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El nuevo director de la Alhambra: "El turismo tiene también un límite que, si se rebasa, empieza a ser depredador"

Reynaldo Fernández, medievalista, organista y musicólogo, asume la dirección del monumento más visitado de España con talante conciliador, las ideas claras y la pretensión de hacer del lugar un entorno de disfrute cultural para la ciudadanía

Quisiera que los ciudadanos "consideren la Alhambra como algo suyo", lo cual "supone que se le ofrezcan posibilidades".

Ha compartido su visión "democrática" de la gestión: "La gestión no está para hacer lo que a uno le da la gana"

Director Alhambra

Se ha quedado sin vacaciones: "ni un día", asegura. Suele comer "como pronto" sobre las cinco de la tarde. Y no entiende de fines de semana porque si cae visita institucional, ahí tiene que estar él, como suele ser preceptivo en un cargo como el que ha asumido. Reynaldo Fernández Manzano, 56 años, es desde el pasado julio el nuevo director del Patronato de la Alhambra; o, dicho de otra forma, el máximo responsable de la gestión del monumento más visitado de España y uno de los más célebres del mundo, en sustitución de la dimisionaria María del Mar Villafranca. Nada difícil imaginar las ambiciones (palaciegas) que tal puesto debe de despertar en más de uno, pero por una vez no hubo apenas discusión entre los distintos entes del jurado: Ayuntamiento de Granada (PP), Junta de Andalucía (PSOE), Ministerio de Educación, Cultura y Deportes (PP) y Universidad de Granada estuvieron de acuerdo en el nombramiento de este socialista de carné con brillante currículum académico. Quizás porque un medievalista (y más cosas) doctorado en la historia de Al-Ándalus debe de saber bien qué terrenos está pisando aquí, y en qué jardines se mete.

Se ha quedado sin tiempo para él: otro daño colateral de esa "guerra del tiempo" en la que, dice, vivimos inmersos, con un sistema en el que "todo está programado para que no se tenga tiempo, porque el tiempo te permite crear, pensar…". Aunque en su caso –sea por temperamento, por compromiso, o por ambos– tal cosa parece no hacer mella en absoluto. Al revés: le confirma los mimbres sobre los que pretende desarrollar su gestión: hacer de la Alhambra, precisamente, un lugar para la ciudadanía en que no sólo existan las visitas apresuradas, sino una suspensión del tiempo más acorde con el espíritu de esta fortaleza roja que, al fin y al cabo, lleva ahí mil años (mil), y sin estresarse. Mientras tanto, casi 2 millones y medio de personas la visitan cada año, caigan picas, chuzos de punta o 40 grados a la sombra.

Sabrá que muchos vecinos de Granada tienen la sensación (o la certeza) de que hace mucho que se gobierna de espaldas a la ciudadanía, priorizando justo ese turismo cuyo centro neurálgico es la Alhambra; la idea de que el casco histórico es un decorado muy bonito que esconde una ruptura del tejido social alarmante, en el Albaicín por ejemplo. ¿Comparte esta visión?

Sí. Hay un mito de que el turismo puede hacer que una ciudad progrese indefinidamente, y no es cierto: el turismo tiene cosas positivas y otras negativas que hay que intentar evitar. No es la panacea que lo resuelve todo. En una sociedad moderna también se debe apostar por industrias del conocimiento y otro tipo de recursos que hagan que la ciudad crezca. El turismo tiene también un límite que, si se rebasa, empieza a ser depredador, a destruir el propio patrimonio y la convivencia de la ciudad (está el caso de Venecia por ejemplo, donde se ha llevado a la población casi a una ciudad paralela y a una estructura nada deseable). En ese sentido sí que hay que ordenarlo y primar la convivencia. Lo más importante es la relación de los ciudadanos de un sitio con el patrimonio, y cómo ordenas también otras fuentes de ingresos para que la ciudad progrese.

Se habla de la necesidad de "abrir" la Alhambra al Albaicín. ¿En qué consistiría esa apertura?

La Alhambra y el Albaicín son como miradas en espejo; se miran una al otro. Desde el Albaicín la vista fundamental es la Alhambra, y desde la Alhambra lo que se ve es el Albaicín. Los dos tienen una declaración conjunta de Patrimonio de la Humanidad. Ahí la Alhambra debe colaborar en el mantenimiento del Albaicín, sobre todo de monumentos singulares (ya se ha hecho con la Dobla de Oro, el Bañuelo, la Casa Horno de Oro…). Pero también podemos continuar con otros sitios. Se acaba de restaurar la Cuesta de los Chinos, y el reto está a los pies de la Alhambra, en el Paseo de los Tristes, el Carmen del Granaíllo y el Hotel Rehúma, para recuperar esa zona pensando más, también, en los ciudadanos que en los turistas. Y en los niños.

