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Jueces insaculados

Cuando los vocales del CGPJ no han seguido a pies juntillas las indicaciones partidistas para el nombramiento de altos cargos judiciales, se han decantado en muchos casos por el nepotismo interno, los favores debidos, los amiguismos y las redes clientelares de las propias asociaciones y personales

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El presidente del Supremo, Carlos Lesmes, se dirige a Luis Díez Picazo en el acto de su toma de posesión como presidente de la Sala de lo Contencioso-Administrativo

El presidente del Supremo, Carlos Lesmes, se dirige a Luis Díez Picazo en el acto de su toma de posesión como presidente de la Sala de lo Contencioso-Administrativo Ángel Díaz/EFE

“¿Por qué esta insistencia en que es necesario para cualquier A.A. haber tocado fondo? (...) porque implica la adopción de acciones y actitudes que, si no, no podría ni soñar en aceptar”

Doce Pasos, Doce Tradiciones

Sacar de las crisis propuestas y soluciones es un aserto que han vendido todos los gurús del desarrollo personal que han sido y serán. No obstante tiene un poso de verdad íntima y filosófica. Los espabilados que se forran con estas cosas, no han hecho otra cosa que traducir enseñanzas milenarias. El gran yerro del presidente de la Sala Tercera del Tribunal Supremo -me salía la gran cagada, pero ya saben que no somos de mal hablar- además de desatar la indignación y la ira de la sociedad ha tenido, sin duda, una vertiente positiva que no debemos desestimar. La constatación de la falta de capacidad de Díez-Picazo - otro de los amigos de Lesmes- para manejar una sala tan grande, compleja y relevante como la Sala Tercera ha constituido para gran parte de la carrera judicial el equivalente al “tocar fondo” que reclaman los programas de rehabilitación de adictos. Ha llevado tan abajo y de forma tan clara el prestigio y la credibilidad del Tribunal Supremo que ya no permite mantener los ojos cerrados por más tiempo: la situación de descrédito es insostenible.

La constatación del desastre a que el nepotismo, la politización y la avaricia de poder ha arrastrado a la cúpula del Poder Judicial y a los grandes tribunales ha forzado a voces de la judicatura a hacerse oír exigiendo tanto la dimisión del presidente fallido como la limpieza en la elección de los altos cargos judiciales. Esta necesidad última, en la que no creo que haya más voces disidentes que las de aquellos que se benefician de un sistema podrido, se concreta mayoritariamente en la vuelta a la elección de los 12 vocales judiciales del Consejo General del Poder Judicial por parte de los propios jueces. Este casi mantra, que varios partidos y ministros han compartido en la oposición y han olvidado en el poder, está recogido también en las recomendaciones del Grupo de Estados contra la Corrupción (GRECO). La corrupción toma diversas formas y no es honesto obviar que el Poder Judicial está siendo corrompido desde hace años de forma indirecta pero eficaz.

Es honesto y necesario pues quebrar esa tendencia y evitar que la credibilidad de la Justicia, y por ende de nuestro Estado de Derecho, se vaya por un precipicio, pero no está tan claro, al menos yo no lo tengo, que esa solución aparentemente sencilla de volver a la interpretación literal del precepto constitucional, previa al primer manoseo socialista, sea la panacea que buscamos. Precisamente si algo nos ha dejado claro el episodio de la tragicomedia de la Sala Tercera al que asistimos estos días es que el mamoneo entre jueces, el nepotismo, el amiguismo, las redes clientelares de togados que están aupando a las plazas relevantes no a los más válidos sino a los más próximos a quien manda tampoco funcionan nada bien. En estas condiciones no sé yo si proponer que los jueces elijan a quienes han de gobernarles y a la vez a quienes han de nombrarles solucionaría el problema o nos lo volvería a complicar. Porque lo que está en el Tribunal Supremo, desengáñense, no se explica simplemente repitiendo el lema de la politización y devoción partidista de unos u otros magistrados. No, no es un tema simplificable en conservadores o progresistas, nombrados por estos o por los otros, que también. El problema intrínseco va más allá y tiene que ver con las redes de poder y de amiguismo montadas dentro de la propia carrera judicial. Quizá esto explicaría también por qué hay muchas menos mujeres en ciertos puestos, pero este es otro tema.

