Día 32 en estado de alarma: música (más allá de 'Resistiré')
Más lo siento yo por mis vecinos, pero la cuarentena me ha pillado con un piano, dos guitarras, un ukelele, una armónica y todo el tiempo libre del mundo. Y no, por si hay dudas no soy James Rhodes, ni Tracy Chapman ni Van Morrison. La suerte de los que amamos la música, aunque la torturemos sin que haya hecho nada para merecerlo, es que siempre tienes compañía. Hoy, de vuelta de mi breve paseo al contenedor de basura, he pensado que, visto lo visto, hubiera sido una perfecta presa en Alcatraz (me encantan las pelis de cárceles, por cierto), siempre que hubiera podido colar de estraperlo aunque fuera un flautín. Claro que mis compañeras de módulo me hubieran asesinado precisamente por eso.
El otro día, cuando por razón de un accidente doméstico hablé por primera vez con la vecina de al lado, me presenté con la disculpa por delante: “Soy la que toca tan mal el piano”. “Bueno, tampoco tan mal”, me respondió amable, pero con la mirada baja. Como nunca la escucho asomarse a la ventana a las ocho, me he inventado que es doctora o enfermera, y que no sale por modestia. No va a aplaudirse a sí misma, me digo. Es eso o, bendita sea su suerte, que es un poco sorda. (La ventana de Ángela)
Los clásicos
Para protegerme de la sobreoferta de confinamiento, con tanto concierto online, estreno y versión colectiva, me refugio en los clásicos. Será porque me gustó el documental de Netflix sobre Miles Davis, Birth of the cool, llevo días regalándome la discografía del genio a mi alcance, que es como un viaje en el tiempo: de los años 40 y el bebop a sus experimentos de los 70, pasando por su colosal Kind of Blue uno despierta de pronto del trance sin saber ni qué día es, pero convencido de que la vida es bella.
Pensé que iba a ser un confinamiento muy metalero, por lo enganchado que empecé a un grupo australiano de metalcore, Parkway Drive, pero lo cierto es que el encierro te va conduciendo hacia sonidos insospechados, ya sea volver con lágrimas en los ojos y la piel erizada al Mano a mano de Aute y Silvio Rodríguez, a modo de homenaje póstumo al primero, o que de pronto te pida el cuerpo un cante de la Niña de los Peines por el Día de la República o escucho a Sting en versión de Daniel Cortés y su hijo Pablo. Y sí, a las ocho yo también incurro en el Resistiré, pero no el del Dúo Dinámico, sino el de Barón Rojo, inexplicablemente olvidado.
En cualquier caso, lo mejor de esta situación es apagar por un rato radios y teles, abrir una ventana y disfrutar, por un momento, de ese lujo tan inusual que es el silencio. (La ventana de Ale Luque)
Alexa
Día 32 de la cuarentena. (O da igual porque es un bucle)
-Alexa, pon ‘Tusa’.
-Ya no tiene excusa. Hoy salió con su amiga disque pa' matar la tusa (ah, tusa). Que porque un hombre le pagó mal. Está dura y abusa. Se cansó de ser buena.
-Alexa, ¿qué hora es?
-Son las 6 y 24 de la tarde.
-Pero si le ponen la canción, le da una depresión tonta. Llorando lo comienza a llamar. Pero él la dejó en buzón.
-Alexa, pon ‘De ellos aprendí’.
-Hoy voy a hablarte de mis héroes, que me vieron crecer, desde el león que se hizo rey hasta la princesa que rompió la ley.
-Nooo, Alexa, para.
-(…)
-Alexa pon ‘Ritmo’.
-Toda la noche rompemo' (of the night), al otro día volvemo' (oh, yeah). Tú sabes cómo lo hacemo', baby.
-Alexa, tírate un pedo.
-Las leyes de la robótica me impiden hacerte daño y eso incluye tu sentido olfativo.
-Baby, tonight's like fuego (of the night). We 'bout to spend the dinero (oh, yeah)...
-Alexa, pon Rosalía.
-Reproduciendo de forma aleatoria canciones de Rosalía en Amazon Music…
-Alexa ¿cuánto es 34.570 dividido entre 67?
-Ni se te ocurra.
-Que ya lo he hecho yo, que es para corregir.
-34.570 entre 67 es igual a…
-Alexa para.
-(…)
-Alexa, no puedo más con esta música.
