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“¿Se exagera o no lo de los caballos muertos en El Rocío?”

Mulas con extrema delgadez y otras marcadas en morado tras ser intervenidas en la aldea almonteña.

Antonio Morente

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La prueba está en Google: pones El Rocío caballos y el buscador ya te sugiere completar la secuencia con muertos. “Esto es un desprestigio” y “un conflicto cultural grande”, resume Enrique Alonso, miembro permanente del Consejo de Estado, quien pone sobre la mesa el debate sobre si se está sacando de contexto la cuestión. Y no lo dice porque considere que no hay maltrato, de hecho resalta que los principales problemas con animales se dan sobre todo en casos en los que son muy mayores y provienen de alquileres que, casi siempre, son ilegales. El cuadro se remata con que los protagonistas humanos son los que define como “los invitados que van a El Rocío con una hermandad”, que llegan, alquilan un animal y acaban reventándolo.

Estas son algunas de las conclusiones de un estudio que se llevó a cabo en la última romería, con el que se pretende sentar una primera base para tener un conocimiento más exacto del trato que reciben sobre todo los caballos, los grandes protagonistas de esta fiesta. Los resultados de este análisis, junto a una reflexión sobre el sorprendente limbo legal en el que están estos animales (“su definición legal es muy compleja”), fueron el hilo conductor de la intervención (‘Bienestar animal: la romería de El Rocío’) con la que Enrique Alonso clausuraba en Sevilla el II Congreso Andaluz sobre los Derechos de los Animales.

Un foro en el que, por cierto, buena parte del público presente se encendía con algunas de sus afirmaciones, como la pregunta que lanzó al aire: “¿Se exagera o no lo de los caballos muertos en El Rocío?”. Todos los años se movilizan entre 40.000 y 45.000 de estos animales, de los que en la última romería la estadística oficial señala que fallecieron nueve, en la media de la decena de los últimos años. Habría que saber, vino a decir, cuántos murieron en las mismas fechas en los establos de Kentucky, o cuál es la tasa de mortalidad en una población similar que permanece estabulada y no se la llevan de romería. Lo que es sorprendente, a su juicio, es que en medio de la nada se reúna un millón de personas, que no haya ningún incidente grave de seguridad y que el foco se ponga en esos nueve caballos muertos.

Una parte de los asistentes (abogados, juristas y estudiantes de Derecho interesados en los aspectos legales de los derechos de los animales) le reprochó a Alonso que en su reflexión no tuviese en cuenta el maltrato físico y psicológico al que se somete a estos animales, que presentaba una situación demasiado idílica y que prescindía de los aspectos éticos. Aquí, el ponente tiró de pragmatismo y reclamó datos, reconoció que “las cosas tienden a ser más complicadas de lo que los juristas creemos” e incidió en la maraña legal que rodea al caballo, con diferentes normas que lo tratan como alimento, transporte, atleta o mascota. “El caballo es el ser más misterioso para la ley”, apostillaba.

“A los mulos no los quiere nadie”

Los datos de El Rocío 2019 señalan que la organización El Refugio del Burrito, en colaboración con el Ayuntamiento de Almonte y el Seprona, atendió a casi medio centenar de animales a margen de los fallecidos, de los que ocho fueron inmovilizados por su pobre condición física. Las causas más frecuentes de estas intervenciones fueron por animales geriátricos (todos tenían más de 15 años) y por heridas provocadas por serretas y arneses.

En la mayoría de los casos provenían de alquileres ilegales, y se ha constatado que los mulos geriátricos son el grupo de mayor riesgo. “A los mulos no los quiere nadie”, lamenta Alonso, que también llama la atención sobre que se han detectado “problemas casi tontos”, como que casi no había puntos de agua para los animales, sólo dos. Por ello, en la última romería se habilitaron siete más.

La cuestión es si puede afirmarse que un caballo que no agoniza o no recibe un maltrato flagrante está bien en El Rocío. Para Enrique Alonso es difícil responder a esto porque, por mucho que pueda sorprender, “no se ha estudiado el comportamiento natural del caballo, no lo conocemos”. Esto, señala, es fruto de una convivencia de 5.500 años en los que “ha sido domesticado a palos”, así que en ciertos aspectos es un gran desconocido. “Ahora hay un cierto consenso en que ciertos gestos que hace son una señal de dolor”, pero se avanza muy poco a poco: los veterinarios no estudian bienestar animal y “la equinología como nueva ciencia mundial tiene sólo unos meses de vida”.

Lo que está fuera de toda duda es la maquinaria económica que rodea al caballo, que mueve unos 100.000 millones de euros al año en Europa, 5.300 de ellos en España, donde uno de estos animales cuesta de media unos 300 euros. “¿Y saben lo que se está pagando por un burro en una aldea de Perú? Hasta 14.000 euros, porque escasean al estar exportándose en masa a China, y en muchos puntos de Hispanoamérica los équidos son todavía un elemento fundamental, son la energía que mueve estas zonas”. Una situación que está a años luz de un debate, el de los animales en El Rocío, en el que entran en colisión conceptos como tradición y ética para mantener la polémica siempre viva.

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