La línea decadente de la independencia de las cúpulas judiciales tuvo un punto de inflexión en el CGPJ anterior. Ya venía precedido por otro, el de Hernando, en el que dos bloques de la APM y JpD estaban férreamente comandados y respondían con bastante éxito a las expectativas de Génova y de Ferraz. Me refiero al momento en el que Margarita Robles y Manuel Almenar -cada uno representando a su grupo- comenzaron a pactar nombramientos sin tener en consideración las preferencias de los partidos que los habían aupado. Esa situación sacó de sus casillas al ministro Gallardón que, ni corto ni perezoso, cortó por lo sano y se sacó de la manga una reforma que dejó en jaque al CGPJ y lo redujo a un presidente, elegido eso sí a gusto del PP, y a una camarilla de dóciles que, no en vano, eran los únicos en cobrar el gran sueldo íntegro y en enterarse algo de lo que sucedía allí. Y en esas estamos.

El resumen es que cuando los vocales del CGPJ no han seguido a pies juntillas las indicaciones partidistas para el nombramiento de altos cargos judiciales, se han decantado en muchos casos por el nepotismo interno, los favores debidos, los amiguismos y las redes clientelares de las propias asociaciones y personales. Los jueces cuando tratan sobre asuntos que les atañen tampoco son especialmente independientes de ellos mismos. Así tenemos cómo la Asociación Profesional de la Magistratura no ha dicho ni mu sobre el tenebroso caso de la plaza de fiscal para la hija de Marchena -que implica a varios de sus asociados- o cómo Jueces y Juezas para la Democracia ha tenido el cuajo de salir a defender al juez de Violencia de Género que llama bichas y japutas a las justiciables. Indecente. No, hay mucha gente que cree que la solución para limpiar el Poder Judicial no es tan simple como que los jueces se voten entre ellos. Luego surge el Clan de Segovia o el Clan de San Sebastián o el Grupo de Amigos de Lesmes (GAL), en una broma interna, o el del otro... y así hasta varias familias de jueces de diferente sensibilidad pero unidos por unos lazos de lealtad que son muy difíciles de seguir si no se está muy dentro.

Por eso es imprescindible recuperar la limpieza y la dignidad del Poder Judicial y asegurarnos de que las personas más válidas están en su cúpula y no, como pasa en muchos casos, huidas a la abogacía a ganar dinero después de haberse formado con el nuestro, ante la constatación de que si no eres del bando adecuado no te van a dar ni agua. Como me decía un catedrático ayer: “me preocupan más los muy buenos que se quedan fuera sin ninguna posibilidad de entrar que los mediocres que sí lo consiguen”. A mí, en concreto, como ciudadana me duelen ambos casos.

Hay pues que avanzar algo más en la búsqueda de soluciones. Se han escrito interesantes estudios sobre el establecimiento de baremos objetivos e, incluso, se ha apuntado a la insaculación de los que los superen para introducir el elemento del azar en la última fase y evitar así la posibilidad de los canjes de cromos o de los candidatos de unos u otros. Es cierto que algunos buenos se quedarían fuera pero, al menos, sabríamos que nadie tiene en su mano exclusiva meter a los que desea. La reivindicación machacona de las asociaciones judiciales para que sean los propios jueces los electores, al menos en mi opinión, se ha quedado pequeña y obsoleta. No queremos tampoco jueces eligiendo entre los suyos. Es un sistema que también parece harto peligroso. Cambiar la politización por el amiguismo o los clanes no parecer solución.

La necesidad es evidente e inmediata pero la salida es compleja y precisa de propuestas conjuntas, novedosas y eficaces más allá de creencias ingenuas o no tanto. La ventaja de Díaz-Picazo es que ha dejado al desnudo lo que muchos llevamos tiempo denunciando. Esperemos que ahora no le echen encima cualquier trapito para tapar las vergüenzas y poder seguir como si tal cosa porque dudo que nuestra democracia se lo pueda permitir.

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