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"Los nuevos partidos ya no anticipan escenarios de futuro"

El consultor llama a los poderes públicos a impulsar la lógica colaborativa y estimular la creatividad de la primera generación pos-Erasmus

"Las instituciones podrían hacernos un último favor a los ciudadanos antes de ser completamente desbordadas por las grandes corporaciones"

"Si en lugar de situarse por encima para protegernos, las Administraciones se pusieran a nuestro lado para apoyarnos, habría una revolución"

Javi Creus, fundador de Ideas for Change. FOTO: ANDREA BOSCH

Javi Creus, fundador de Ideas for Change. Foto: ANDREA BOSCH

Javi Creus, fundador de Ideas for Change, es uno de los expertos más destacados en la economía colaborativa, la innovación ciudadana y los modelos de negocio abiertos y entre pares (iguales). Es un nuevo —y a veces no tan nuevo— mundo, donde jóvenes de distintos países colaboran de forma virtual con sus diseños, algunas comunidades imaginan nuevas maneras de compartir espacios en los que trabajar y vivir, fotógrafos de todo el mundo crean una ingente base de imágenes, los usuarios intercambian, venden o alquilan sus cosas; se puede aprender en red, la ciudadanía construye infraestructuras comunes y abiertas y hay plataformas digitales que se hacen de oro. Creus, autor del informe Pentagrowth: las cinco palancas del crecimiento exponencial y coautor de No somos hormigas, aborda en esta entrevista cómo abrir paso a lo que él denomina “primera generación pos-Erasmus”.

¿Qué tiene en común esa generación?

Es como una tribu: viven en Berlín, estudiaron en París y tienen una pareja en Barcelona con una naturalidad pasmosa. Son los primeros nativos europeos, son germen de una ciudadanía europea consciente. Nos sorprende que chavales de veinticinco o treinta años puedan conseguir dinero y lograr permisos para operar en un espacio público. Pero Marc Zuckelberg tiene veinte años, monta Facebook y lo encontramos normal. ¿Qué ocurre si tienes veinte años, tienes la misma capacidad de Zuckelberg pero tus intereses son otros? Pues participas de movimientos colaborativos. Tienen lazos muy laxos y poco que ver entre ellos, pero sí cierto sentido de pertenencia y apoyo mutuo. Y las ganas de inventar cosas nuevas. 

¿Qué papel corresponde a las autoridades públicas ante el auge de la economía colaborativa, según usted?

Las instituciones podrían hacernos un último favor a los ciudadanos antes de ser completamente desbordadas por las grandes corporaciones que dominan cada vez más el panorama. Podrían ponerse de verdad como aliadas de los ciudadanos, ponerse a su servicio. En la actitud de las administraciones veo pataleo por sobrevivir y resistencias al cambio. Las ciudades, por ejemplo, tratan a los ciudadanos como administrados, no como aliados e iguales. 

¿Ve resistencia de las autoridades a implantar nuevos modelos colaborativos?

No veo tanto resistencia a su implantación como un intento de apropiación de esa fuerza ciudadana. Como alternativa a las grandes corporaciones que impulsan negocios colaborativos, las administraciones responden con una tendencia a la apropiación. Quieren convertir toda esa energía en acervo público, gestionarla desde el sector público. Y estamos perdiendo un tiempo precioso. Si en lugar de situarse por encima para protegernos se pusieran a nuestro lado para apoyarnos, habría una revolución.

¿Hasta qué punto los poderes públicos no deben proteger a los ciudadanos del impacto de una revolución?

Lo público está sometido a rigideces que lo alejan de la realidad. Por ejemplo, los políticos hablan de ciclos de cuatro años para acometer transformaciones que pueden durar cuarenta. Les falta visión.

Nadie discute la gran oportunidad que las plataformas digitales ofrecen para la ciudadanía consumidora, pero desde un punto de vista laboral, su propuesta es discutible en cuestión de derechos. 

Es que hablar de empleos... Sólo puedo tomar en serio a partidos que ya no se dediquen a prometer empleos. El problema es que ya llevamos tiempo sin ellos. La tasa de empleo en España nunca ha sido muy elevada. Se ha mantenido por la incorporación de las mujeres al mercado laboral. Nuestro modelo productivo se basa en la construcción y el turismo, y es una falacia que haya otro modelo productivo en el horizonte. Por cada contrato a jornada completa indefinido que se firma, hay 30 contratos en prácticas parciales. Así que es mentira.

