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Un lugar para la memoria: el Museo Íbero de Jaén y la historia de miles de presos políticos  

El nuevo museo abierto la semana pasada se ha construido en el terreno donde se encontraba la antigua prisión provincial

La antigua cárcel de Jaén vivió lo años más convulsos de la II República, la Guerra Civil, la dictadura y la democracia hasta 1994

En 1941 llego a albergar a alrededor de 4.000 presos cuando tenía capacidad para 150

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Antigua prisión provincial de Jaén/Asociación Amigos de los Iberos

Antigua prisión provincial de Jaén Asociación Amigos de los Iberos

El 11 de diciembre, la presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz, anunciaba durante la inauguración del Museo Íbero de Jaén que el edificio albergaría una sala dedicada a la memoria histórica. Un compromiso que parte del lugar donde se ha construido el nuevo museo, unos terrenos que albergaron durante sesenta años la prisión provincial de Jaén.

Ese lugar era en 1926 una zona de huertos, a las afueras de la ciudad, que el Ayuntamiento de Jaén había comprado para construir el nuevo Cuartel de Infantería. Era la época del reinado de Alfonso XIII, y la zona era conocida como “La Moriana” o “Marroquíes altos”. A un kilómetro del centro urbano, se encontraba junto a una fábrica de Esencias y Colonias (Florpe, SA), un molino de aceite, algunos huertos y el camino de la estación que conducía al ferrocarril.

A los servicios de arquitectura del Ministerio de Gracia y Justicia que visitaron ese año los terrenos les pareció el lugar indicado para construir la que sería primera prisión provincial de Jaén construida exprofeso para albergar a reclusos, ya que las existentes hasta el momento habían sido antiguos edificios habilitados para ello. Ni siquiera existía acometida de alcantarillado en el lugar, obras que se comprometió a costear el ayuntamiento.

Las obras se realizaron entre 1928 y 1931, fundamentalmente con piedra, hierro y madera, bajo la supervisión del arquitecto del ministerio Agustí Helguero. A su terminación fue uno de los pocos edificios que en los años treinta contaba en Jaén con agua caliente. Construida en forma de cruz, con cuatro patios, contaba con 28 celdas normales de 9,9 metros cuadrados, ocho celdas de castigo de 9,7 metros cuadrados, y siete dormitorios colectivos.

El edificio se inauguró a las nueve de la mañana del 8 de agosto de 1932, aunque los presos habían sido trasladados en el verano de 1931, ya que la cárcel vieja (un exconvento del siglo XVII) estaba en ruinas con chinches y piojos.

Empezaba así la historia de un edificio que vivió, seis años de gobierno republicano (incluidos los de la guerra civil), dos años de gobierno conservador, 34 años de dictadura y 13 de democracia, hasta que en 1994 fue abandonada y en 2006 derruida para construir el nuevo museo. Fue morada de miles de represaliados, primero conservadores y después en mayor medida republicanos, incluso acogió presos de ETA, todo ello según cuenta Luis Miguel  Sánchez Tostado en su libro ‘Historia de las prisiones en la provincia de Jaén’.

Con capacidad para 150 presos, en 1934 la prisión alberga solo 23. Al año siguiente durante el bienio conservador, llamado “bienio negro” por las izquierdas republicanas, paso a tener 700 reclusos debido a la gran cantidad de disturbios que se produjeron durante ese periodo.

Los 'trenes de la muerte'

En los primeros días del levantamiento militar de julio de 1936 la prisión se llenó de políticos, falangistas, miembros del clero, propietarios de tierras y terratenientes de reconocida tendencia conservadora, pasando en unos días a tener un millar de presos. En ese año se vivió uno de los momentos trágicos con la muerte de dos disparos en uno de los patios del jefe de servicios de la prisión, que después fue abandonado por un olivar, posiblemente por funcionarios de la misma, según Sánchez Tostado.

De esa cárcel (también de la habilitada en los bajos de la Catedral), salieron los dos trenes, llamados de la muerte, con 565 presos en dirección a la cárcel de Alcalá de Henares (Madrid) ante el miedo de que fuese asaltada. El primer tren llegó a su destino aunque en Atocha murieron 11 personas y hubo un centenar de heridos por el asalto de una multitud. El segundo tren nunca llegó, de los 245 presos se salvaron medio centenar, después de que en la zona conocida como el Pozo del Tío Raimundo en Vallecas (Madrid), una muchedumbre impidió el paso del vagón que fue ametrallado, entre ellos murió el entonces obispo de Jaén.

Otro episodio de esa época tuvo lugar tras el bombardeo de Jaén por los franquistas que ocasionó la muerte de más de 155 personas, sobre todo mujeres y niños. Como represalia hubo orden de en la prisión de seleccionar a decenas de presos que fueron asesinados.

Sin embargo, fue tras la guerra cuando se vivieron los episodios más oscuros de este edificio. En 1940 a la prisión llegaron los condenados con penas de reclusión mayor y de muerte. Entre 1939 y 1941 se ejecutaron a más de 700 presos que salieron de sus muros hacia el cementerio de San Eufrasio.

