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El año que Gaza ganó Eurovisión

El austriaco JJ alza el Micrófono de Cristal por la canción Wasted Love.
19 de mayo de 2025 20:13 h

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Cuando el austriaco JJ se hacía con el Micrófono de Cristal de Eurovisión en Basilea, por la canción Wasted Love, aplaudían a rabiar los 34 muertos que a esa misma hora puntuaban en la masacre que Israel viene interpretando sobre Gaza. Mientras sonaban los acordes de New Day Will Rise, los drones de Nettanyahu desafinaban sobre el campamento de refugiados de Al-Mawasi y un hospital kuwaití que tuvo que suspender sus servicios quirúrgicos por los graves daños sufridos durante el ataque. 

Entre los escombros de la franja, por lo tanto, no se hablaba de otra cosa: de la puesta en escena de Melody, de si el Mossad o la extrema derecha europea controlaban el televoto. Los comentaristas habituales de la actualidad gazatí, mientras buscaban una brizna de comida para su chiquillería famélica o mendigaban gasas o mercromina para sus propios muñones, discutían acaloradamente sobre la estética sesentera de Italia, la canción de Suecia venida a menos o el modelito que lucía Yaval Raphael o sobre cómo salvó la vida de los masivos y sangrientos atentados sin sentido de Hamás, aquel fatídico 7 de octubre de 2023, que le dieron un pretexto a los halcones de Tel Aviv para borrar del mapa a los palestinos. 

Mientras las puntuaciones de los jurados se sucedían, durante el último año y medio ha venido sonando la mágica expresión “one point” cada vez que un francotirador, un dron o el ejército israelí hería de muerte a una escolanía de gente menuda, a un puñado de miles de mujeres o de ancianos que tuvieron al menos la suerte de llegar a viejos, a sanitarios y activistas de ONGs, a periodistas o a gente corriente, de esa que sólo participó en la diaria intifada de la supervivencia. 

Un miedo con hedor a colonialismo rancio y a frivolidad mundial recorría los asentamientos de Cisjordania y un repelús de miedo se dejaba sentir entre los cubiletes de la noria Ferri de Beirut

Cuando Europa jugaba al Stratego en las redes sociales y se preguntaba por qué hay que vetar a Israel de Eurovisión y no al Maccabi de los torneos futoblísticos, o por qué no vetar a los dos, como no se vetó a la Alemania de Hitler para organizar la Olimpiada de Berlín de 1936, cuando Jesse Owens le dio una lección atlética a la raza aria. Justo entonces, un miedo con hedor a colonialismo rancio y a frivolidad mundial recorría los asentamientos de Cisjordania y un repelús de miedo se dejaba sentir entre los cubiletes de la noria Ferri de Beirut. 

A pesar de todo ello, de la extrema derecha atrincherada en el televoto, pese a la paradoja que supone que los herederos ideológicos de quienes masacraban judíos hace ochenta años ahora les apoyen por masacrar musulmanes. Por encima de los reproches de uno y de otro signo a RTVE, por estar en el lado correcto o incorrecto de la historia. Por más que la representante israelí quedó a pique de que Jerusalén acogiese el festival el próximo año y los radiotelevisiones tuvieran que retratarse en semejante e incómodo supuesto. Y por mucho que Israel no forme parte físicamente de Europa aunque el legado judío, como el católico, el protestante, el musulmán o el laíco conformen las raíces comunitarias. 

Su bandera pudo verse más allá de las manifestaciones a las que sólo acuden los convencidos y hasta puede que la coreografía de la infamia nos hiciera vibrar en calladamente en nuestros cómodos tresillos

Más allá de estos albures, lo cierto es que Gaza ganó Eurovisión, al menos, porque por primera vez en muchos meses, su bandera pudo verse más allá de las manifestaciones a las que sólo acuden los convencidos y hasta puede que la coreografía de la infamia nos hiciera vibrar en calladamente en nuestros cómodos tresillos. 

Aunque matasen a otros 120 habitantes de su exiguo territorio tan sólo durante ese mismo fin de semana. Aunque el Ejército israelí pretenda apalancarse para siempre desde el río hasta el mar. Aunque les vaya a quedar un resort precioso con vistas a un rio de sangre. Aunque la única partitura posible sea 50.000 réquiems en clave de muerte mayor. Por una vez, los confortables telespectadores que huyen de los telediarios porque las matanzas suelen ser indigestas, pronunciaron, aunque fuere para sus adentros, en algún momento de esa noche, la palabra Palestina; o tararearon por un segundo la partitura del dolor, el estribillo de la impotencia. Y se preguntaron, al menos por un segundo, por qué miramos a otro lado cuando la comunidad internacional –salvo honrosas excepciones-- lleva desde hace más de 60.000 difuntos dando el cante, sin atreverse siquiera a improvisar una de esas condenas diplomáticas que siempre parecen la misma tediosa canción.

 

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