¿Qué es mentira?

Es mentira que haya empleos. Seguimos pensando, además, que el único ingreso legítimo puede venir del empleo. Pero ya hoy, un 20% de la sociedad vive de renta. Y otro 20% vive de servicios sociales, incluidos los niños, con sus necesidades. Los empleos que se crearán mayoritariamente no se corresponderán con la modalidad del contrato a tiempo completo y de por vida, el equivalente a la familia tradicional de papá y mamá con dos niños como dos soles. No estoy diciendo que no se genere ninguno. Tal vez en el futuro el 40% del mercado laboral corresponda a esa tipología, pero ya no será el modelo. Me encantaría que nuestros políticos hicieran una reflexión más allá, que dijeran: “Vamos a garantizar ingresos para todo el mundo y además, reconoceremos la contribución de cada ciudadano a la sociedad”. 

Entiendo que habla de una renta básica, pero ¿me explica lo del reconocimiento?

Existen ya hoy universidades que conceden créditos a estudiantes que mejoran los contenidos de Wikipedia en el aspecto médico. Porque la mayoría de la gente, antes de ir al médico, consulta Wikipedia sobre numerosas dolencias. Así que el valor para la comunidad médica de que los contenidos de lo que la gente encuentre allí sean de calidad es muy elevado. ¿Por qué no se podría retribuir a los ciudadanos que ayudan a mejorar nuestras infraestructuras ciudadanas? Los poderes públicos tienen, si quieren, capacidad de anticipación. Pueden apoyar a los ciudadanos ayudándolos a tener infraestructuras civiles. Un año de Wikipedia cuesta 40 millones de euros. Salvar a los bancos, mucho más que 40.000 millones. Financiaríamos un montón de wikipedias. Las infraestructuras ciudadanas son más baratas que las estaciones inútiles de trenes de alta velocidad.

Habla de dar un vuelco al modo en el que medimos nuestra aportación a la sociedad y a la economía.

Ya conocemos los límites del producto interior bruto (PIB). Acompañamos a nuestra madre a alguna parte, y el PIB aguanta plano. Pero contratas a alguien para que lo haga, y el PIB sube. ¿Qué estamos midiendo? Pueden ponerse en marcha líneas nuevas mientras existen las viejas. Por parte de la Administración, me refiero. Por ejemplo, ¿por qué no podemos tener una línea de la declaración de la renta actual más una línea para la renta universal básica, aunque sea de un euro por cabeza? ¿Por qué no mantenemos la contabilidad de las empresas que tenemos, pero le añadimos otras líneas que permitan la incorporación de cambios, que tengan en cuenta otras cosas? Se trata de ir avanzando. La Administración tiene una oportunidad buenísima para servir a los ciudadanos. Puede recurrir a toda la gente que está inmersa en proyectos colaborativos, que además suele tener buen nivel de formación y confianza en sí misma, y ponerla a ayudar a quien lo necesite.

No parece tan fácil legislar.

Desde luego no lo es, pero tampoco es suficiente legislar para contener en vez de aprovechar las nuevas oportunidades.

Airbnb, por ejemplo, es un problemón.

No es fácil poner trabas a un Airbnb porque no puedes negarle a la gente que ponga en valor lo que tiene. Airbnb es fácilmente escalable porque el que prueba el ascensor no vuelve a subir por las escaleras. Transformar de abajo arriba en cada sitio depende de lo que hay abajo. Deberían tratarnos como adultos y decirnos cuál es el plan a largo plazo. ¿Que se recupere el automóvil porque el coste de la mano de obra es 40 en Alemania, 20 en España y 8 en África? ¿Eso vale para cinco años? ¿Y luego? 

Toda gran transición tecnológica ha sido compleja. Ésta, además, es global.

Claro, pero es que el momento actual es único. Juntando lo que todos conocemos, podemos dar servicio de conocimiento a 500 millones de personas cada mes. Modelizando en paralelo en hardware abierto en lugares distintos del mundo podemos llegar a hacer una mano protésica en cualquier lugar del planeta a un coste ridículo y a medida.

Eso tiene consecuencias de cara a una relocalización, ¿no?

