
Hay también reacciones menos violentas, hay un llamamiento internacional para boicotear el Mundial de fútbol a celebrar en Estados Unidos. Que ya da cifras de cancelaciones, aunque sin comprobar.
¿Por cuánto tiempo va mantenerse todo esto? ¿Cuántas víctimas más habrá de los desafueros fascistas de Trump y sus secuaces? ¿Qué más hacen cuando no hay vídeos? De momento se continúan registrando episodios similares.
Algo podrá hacerse, algo tiene que hacerse forzosamente, por supervivencia. En cuanto al suelo patrio, tanta inmundicia llega incluso a aburrir, pero o se ataja de una vez –y van cientos de veces que se pide– o esta mugre nos engulle. Estados Unidos nos tiene invadida ya Europa desde hace décadas. Hay al menos 275 bases con tropas, equipos y armamentos. En cabeza, Alemania con 123. España aloja actualmente dos: la naval de Rota (Cádiz) y la Aérea de Morón (Sevilla). Debe dinero a varios países, a China sobre todo que podría ejecutar la deuda. En lo que los Estados Unidos de Trump ganan a todos es en falta total de escrúpulos.
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