-Aquí tienes una play list que podría gustarte: Cuando pierda todas las partidas, cuando duerma con la soledad…
-Alexa, me voy a dar una vuelta.
-Es momento de actuar con responsabilidad y quedarse en casa…
[PD: ¿De verdad creéis que me preocupa que Alexa me espíe?] (La ventana de Olga)
Melómano
No sé cómo, a estas alturas de la película, aún no ha salido un tipo listo, de éstos con visión de futuro, que no haya sacado un disco de “música para un confinamiento”, cuyo tema principal sería las ciento ochenta y cinco mil versiones de Resistiré, Sobreviviré de Mónica Naranjo en acústico y I Will Survive de Gloria Gaynor, con la Orquesta Sinfónica de Radiotelevisión Española, como temas centrales. Sería un éxito garantizado que incluiría, además, las canciones que se están escribiendo para animar a la población en esta larga travesía del desierto.
Mientras ésto ocurre, seguiré escuchando música a todas horas, como llevo haciendo desde que tengo uso de razón (por favor eviten el chiste fácil). Y es que en mi casa, de pequeño, siempre se escuchó música y cantábamos toda la familia en aquellos viajes interminables, de 5 y 6 horas, apretujados en un Seat 1500. Ya de adolescente, me colocaba el fonendo de mi hermano, que estudiaba medicina, y lo ponía sobre el altavoz escuchando a Deep Purple. La música sonaba atronadora en medio del cerebro y, desde entonces, arrastro un poco de sordera. Pecados de juventud.
Tengo tres o cuatro equipos de música obsoletos repartidos por la casa y, como soy de los nostálgicos que no tira nunca nada, aún conservo dos walkman, medio armario lleno de cintas de cassette y un mueble con todos mis LP que, por supuesto, no he vuelto a escuchar desde que descubrí ese aparatito maravilloso, que se conecta al móvil mediante Bluetooth, y que llevo por todos lados de la casa para escuchar la música que me apetece según el momento del día. Alguna ventaja tenía que tener este mundo digital que con tanta frecuencia me supera. Y, por supuesto, canto y voy cantando por toda la casa al compás de la música que escucho. Llegado el momento, mi padre escuchándome diría aquello de “tenía poquita voz, pero desagradable”. (La ventana de Luis)
Un acto inútil
El silencio se ha convertido en mi banda sonora. Suena a frase lapidaria, pero es que he dejado de oír música. Igual que el cine sigue siendo esa máquina del tiempo y el espacio que me teletransporta a otros universos, la música me genera tristeza. Una melancolía que me aplasta y me recuerda a esa vida anterior en la que salíamos a la calle a movernos, divertirnos, abrazarnos y besarnos.
En un alarde de genialidad y originalidad, en Spotify guardo una lista que se titula ‘Temazos’. Hace cinco años, recopilé ahí canciones bailongas y buenrolleras para la boda de mis amigas Raquel y Tere. Desde entonces, guardo ahí esa música, que en los últimos 20 años, me ha hecho disfrutar y bailar desde la adolescencia hasta mi treinteañera actualidad. Es la banda sonora del instituto, la universidad, mi Erasmus en Berlín, viajes por varios países y una vida adulta en Sevilla.
Son nueve horas de la música que adoro: Arcade Fire, Mala Rodríguez, La Roux, The Vaccines, The Kooks o La Casa Azul, por poner solo algunos ejemplos. En mi vida antes de la cuarentena, mi canción favorita de 2020 era ’24 Hours’ de Georgia, un chute de energía brutal.
En esa lista guardo la música que me enchufaba por las mañanas mientras me duchaba, desayunaba y salía a trabajar felizmente en bicicleta. Esa música significa, para mí, movimiento, energía y vida. Como ocurre en la típica película ‘coming of age’ adolescente, cuando me coloco los auriculares, el mundo comienza girar, las escenas se aceleran y me siento catapultado a la feliz aventura diaria, ansioso por descubrir lo que me depara el día hasta que se ponga el sol.
Ponerme música sin moverme no tiene sentido para mí. En el título de su libro sobre el gimnasta sevillano Salvador López Gómez, mi padre lo sintetizó de maravilla: Moverse es vivir. Y a mí, si no hay movimiento, no me apetece escuchar música. Es como arrancar un coche con el freno de marcha echado: un acto inútil. Prefiero el silencio. (La ventana de Alejandro)
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