Sí, desde luego. Pero lo importante no es eso. La clave es la energía nueva que este nuevo mundo nos da. Si canalizamos esa energía, habrá transformación. Si nos resistimos o nos limitamos a registrarla para que entre en nuestro perímetro conocido, nos la estamos perdiendo.

¿Y no puede canalizarse sin renunciar a derechos que hemos tardado siglos en conseguir garantizar? Aunque tengamos que innovar sobre cómo protegerlos.

Veamos los tres derechos fundamentales que recogen nuestras constituciones. Podemos empezar por la propiedad. Nuestras constituciones establecen un pacto entre propietarios. Ese derecho tiene su accidente: la concentración de propiedades y riqueza, y una consecuencia, que es la desigualdad. Sin embargo, tenemos una respuesta posible: el acceso. Ya no necesitamos tener una colección de elepés o una enciclopedia física en el salón. Tomemos un segundo derecho fundamental: el derecho al trabajo. También tiene su accidente: el paro. Pero tiene su respuesta posible, su complemento: un ingreso básico universal. Necesitamos ingresos, no trabajos. Así que preocupémonos de cada cosa por separado. Preocupémonos de la necesidad de lograr ingresos y de la capacidad de contribución de la gente. ¿De verdad cree que la gente no va a hacer nada con su tiempo libre? No podemos vivir bajo la sospecha de que somos perezosos o egoístas por naturaleza. Tercera pata del sistema: la representación. De nuevo, tiene un accidente: en Francia, por ejemplo, el 78% de los jóvenes no votaron en la segunda vuelta de las últimas elecciones. ¡El 78%! En una época en la que tenemos toda clase de medios para participar. Podríamos elegir quién queremos que nos represente en Economía, en Sanidad... en todo. 

Hablando de representantes políticos, ¿cómo vive la crisis catalana?

Mi lectura personal es que el movimiento independentista y el 15M son dos expresiones, diferentes y complementarias, de que los ciudadanos queremos escribir una nueva constitución. En Catalunya, en España o en Europa. Dije: ¿un país nuevo? Empecemos a escribir una nueva constitución. Una constitución de nueva generación. Hay nuevos derechos fundamentales que no están recogidos: la propiedad de los datos, el derecho a la producción de energía, el derecho a la privacidad, el derecho a conocer cómo están programados los algoritmos que determinan la propia vida.  

En su cabeza parece vivir muy lejos.

La cuestión es cómo nos organizamos. En Alemania hay sociedades de 60.000 autónomos que te hacen de caja de pensiones. Una persona sola no va a ningún lado, no tiene velocidad de aprendizaje. Pero grupos de gente con la que te reconoces profesionalmente y con la que puedes cruzar riesgos van lejos. Pero es muy difícil resolver si no nos quitamos la venda de los ojos y decimos: estas constituciones casi preindustriales, empujadas por los que querían acabar con los gremios, han estado muy bien, nos han servido hasta aquí. Pero ahora todo va a cambiar. No sé cuándo, pero llegará. Cuando algo cae por su propio peso, no hace falta ni que compita. Linux no se molestó en competir. Wikipedia no compite contra la Enciclopedia británica. Cuando algo es mejor, disuelve lo que hay y lo recicla.

Todo el sistema de protección se basa en el trabajo. Si el trabajo cambia, todo el sistema se cae.

Efectivamente, si el trabajo, que es el centro del sistema social, cambia, cambia todo. Por eso nos hace falta una reflexión general sobre un nuevo escenario. Una conversación nueva y prioridades nuevas. No podemos competir en costes de trabajo y ser el segundo país con la energía más cara de Europa.

Las patronales suelen centrar los problemas en los costes laborales.

Pues creo que el plan España debería consistir en cambiar deuda pública por futuros de energía solar. La deuda pública nos pertenece a todos. Aunque unos hayan podido parar con leyes unos años [por el recorte de las primas a las energías renovables y la penalización del autoconsumo], no nos pueden parar. Lo interesante sería prometer que, en quince años, podemos iluminar Estocolmo con energías limpias. 

¿Le decepcionan los nuevos partidos?

