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Antídotos contra la guerra civil

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ovacionado tras su investidura en el Congreso

España se rompía, se deconstruía o se enquistaba durante el debate de investidura en el Congreso de los Diputados. Esta nación de naciones ardía en llamas como el antiquísimo mapa de "Bonanza", más en el ardor guerrero de los discursos jacobinos que bajo el frío de temporada que barría los restos de los fuegos artificiales de Navidad. Alguien esperaba un tricornio, un todos al suelo, pero tan sólo hubo exabruptos con inmunidad parlamentaria: algo hemos ganado.

En las plataformas digitales, en el ciberespacio, en las ondas hertzianas de la radio y en los grupos de whatsapps, la noticia sin embargo era la conjura judeomasónica, las hordas marxistas, los separatistas, los terroristas en un país en donde supuestamente ya no quedan grupos terroristas. En la calle, en cambio, bendita calle, el aperreo conducía directamente a las rebajas, a la basura de alegres colorines de papel de envolver, pero también hacia el aviso de desahucio que acaba de recibir la vecina del cuarto izquierda, la última prestación del paro que araña el albañil que tuvo que dejar de serlo cuando las hipotecas dejaron de ser de pisos para ser de avaricia.

El presidente elegido por las urnas y por una apurada mayoría parlamentaria era calificado como felón, traidor, un malo de película con semblante de galán de fotonovela. La Iglesia tocaba a rebato porque los rojos que quemaron las iglesias durante la Segunda República ahora persiguen desmantelar sus bienes inmatriculados, lo que debe ser mucho peor, Dios lo sabe. Los voceros de Vox reclaman la intervención del ejército y otros reclaman la intervención de las autonomías o de sus cuentas, quizá porque en su día no hicieron demasiado caso a los interventores que delataban el abultado latrocinio de su partido, del que ya nadie se acuerda.

Tentación cainita

Hay un eco turbador en el vocerío de los últimos meses, el de aquellos que hablan con un espejo retrovisor varado en aquel tiempo de España obligatoria, Sección Femenina y una, grande y libre. Escalofriantemente contagioso resulta que la tentación cainita lleve sus huevos de serpiente hasta la vida cotidiana: la gente se mira con recelo o con odio, pero no sabe a ciencia cierta por qué. Todo ese ruido es tan ensordecedor que ya no le echamos cuenta. Como tampoco al apocalipsis que nos prometen si triunfan los comunistas, los independentistas, los republicanos, frente a ese conocido paraíso del Ibex 35 que parece en peligro si se vuelve a incrementar el salario mínimo interprofesional.

Se dan las circunstancias objetivas para que el fantasma de la guerra vuelva a recorrer esta añeja Península como un sempiterno capricho de Goya. Crisis económica que se eterniza, paro crónico, escasa formación política de los ciudadanos, vendedores de crecepelo que prometen soluciones fáciles para problemas complejos.

¿Qué nos salva de ese abismo? Algunos de los que estaban llamados a ser bomberos de la democracia se han convertido en sus pirómanos, aventando el peor de sus monstruos, el de la incapacidad de diálogo en torno a lo que suma y de distante respeto o discrepancia abierta hacia lo que reste. Pero ahí detrás está la gente, como cantase Joan Manuel Serrat, con sus pequeñas causas y sus medianas derrotas, con su fastidio de cupón que no toca y de lunes al sol, con su sonrisa de cumpleaños feliz y que nos quiten lo bailao. A eso, los finolis le llaman resiliencia: a canturrear trap en la ducha, aunque sigas sin encontrar un curro digno. Ninguna división acorazada podrá con un batallón de padres y de madres recogiendo a los niños del colegio: no pongan ese día el golpe de Estado porque a la pequeña le toca la clase de solfeo.

La vida misma

Nos dirán que de las asonadas militares del pasado nos salvan la OTAN y la Unión Europea, el club Blinderberg o el Séptimo de Caballería, pero es mentira: la vida misma es nuestro ejército durmiente, la que nos urge a pagar los recibos del banco y a reclamar unas gafas al seguro, la que resuelve con un brindis lo que nunca podría arreglar un duelo a primera sangre. Jean Paul Sartre vaticinó que la revolución era imposible en la Francia del 68 porque manchaba la moqueta. La tentación fratricida es una quimera en la España de hoy porque el EGM encumbra a los máster chefs muy por encima de los discursos radiofónicos de Queipo de Llano. Un traje de balilla o de miliciano no podrán nada contra una buena serie de Netflix. Eso sí, no detendremos a la reacción con el arrojo de nuestros ideales democráticos, quizá algo anquilosados de no usarlos, sino con esa maravillosa cobardía de la inmensa mayoría de nuestro pueblo, que lo que quiere es que alguien dé trigo en lugar de predicarlo, o que lo dejen en paz y las únicas pinturas de guerra sean las de los hinchas de los estadios.

Llamadlo clase media, pan nuestro de cada día, ande yo caliente. Algunos de los mejores antídotos que conozco contra la guerra civil.

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Publicado el
7 de enero de 2020 - 20:31 h

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