Día 36 en estado de alarma: películas y series para el confinamiento

Día 36 en estado de alarma:

Anoche me emocioné viendo una película de ‘dibujitos animados’. Y cuando digo que me emocioné, me refiero a que me puse a llorar a lágrima viva. Sí, así andan las cabezas. Al contrario de lo que me ocurre con la música, que no me genera ningún placer en estos momentos, el cine sigue siendo mi cordón umbilical con la vida. Me hace sentir vivo y en contacto con lo que siento.

Día 35 en estado de alarma: el ahorro

Día 35 en estado de alarma: el ahorro

Anoche me sumergí en los océanos con dos peces payaso y un pez cirujano con problemas de memoria. Efectivamente estaba viendo ‘Buscando a Dory’. Las corrientes del océano pacífico me mecieron inesperadamente a un territorio especial. Un lugar donde la proverbial desmemoria de Dory la guía de vuelta a casa. En un momento de lucidez, nuestro pececillo azul consigue llegar a su hogar, porque recuerda que el camino lo marcan las conchas de color morado.

Dory se acuerda de pronto que una corriente la arrancó de sus padres y que, lejos de abandonarla, habían sembrado el ‘fondo del mar’ con conchas moradas para que su hija supiera siempre cómo volver a ellos. El reencuentro es un momento mágico. Mecido por las emociones, pensé en mis padres y en las ganas que tengo de abrazarlos. Anoche de madrugada soñé con los ojos bien abiertos y me imaginé a mis propios padres sembrando un océano entero para que su hijo nunca pierda el rumbo. Para que siempre sepa volver a casa. Que queréis que os diga… me emocioné. (La ventana de Ale)

Besos con realidad virtual

La pandemia lo contamina todo, hasta nuestra manera de ver series o películas. Últimamente me he descubierto pendiente de las manos de los protagonistas, qué tocan, a quién tocan. Mido mentalmente la distancia entre los personajes. Me hipnotizan las escenas de ascensores abarrotados, los apretones de manos, los besos fogosos, casi cuento las veces que se acciona un picaporte, se pulsa un botón, se ojean revistas en un kiosco o se comparten confidencias, muy cerquita, agarrados a la barra del metro.

Sin saberlo, me he convertido como espectadora en lo más parecido a Jack Nicholson en 'Mejor Imposible'. Me pongo una serie de espías y me distraigo de la trama porque a la heroína se le ocurre pedirle prestada la pistola al agente ruso. Deseo mentalmente que tenga a mano una toallita higiénica para darle un repaso a la culata. ¿Tanto te cuesta, Carrie Mathison, hija mía?. Echan por enésima vez la peli de Mandela y el mundial de rugby y ahí estoy, sin perderle el ojo al balón, de mano en mano, como si estuviera hecho de auténtica piel de pangolín.

No sé cuántas series o películas se harán de esto que nos está pasando. Si habrá comedias capaces de reírse de este tiempo oscuro, espero que sí. Qué actor o actriz famosa interpretará al científico que encuentra por fin la vacuna, mientras pasea por la pantalla un palmito que no ha ganado ni un gramo durante el confinamiento. Cómo las apañarán para que los protas se enamoren sin tocarse ni los codos. En realidad, lo que más me pregunto es si habrá cine, si habrá cines. Cuánto tiempo nos tocará rodar los besos con realidad virtual. (La ventana de Ángela).

Evasión o victoria

Más tiempos en casa, más cine y más series. Más de todo y menos de todo también. Los días se alargan y dan pie para darse una vuelta (de esas eternas) por los grandes almacenes de las plataformas hasta encontrar algo de gusto común, más o menos. Depende del día apetece una u otra pero a esas horas, ya con los descendientes tratando de dormirse (inevitable alguna visita a la habitación), no se da para mucho más que para un rato de evasión, o victoria.

En estos días de encierro obligado hemos rendido homenaje al actorazo que es Antonio de la Torre en una película magnífica como es 'La trinchera infinita' y en una serie de buen ver como 'La línea invisible', con papelón también del joven Alex Monner, que sólo el esfuerzo de transformar su acento catalán al vasco merece unos aplausos de esos de las 20.00h, aunque a veces ha sonado al chiste de Patxi.

Todo un descubrimiento tardío 'Sex Education', unos cuernos llamados 'Mithos' por parte de Marta y la cuarta parte de 'La casa de papel', que te mantiene en vilo hasta que los ojos empiezan a vencerte. Bienvenidas sean las series y las películas a falta de las salas del cine, aunque de esas ya nos habíamos casi olvidado sin necesidad de estado de alarma. (La ventana de Javi)

Chernobyl en las pandemias que corren

Incluso los menos seriófilos hemos acabado cayendo. En mi caso, gracias a la generosidad inmensa de abonados que han tenido a bien compartir conmigo sus contraseñas de Netflix y HBO, dios se lo pague con un buen confinamiento. Tampoco es que me haya vuelto loco de repente por el género, que tiene mucho de folletín adaptado a la contemporaneidad, pero algo hemos visto: la cuarta temporada de 'La casa de papel' me pareció lo que las anteriores, un subproducto hecho con la suficiente astucia como para encandilar a niños y mayores, aunque la verosimilitud en peripecias y diálogos brille por su ausencia. 'Tiger King', que me sugirió mi querida Laura Hojman, es una suerte de viaje de ácido revestido con piel de tigre, una pesadilla a la americana en clave freak.

El pionero, la mini serie sobre Jesús Gil, una sutil operación de blanqueamiento de la imagen y una mirada al pasado que requiere ser vista tomando chupitos de primperán. Y acabo con 'Chernobyl', sobre el papel la menos apropiada para las pandemias que corren, pero casi tan necesaria como el libro de Svetlana Alexievich del que bebe descaradamente. Lo malo es que su relato sobre cómo la gravedad de los hechos es inversamente proporcional al flujo de la verdad no invita precisamente al optimismo. ¿Qué será lo próximo? ¿Lo nuevo de 'Fauda', cuya primera temporada me entretuvo? ¿'El cuento de la criada', que tengo aún pendiente? Aún no lo tengo decidido, pero sí sé lo que me pide el cuerpo: volver a ver 'The wire' completa y olvidarme de todo. (La ventana de Ale Luque).

Acostarse ochentero

Esta semana me he puesto super moderno, y me he puesto a buscar todas esas series checas subtituladas en sefardí que solo vería Alejandro Ávila después de una noche dejando sin absenta todos los bares de la Alameda. Sin embargo, un mensaje de WhatsApp de un amigo del cole de esos que también ha dado 50 vueltas al sol me lanzó un puñetazo de nostalgia”: “quillo, ¿sabes que 'Anillos de Oro' está entera en YouTube?

Sí, me fui a eso que llamamos servidor de vídeos y en realidad es una red social, y ahí estaba. Con esa música del maestro García Abril como si no hubiesen pasado casi 40 años, con ese Imanol Arias haciendo de abogado y esa Ana Diosdado de socia divorciando gente en la España de despedida lenta del franquismo, con esa cabecera de dos minutos, dos minutos, sí, cuando hoy día ha series como ‘Un juego de caballeros’ que, directamente, ha prescindido de cabecera.

Sí, alguien se ha molestado en subir entera a YouTube una de las series icónicas de la TVE de toda la vida. Anoche me quedé dormido de día tras verla entera de nuevo. Hoy, me volveré moderno, pero anoche me acosté ochentero. (La ventana de Fermín).

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19 de abril de 2020 - 21:27 h

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