Admiro a los movimientos ciudadanos capaces de gobernar grandes ciudades y obtener las mejores puntuaciones de los ciudadanos. Los nuevos partidos se han visto envueltos en guerras de poder y conveniencias electorales. Ya no anticipan nuevos escenarios. Veo una generación de mayores acomodados. Muchos son propietarios, tienen derecho a pensiones dignas y votan para proteger sus derechos. En cambio, hoy ser joven es políticamente irrelevante. Muchos jóvenes no votan porque no se creen la partida. También son irrelevantes desde un punto de vista laboral: tienen que arrodillarse 30 veces para conseguir un empleo. Y ya no digamos desde un punto de vista económico, por los bajos ingresos. Un lugar con jóvenes sin futuro es un lugar sin futuro.

¡Necesitaríamos otra Transición!

En épocas de transición es muy valioso el tipo de configuración de ciudades y la malla de lealtades personales con la familia y amigos que hay en este país. La ventaja competitiva de la sociedad española es su plasticidad social. Es brutal el cambio social de valores habido desde la muerte de Franco sobre la autoridad, el dinero, el divorcio... La Transición siempre digo que se hizo en las peluquerías. Las madres decían que estaban en contra del aborto y del divorcio, pero tenían hijos e hijas y luego los ponían como ejemplo. Daba igual si estaban divorciados. También hemos sido capaces de acoger en poco tiempo y sin tensión al 10% de población inmigrante. Eso nos hace tan grandes que no sé por qué hay que competir en nimiedades.

¿Qué regularía primero de la economía colaborativa?

Donde primero lo haría sería en la educación y en la sanidad. Recortamos los costes por dos y multiplicamos los servicios por dos.

¿Cómo se hace eso?

Hay muchas capacidades del sistema que, mutualizadas, dan más de sí. Pensemos en el instrumental médico muy caro, que cuando no se utiliza puede alquilarse. O en la atención a los ciudadanos que la requieran de manera crónica, que no se resuelve tanto con dinero, sino con otra dinámica social y urbanística. O construir la infraestructura cívica para el gobierno de los datos personales en favor de la investigación y el impacto en el bienestar. 

¿No tenemos mayor garantía si los datos son de la Administración?

En Catalunya, al final el nuevo proyecto PADRIS prevé que sean los centros de investigación sin ánimo de lucro y los vinculados a las universidades públicas los que puedan acceder a datos sanitarios, y a reutilizarlos, con el objetivo de investigar. Pero los ciudadanos podemos tener datos públicos, datos privados, personales, para la investigación pública, para la privada. Los derechos son nuestros. 

¿Pero los controlará una empresa?

Los datos son nuestros, y por lo tanto dependen de nosotros. Podemos controlarlos cada uno, con mucha libertad y poca influencia. Podemos cederlos a empresas o instituciones si tenemos confianza suficiente. También podemos gobernarlos nosotros. 

Usted promueve una cooperativa de datos de salud. ¿Para qué? 

Saluscoop.org es una cooperativa ciudadana de datos de salud para la investigación. Ya la hemos constituido y vamos a desarrollar el primer piloto ayudando a un grupo de vecinos a demostrar los efectos del ruido en su salud.

¿Las ciudades son el mejor lugar para impulsar la economía colaborativa?

La lógica dice que para que se produzca una cooperación entre ciudadanos a fin de construir infraestructuras nuevas es mejor que se den en lugares densos y emergentes como son las ciudades. La escala local es un lugar donde resulta más fácil que prenda la chispa. 

¿La idea es que las ciudades que organizan comunidades colaboren entre sí en proyectos? 

Para empezar, nadie tiene que organizar a las comunidades. Éstas se organizan solas. Lo que no sabemos es hasta qué punto es escalable un sistema de ciudades operativo y abierto, o si únicamente son replicables algunas experiencias. 

¿Hasta qué punto la tecnología ayuda a transformar una ciudad?

Si en una ciudad inventamos un proceso y lo documentamos en un vídeo, éste puede servir para otros lugares. Igual puede ayudar a ahorrar la inversión de diez días de formación. Es una ventaja. El tiempo de la tecnología puede acortarse. En cambio, el tiempo social no te lo ahorra nadie. El tiempo para la transformación de una plaza o de un barrio es un tiempo social, tarda lo que se tarde en hacer esa mayonesa. Exige acción local.

[Esta entrevista ha sido publicada en el número de diciembre de la revista Alternativas Económicas. Ayúdanos a sostener este proyecto de periodismo independiente con una suscripción]

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