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Cumplimos 18

2018 puede servir para dar la puntilla a los nacionalismos regresivos

América Latina encadenará una serie de cambios presidenciales que podrían desterrar a sus dos líderes más desfasados: Raúl Castro y Nicolás Maduro

Veremos si los europeos y americanos seguimos con ganas de tanto espectáculo ahora que cumplimos 18

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El milenio cumple su mayoría de edad. Y observamos signos de madurez, sobre todo en una Europa y una América que han sufrido unos años especialmente convulsos.

Mientras muchos países emergentes han experimentado una mejora en las condiciones de vida de sus ciudadanos, Europa y América han caído, a raíz de la crisis económica, en diversas formas de infantilismo político. En la periferia de los dos continentes más desarrollados del mundo surgieron populismos nacionalistas, de izquierdas en América y de derechas en el Este de Europa. Con enfoques muy distintos, ambos movimientos han aspirado a poner en jaque los dos puntales fundacionales de Occidente: la democracia y la economía de mercado. Y, en el núcleo de ambos continentes, han triunfado también fórmulas políticas perniciosas, como Trump, el Brexit o la ultraderecha en la Europa del norte.

Pero 2017 sirvió para poner de manifiesto las contradicciones de estas corrientes políticas autodestructivas. Los partidos antisistema han perdido fuelle en casi todas elecciones, como en Holanda o Francia. Y los gobiernos antisistema, como el venezolano, se resquebrajan a pasos agigantados.

2018 puede servir para dar la puntilla a los nacionalismos regresivos. América Latina encadenará una serie de cambios presidenciales que podrían desterrar a sus dos líderes más desfasados: Raúl Castro y Nicolás Maduro. Y, a pesar de sombras como la pujante extrema derecha brasileña, en las carreras para las elecciones presidenciales en México, Colombia, Brasil, Paraguay o Venezuela cobran ventaja los políticos con una agenda reformista, no rupturista. Para los latinoamericanos, la lucha contra la corrupción parece más importante que la lucha contra el capitalismo.

En EEUU, la sombra de Trump es tan alargada que no nos deja ver otros desarrollos políticos más de fondo. Los Demócratas se encaminan hacia lo que podría ser una victoria histórica frente a los Republicanos en las legislativas de otoño, gracias al descrédito de Trump. A estas alturas de su mandato, el presidente más populista es ya el más impopular de la historia americana.

Es una extraña paradoja para quienes creen en el determinismo económico de la política, en que la evolución de la economía decide el porvenir del presidente. La economía de EEUU funciona, pero Trump no. El PIB crece a un ritmo vertiginoso y el desempleo está en mínimos históricos. A pesar de que EEUU sigue sin resolver alguno de sus problemas de fondo, como la galopante desigualdad, la economía americana sigue siendo la más innovadora del planeta.

La razón de esta paradoja es que el presidente de EEUU proyecta mucho más poder del que efectivamente tiene. Los “padres fundadores” de la nación crearon un sistema tan intrincado de pesos y contrapesos pensando en la posibilidad de presidentes como Trump, no como Washington u Obama. El americano es un sistema es capaz de frenar a los autoritarios. Y eso no lo puede decir casi ningún otro sistema presidencialista.

A los “padres fundadores” les debemos esta proeza política: que el político más poderoso del planeta durante ya más de un siglo – el presidente de EEUU – sea, al mismo tiempo, uno de los políticos menos corruptos del mundo. El presidente americano está maniatado, lo cual siempre se ha visto con suspicacia por gran parte de la intelectualidad progresista. Pero, ahora, todos le vemos la ventaja a un sistema en el que un juez de Hawái puede paralizar órdenes ejecutivas.

Es precisamente este control sistémico del presidente, esa sensación de que la política (que emana del ejecutivo) importa poco, la que en parte podría explicar la propia elección de Trump. ¿Habrían votado los americanos a un presidente como Trump sabiendo que éste tendría un gran margen de maniobra para llevar a cabo todos sus planes (incluido el muro con México)? Seguramente no. Es probable que muchos votantes eligieran a Trump conscientes de que el sistema de pesos y contrapesos limitaría cualquier exceso en el que pudiera incurrir.

Posiblemente, muchos votaron a Trump porque era entretenido. Cuando hablamos de la política de entretenimiento nos referimos a que los políticos han convertido la discusión en un espectáculo. Y nos olvidamos de que el entretenimiento no se da sólo en la actuación de los políticos, sino también en la acción de los ciudadanos al ir a votar.

Es una curiosa disonancia en la que caemos los analistas. Por un lado, sospechamos, a raíz de los índices de audiencia televisiva por ejemplo, que los ciudadanos son propensos a consumir productos mediáticos de baja calidad. Que prefieren envites emocionales entre políticos que debates sustantivos. Sin embargo, cuando llega la hora de votar, asumimos que los ciudadanos lo hacen siguiendo un interés racional. Pero es sensato pensar que no hay una diferencia abismal entre la persona que se entretiene en el sofá oyendo los exabruptos de Trump, y las respuestas de sus contrincantes, y la persona que va a votar. Sobre todo, si sabe que, vote lo que vote, su día a día no se verá afectado decisivamente (sólo marginalmente) por quien ocupe la Casa Blanca.

Algo parecido puede haber ocurrido con el auge de los populistas europeos, sobre todo en países donde los gobiernos tienen poco margen de maniobra, dada la fortaleza de las instituciones y los agentes sociales que controlan a los ejecutivos. Pero en general en toda la Unión Europea, cuando existe una percepción generalizada de que los gobiernos mandan poco. Muchos ciudadanos se han inclinado por opciones populistas por convicción, o por desencanto con el “establishment”; pero muchos han podido votar por el puro entretenimiento que los populistas traen a la gris política convencional.

Veremos si los europeos y americanos seguimos con ganas de tanto espectáculo ahora que cumplimos 18.

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