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¿Por qué jugamos a la lotería?

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El 22 de diciembre es uno de esos días en los que viene a la memoria la fantástica película de Harold Ramis “Atrapado en el tiempo”, más conocida como “El día de la marmota” por su título original (Groundhog day). Las noticias sobre los ganadores del sorteo de la lotería que protagonizan la jornada se repiten año tras año con iguales contenidos: imágenes de los afortunados que celebran su suerte saltando, abrazándose y brindando con cava, acompañadas de anécdotas variopintas, como la fortuna de quien compró el décimo en el último minuto o el alivio de quien la suerte salvó del desahucio o la bancarrota.

La alegría no es para menos. La probabilidad de que te toque la lotería es bajísima. Los economistas dirían que la utilidad esperada de jugar es negativa. Y de ahí que se hayan preguntado: entonces ¿por qué jugamos? ¿Somos irracionales apostando por algo en lo que con casi total seguridad acabaremos perdiendo? Para algunos la irracionalidad nace del juego como válvula de escape frente a la frustración. Si apostar se convierte en la última esperanza para superar una situación económica insostenible, no hay cálculo de probabilidades que resista. Los marxistas veían en esa ilusión del juego la mano del capitalismo, y percibían la lotería como un instrumento del poder para hacer creer a  las clases trabajadoras que podían escapar de la pobreza sin hacer la revolución.  

Dada la enorme propensión de los españoles a jugar a la lotería en comparación con otros países, ¿significa esto que somos una sociedad de esperanzados irracionales?  Si es así, lo somos la gran mayoría, pues solo un 22 por ciento dice no participar en el sorteo de la lotería en Navidad[1]. Quienes deciden quedarse fuera lo hacen principalmente siguiendo una lógica de maximización de utilidad: muchos de ellos creen que es tirar el dinero porque nunca les va a tocar.  ¿Qué ocurre entonces con la gran mayoría de ciudadanos que sigue decidiendo apostar, ignorando las probabilidades de ganar?

La respuesta se encuentra en cómo jugamos a la lotería. En España, la gran mayoría de ciudadanos lo hace a través de participaciones con familiares, amigos o compañeros de trabajo, una práctica que está más extendida que en otros países. Según un  excelente artículo escrito sobre esta cuestión por Roberto Garvía,  jugar a la lotería en Navidad en España se ha ido convirtiendo poco a poco en un acto de reafirmación de los lazos sociales interpersonales. Compartir participaciones es una manera de confirmar tu pertenencia al grupo o incluso de preservar el estatus dentro del grupo (para aquellos que regalan participaciones para otros).  Cómo se juega acaba explicando cuánto se juega, pues las participaciones están positivamente asociadas a las ventas de lotería.

Según el estudio de Garvía, las participaciones se extendieron en España a partir del último cuarto del siglo XIX como consecuencia del aumento del precio de las apuestas. Hasta 1861, en España existían dos tipos de loterías: la vieja lotería, en el que por poco dinero se podía apostar a distintos números; y la Lotería Nacional, creada a finales del siglo XVIII y en la que los jugadores no apostaban números sino boletos numerados. La organización de la vieja lotería era nefasta, en parte debido a la centralización del sistema, pues imposibilitaba el registro y control de las apuestas  que se hacían en todas las provincias, lo que hacía más difícil prever las potenciales pérdidas (al no poder limitar el número de apuestas cuando éstas se concentraban en algunos números).

La mala situación de las finanzas del país en esos años, junto con dos sonados premios millonarios que pusieron en cuestión la viabilidad del sistema, resultaron en la abolición de la vieja lotería en 1862 y en una reforma de la Lotería Nacional. Como el gobierno revistió la reforma con un discurso moral (evitar el juego entre las clases trabajadoras más pobres), el precio de las apuestas aumentó. La respuesta de las clases trabajadores fue la creación del sistema de participaciones, lo que acabó teniendo un efecto positivo en la recaudación y contribuyó a que la administración regulara de manera favorable la fragmentación de los boletos. En otros países donde el precio de la apuesta era muy bajo no existieron incentivos al desarrollo de las participaciones (Italia y Austria), mientras que donde era muy alto (Alemania) se desarrolló un mercado negro de participaciones fuera del control de las administraciones.

En definitiva, las restricciones económicas explican el origen de las apuestas colectivas (pues reducen el coste de participar de las clases trabajadores), pero no su difusión posterior, pues a finales del siglo XIX se habían extendido a las clases más pudientes. Las participaciones se fueron transformando de medio para conseguir un fin (jugar a la lotería) a un fin en sí mismo: una manera de cristalizar los vínculos sociales y, entre los más pudientes, de distinguirse dentro del grupo. Ello explica que, a diferencia de otros países como Austria, Italia o Alemania, el desarrollo económico en España y la creación de otras loterías como la ONCE o la quiniela no fueran  acompañados de una disminución de la participación en la lotería, sino todo lo contrario, su extensión y consolidación como una forma de interacción social.  

Finalmente, ¿significa todo ello que nuestra participación colectiva en el sorteo de la lotería carece de cierta lógica económica racional? No del todo. Primero, porque alguien que diversifica  sus euros en distintas participaciones tiene una mayor probabilidad de ganar el premio. Segundo, porque no elegimos jugar con cualquiera. Existe ciertos riesgos cuando el premio se comparte, y prevenir los abusos dentro del grupo es costoso (establecer sanciones o, en caso de que se produzcan abusos, costes legales). Por eso cuando participamos en la lotería lo hacemos principalmente con familiares y amigos. En estos casos, la confianza interpersonal funciona como un mecanismo disuasorio del oportunismo.



[1] Datos del CIS 2824.

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