La cuestión del atrio: se entiende la preocupación de mucha gente, por las inercias que hablábamos y el miedo a convertir la Alhambra en Disneylandia. Pero ¿en qué punto se encuentra exactamente ese asunto?

Lo que te puedo decir es que la Alhambra tiene una serie de necesidades de los visitantes, que hacen cola con sol, lluvia… Se pensó hacer un lugar de recepción: se sacó un concurso internacional, con un jurado de prestigio, con arquitectos muy considerados, y se adjudicó a [el portugués] Álvaro Siza (que tiene el premio Pritkzer, el Nobel de la arquitectura) y Juan Domingo Santos [granadino]. Entregaron su proyecto, y a raíz de ahí ha habido una polémica [por el impacto de la obra en el entorno, y por las acusaciones de "pelotazo urbanístico"]. Ahora lo que queremos es consensuar. Dada su envergadura no hay excesiva prisa; no creemos que sea urgente. Hay que hablar con todo el mundo y si hay que hacer modificaciones radicales es cuestión de hablarlo y debatirlo con tranquilidad.

Es algo que siempre se destaca de usted, que se lleve bien con todo el mundo. Habrá quien piense que es sospechoso eso [risas]. ¿Cómo se hace; yendo siempre a lo positivo, a los puntos en común…?

Yendo siempre a lo positivo, respetando a los demás, teniendo en cuenta que nadie tiene la verdad absoluta… Todo el mundo puede tener cosas interesantes que decir aunque tenga una postura distinta a la tuya, lo que permite poder llegar a acuerdos.

¿Y qué le parece que se celebren bodas en la Alhambra?

En la Alhambra no se celebran bodas. Está prohibido que se celebren bodas. [Sostiene la sonrisa, impertérrito.]

Ah, es que pensaba yo… ¿Entonces está prohibido?

Sí.

Vale… (…) Respecto a la belleza de este lugar: ¿no le parece que el turismo, tal y como se entiende, está haciendo que la gente pierda cada vez más la perspectiva de dónde está realmente? Que sólo se quede en lo virtual

Sí, el turista va muchas veces a hacerse la foto, y sí que los sitios están cargados de historia, de referencias artísticas, y no sólo de referencias al pasado (…un pasado que a veces e idealiza, porque se habla de que la Alhambra o Al-Ándalus era un modelo de convivencia; cuando, si estudiamos la historia, vemos que también había cabezas que rodaban…). Desde esta distancia podremos idealizar algunas cosas, pero en profundidad nos muestra la riqueza de lo vivido; nos muestra la capacidad creativa de otras épocas, y nos impulsa a creaciones nuevas. Yo creo que puede ser una fuente de creación contemporánea: no para complacernos en las riquezas del pasado sino para mirar al futuro.

Sería hermoso que la Alhambra fuera también un lugar de encuentro para todo eso, con una vida más autónoma del monumento en sí.

Sí, es importante para que siga siendo una fuente de inspiración, y donde se pueda hacer una visita de calidad no sólo para el turista sino también para el ciudadano, para que puedan venir a los espacios de una manera distinta.

¿Cuáles serían, en su opinión, las condiciones de un gestor cultural para que desarrolle un verdadero servicio público, y no una carrera ventajista más relacionada con los cócteles, la burocracia y los amiguetes?

Yo creo que la base es la democracia, que lleva aparejada la transparencia. Si tú haces las cosas de forma participativa, que la gente realmente decida, que los colectivos tengan opinión, y te alejas de comportamientos digamos dictatoriales o fascistas, pues estás consiguiendo una buena gestión. La gestión no puede ser para que el que mande piense que está ahí para hacer lo que da la gana, porque eso crea mafias, corrupción, relaciones clientelares, que no benefician a la cultura. La gestión debe ser tranparente, y el gestor sólo un intermediario entre el creador y la sociedad; tiene que ponerlos en contacto, no pensar que él manda y que toma las decisiones, porque es sólo un portavoz, un coordinador.

Acaba de llegar, pero ¿qué Alhambra le gustaría dejar una vez se haya ido?

Bueno, todavía es pronto, pero sí me gustaría que se haya hecho una gestión eficiente, honrada, y que se haya conseguido que los ciudadanos consideren la Alhambra algo suyo. La gente hace suyas las cosas si las disfruta, y eso supone que se le ofrezcan posibilidades. Aquí tenemos un territorio muy amplio, que es el Llano de la Perdiz, que sólo una minoría disfruta. También hay paseos por los bosques donde se pueden hacer animaciones con lecturas poéticas, dramatizadas… Me interesa mucho que se pueda venir a leer, por qué no, y no sólo a visitar el monumento y estar corriendo de un sitio para otro: sentarte en un banco con un libro que facilite la propia Alhambra… Muy pronto empezaremos a hacer cosas distintas para que la gente pueda vivirla de otra manera.

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