Y es también en 1941 cuando alcanzó sus cotas de hacinamiento máximo con unos 4.000 reclusos, superando en unas cincuenta veces su capacidad. En los dormitorios para 15 personas convivían entre 80 o 90, en las celdas individuales una decena, que dormían sentados contra la pared. En cada patio (había cuatro), se alojaban entre 700 u 800 reclusos, que se guarecían bajo tenderetes o tiendas improvisadas con mantas. Cuando llovía podían entrar en los pasillos, entonces era imposible andar por el edificio sin pisar a alguien. Los que estaban en las escaleras se ataban a las barandillas para no caer cuando se dormían.

Además del hacinamiento, se vivía la desnutrición a causa del hambre y las enfermedades, como los problemas infecciosos, gastrointestinales, problemas respiratorios o renales. Entre 1931 y 1949 murieron en las prisiones de Jaén 360 reclusos por algunas de estas causas. También hubo suicidios, algunos sospechosos, como uno colectivo de tres personas colgadas.

En esa prisión estuvo, según el libro de Sánchez Tostado, el pintor Rafael Zabaleta, el propio exdirector de la cárcel, el diputado Peris Caruana, el alcalde Campos Carabá o médicos socialistas como Federico del Castillo o Antonio Casero.

Un sangriento intento de fuga

Uno de los días más tristes y sangrientos se produjo el 24 de septiembre de 1941, festividad de la Merced, patrona de las prisiones, cuando fueron fusilados cinco cabecillas de un intento de fuga en el patio de la cárcel ante un grupo de presos, y después se obligó a desfilar al resto ante los cuerpos. Los disparos todavía podían verse en los muros de la prisión muchos años después, antes de ser derruida. Estas fueron las únicas ejecuciones oficiales en el interior de la prisión.

A los siguientes años se fue reduciendo el número de reclusos, aunque la prisión de Jaén siempre tuvo fama de albergar numerosos presos políticos, que se unían en “comunas”, con sus normas específicas, especialmente a partir de los años cincuenta, como las del PSOE, PC, los anarquistas o la CNT. Posteriormente, también habría comunas de grupos terroristas como los GRAPO, FRAP o ETA.

En diciembre de 1968 se produjo el primer plante de presos políticos negándose a levantarse del comedor. En esos años llegaron hasta la prisión provincial presos políticos que habían ocasionados incidentes en otras cárceles y en 1974, 46 internos se declaran en huelga de hambre durante un mes.

Es a partir de los años setenta cuando se empieza a pedir un traslado de la prisión que se había quedado ya en una de las zonas más características de la ciudad, junto a colegios y mucho paso de gente.

Con la muerte de Franco y la amnistía de 1977 la población reclusa pasó de 94 a 43 internos. Es en ese año cuando se produce otro hecho destacado con el motín del 2 de noviembre, en el que participaron 52 de los 64 reclusos. Quemaron algunas de las dependencias, se atrincheraron con colchones y muebles y una veintena se subió al tejado pidiendo amnistía para todos los presos. Todo terminó de madrugada con la actuación de antidisturbios y los bomberos, pero en la hemeroteca, impresiona la foto publicada en Diario Jaén con la imagen de la prisión ardiendo.

En los años ochenta se produjeron secuestros, asesinato de otros presos, huelgas de hambre como la del recluso que se cosió la boca para no comer, e incluso intentos de fuga, como el de tres presos que días después asesinaron a un matrimonio en Úbeda y protagonizaron un tiroteo en Granada.

Objeto de deseo

En 1991 se inaugura la nueva prisión provincial y el antiguo edificio se mantiene en funcionamiento para internamiento de reclusos en régimen abierto hasta 1994 cuando se levanta acta de desafectación. El edificio es abandonado y objeto de deseo al encontrarse en una zona céntrica de la ciudad. Así en 1995 corre la noticia de que los terrenos saldrían a subasta pública y la Diputación acuerda solicitar la reversión de la totalid ad de los terrenos interponiendo reclamación previa ante la Dirección General de Instituciones Penitenciarias. Ante la falta de respuesta se inicia judicialmente una acción de revocación de donación, que tras pasar por los juzgados de Jaén llega en recurso de casación hasta el Tribunal Supremo.

Mientras se produce la lucha política. Hubo acuerdo de todos los partidos políticos para pedir la reversión y que se utilizasen los terrenos para fines culturales o sociales de la ciudad. También hubo enfrentamientos entre partidos y administraciones, dependiendo de quién gobernara en cada una de ellas. Y en noviembre de 1992 se constituye la Iniciativa Ciudadana por la Recuperación de la Cárcel, que organiza el 12 de marzo de 1993, la marcha de las antorchas, en la que unos cientos de personas rodean el edificio. En 1997 se crea la Asociación Amigos de los Iberos, que con su presidenta Pilar Palazón, a la cabeza se une en esa lucha hasta conseguir que se apruebe la instalación de un Museo Ibérico en la antigua prisión.

Los muros de este edificio no aguantaron el embate del tiempo y de las obras del aparcamiento subterráneo contiguo y tuvieron que derruirla en 2006. De ella se rescataron algunos objetos simbólicos, como una veleta, unas rejas, alguna cerámica o las garitas.

Once años después de que la prisión se viniese abajo ha abierto sus puertas un museo único que dará a conocer la cultura íbera. En sus dos primeros días lo han visitado más de 1.500 personas pero no todos conocen las miles de historias que se vivieron en esos más de 11.000 metros cuadrados ahora en pleno centro de Jaén.

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