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El disputado voto del señor Cayo, 41 años después

El problema de la despoblación de la España interior es muy antiguo

Los políticos lo han descubierto ahora por puro interés electoral

Saben que el color del próximo Gobierno se está decidiendo en las pequeñas circunscripciones

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Una de las manifestantes de la 'España vaciada' en Madrid

Una de las manifestantes de la 'España vaciada' en Madrid. OLMO CALVO

Los principales partidos políticos se han enamorado de pronto de la misma novia. La España vacía, la España despoblada. La rondan, la requiebran, la cortejan. Los líderes se disfrazan estos días no ya de domingueros sino de rurales, e incluso de ruralistas, y con cínico desparpajo se meten a hacerse una foto en el establo de las vacas o en una manifestación del mundo rural en Madrid sin reparar o reparando, que es peor en que los que protestan lo hacen contra el abandono en que sus propios partidos han dejado a la España vacía.

La impostación se les nota tanto en este asunto a los políticos de uno y otro signo que hasta el más cándido destinatario de sus requiebros sabe que este es un amor no solo pasajero, sino además interesado. Muy interesado. Por el interés te quiero Andrés. Por tu voto vengo al pueblo. Encuestas y estadísticas en mano, los estrategas han reparado en que el color del Gobierno que salga de las elecciones del 28A dependerá mucho del reparto de escaños en las circunscripciones pequeñas, las que eligen 5 o menos diputados que se van a disputar con denuedo los cinco principales partidos de ámbito estatal y, en algunos casos, algunos partidos nacionalistas muy arraigados. Es la guerra del campo. El disputado voto del señor Cayo, que relató Miguel Delibes, cuatro décadas después.

La novela de Delibes se publicó en 1978, hace 41 años, pero tanto el problema de la despoblación de la España interior como el de otros desequilibrios demográficos son muy anteriores. Y los partidos, especialmente los dos grandes partidos tradicionales, lo saben desde entonces.

El campo español, y en especial el de la agricultura extensiva y poco mecanizada, empezó a despoblarse en los años sesenta del pasado siglo, con las primeras grandes migraciones desde las zonas rurales hacia las ciudades al calor de la industrialización de la economía española. De Andalucía y Murcia hacia Madrid y Barcelona. De Extremadura, Galicia, Asturias y las dos Castillas hacia Madrid. De la Meseta Norte hacia Bilbao. De las estribaciones del sur del Sistema Ibérico hacia Valencia... Y de todos los lugares, aunque en menor grado, hacia Suiza, Francia, Alemania...

Aquel flujo de población del mundo rural al mundo urbano ha sido después constante, aunque no de modo uniforme. Algunas de las zonas rurales que en el pasado siglo eran emisoras de emigrantes, por ejemplo Murcia o Andalucía, se convirtieron ya en este siglo en receptoras de inmigrantes latinoamericanos, norteafricanos y del este europeo que acudían al reclamo de los muchos empleos generados por la agricultura intensiva del plástico, las fresas, los espárragos o las hortalizas.

Tras el de las migraciones, a las zonas rurales españolas les causaron nuevos desequilibrios demográficos otros dos factores: la natalidad y la mortalidad. En los años setenta del pasado siglo, en España nacían anualmente casi 700.000 niños. Hoy nacen menos de 400.000. En la primera mitad de 2018, nacieron 179.794 niños, el peor dato desde que existen registros. La tasa de fecundidad, que es el número medio de hijos por cada mujer fértil, ha pasado de los casi 3 de finales de los setenta a los 1,3 de ahora. En las zonas rurales, esta última tasa es aún inferior, pues entre los que emigran desde hace medio siglo predominan los jóvenes de uno y otro sexo.

El tercer factor demográfico, la mortalidad, agravó los desequilibrios del campo. La esperanza de vida se ha disparado en toda España tenemos una de las más altas del mundo, y ha hecho que las pirámides de población de la inmensa mayoría de los pueblos sean pirámides invertidas: pocos niños en la delgada base y muchísimos ancianos en la ensanchadísima punta.

El campo quedó definitivamente condenado cuando hace ya más de una década llegó la crisis económica. Los Gobiernos estatales le hicieron al campo de todo: desde paralizar toda obra pública que no fuera el cosmopolita AVE, hasta cerrar los cuarteles de la Guardia Civil, lo que ha provocado que los asaltos a viviendas en el mundo rural muchas de ellas con el solitario anciano dentro se hayan disparado. Los Gobiernos regionales, por su parte, no se quedaron atrás en sus políticas antirrurales: cerraron centenares de escuelas, con el argumento de que había pocos niños, y redujeron los servicios de ayuda a la dependencia y los horarios de los centros de salud, pese a que había y hay muchísima demanda, sobre todo de ancianos solos y con pocas posibilidades de movilidad.

Hay muchos datos que certifican el enorme problema de la despoblación:

  • En 268.083 kilómetros cuadrados de nuestra superficie, el 53% del total, solo vive el 15,8% de la población.
  • Diez de nuestras 17 comunidades autónomas cuentan con un saldo vegetativo negativo de población.
  • Más de 4.000 de los municipios españoles es decir, la mitad del total que tenemos se encontraban en 2017, según un informe de la Federación de Municipios y Provincias (FEMP), "en riesgo muy alto, alto o moderado de extinción: los 1.286 que subsisten con menos de 100 habitantes, los 2.652 que no llegan a 501 empadronados y una parte significativa de los más de mil municipios con entre 501 y 1.000 habitantes".
  • La Serranía Celtibérica (una amplia región española en torno a las montañas del Sistema Ibérico que va desde las provincias de Valencia y Castellón a las de Burgos y La Rioja, pasando por Cuenca, Teruel, Guadalajara, Zaragoza, Soria y Segovia) ha sido sido denominada por un grupo de profesores liderado por Francisco Burillo, catedrático de la Universidad de Zaragoza, como la Laponia del Sur y descrita así: "Con una extensión doble de Bélgica, sólo tiene censada una población de 487.417 habitantes y su densidad es de 7,72 hab/km2. Cuenta con el índice de envejecimiento mayor de la Unión Europea y la tasa de natalidad más baja. Este desierto, rodeado de 22 millones de personas, está biológicamente muerto".

Nada de todo esto se ha producido de repente. Los desequilibrios demográficos se generan muy lentamente en el tiempo. Lo repentino ha sido el súbito interés de la política por afrontar el problema, o al menos por simular que lo hacen... por interés electoral. Entre las diferentes propuestas, hay algunas que parecen bastante medidas y meditadas y hay también muchas ocurrencias.

La despoblación y la España vacía han entrado en la agenda política, pero queda la duda de si será para siempre o si será solo durante unas semanas, hasta el 28 de abril. En la España rural, donde ya están curados de espantos, muchísimos Cayos se temen lo segundo.

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