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Cien años del Salto de Villalba: la 'fábrica de luz' para Madrid que reclama conservar su patrimonio

El Salto de Villalba se inauguró en 1926

Javier Muñoz de la Torre Granados

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“Alegría, libertad y naturaleza”. Son las tres palabras con las que Alfredo García resume los veinte años que vivió en el poblado de la Central Hidroeléctrica de lo que se conoce como 'Salto de Villalba'. Nació en 1968, llegó allí con apenas cuatro años y no se marchó hasta los veintitrés.

“Yo fui la última generación que vivió ahí”, cuenta con una mezcla de orgullo y nostalgia, sobre el que fue su hogar en la Serranía de Cuenca gracias a que su padre y su abuelo trabajaron aquí. Tres generaciones de una misma familia ligadas a una infraestructura que supuso una de las obras de ingeniería más importantes en España en el siglo XX, y que transformó para siempre esta zona de la zona y al pueblo de Villalba de la Sierra, al crear empleo directo para más de cien familias. Hasta entonces habían dependido casi en exclusiva del sector primario. En este 2026, se cumplen cien años de su construcción.

La Central Hidroeléctrica de El Salto surgió a consecuencia de una necesidad ubicada a kilómetros de distancia: electrificar Madrid. Era un momento en el que la población de la capital estaba creciendo y se estaba estandarizando el uso de la corriente alterna, que permitía transportar la energía eléctrica a mayor distancia que la continua.

Localizacion de El Salto antes de su construccion

Primero se levantó la Central Hidroeléctrica de Bolarque, en Guadalajara; la de Villalba de la Sierra, muy parecida, se conectó a ella para verter allí la electricidad y, desde Bolarque (en el embalse del mismo nombre), mandarla a Madrid.

La infraestructura fue inaugurada por el rey Alfonso XIII el 15 de junio de 1926, en el término municipal de Villalba de la Sierra. El proyecto fue de la Unión Eléctrica Madrileña, la empresa que, tras sucesivas fusiones, acabó integrada en el actual grupo Naturgy, propietario hoy de la central y del poblado asociado, que hoy está deshabitado.

Más que una presa

Quien imagine una presa con un centro hidroeléctrico a sus pies se equivoca. “El Salto no es, como solemos pensar, una presa y a pie de presa una central”, advierte Jesús Santos, del Grupo de Investigación y Desarrollo Territorial en la Universidad de Castilla-La Mancha.

El embalse principal, el de La Toba, está varias decenas de kilómetros aguas arriba del río Júcar; entre medias, la laguna de Uña, un humedal natural que se recreció e impermeabilizó para usarlo como depósito intermedio —pasó de unas tres a unas quince hectáreas—; y de ahí, un canal de casi veinte kilómetros que se descuelga por los cortados hasta el depósito de carga, encima de la central, desde donde el agua cae por las tuberías forzadas hasta las turbinas.

Joaquín Carboné, ingeniero industrial de 71 años que vivió en el poblado desde 1963, lo describe con la precisión de quien creció mirándolo: “El proyecto es impresionante por el enclave y también por la tecnología y la forma en la que está construido”.

Un impulso para la zona

Antes de El Salto, la zona vivía a base de pura subsistencia. “La gente sobrevivía de las cabras, de las ovejas, de la madera y de huertos”, cuenta Juan Expósito Baladrón, concejal y primer teniente de alcalde de Villalba de la Sierra. “Prácticamente no existía carretera de unión entre Cuenca con Villalba ni de Villalba con Uña. Fue a raíz de la presa”. Trabajar en la central supuso un importante impulso para la zona: “Se cobraba entre tres y cuatro veces más que en cualquier otro trabajo del lugar”.

Villalba, que hasta entonces era una zona humilde, se llenó de servicios. En el poblado de El Salto, donde vivían los trabajadores con sus familias, había escuela, médico, capilla, cine los fines de semana y economato a precio de coste. “Hasta cine tenían, que lo abrían a la gente del pueblo en verano”, recuerda Expósito. Un coche contratado por la empresa bajaba a los estudiantes a Cuenca. “Fíjate qué privilegios teníamos”, dice Alfredo. Y el río, “infestado de truchas”: “Yo le decía a mi madre, voy a por unas truchas, y subías con cuatro o cinco. No se compraba pesca”.

Paseo por el Salto de Villalba hacia 1980

Joaquín Carboné es otro antiguo residente del poblado, donde vivió desde 1963 hasta mediados de los años 70. “La empresa nos entregaba una casa, daba ayudas a las familias y apoyos para estudiar. Los tres hermanos hemos podido estudiar y tenemos carrera los tres, y eso muchos hijos de empleados lo hemos podido hacer”. En su apogeo, calcula, había unos 118 trabajadores y talleres de todo tipo: pintura, jardinería, carpintería, electricidad. Villalba llegó a rondar los 1.100 habitantes hacia 1950-1960, contando la gente del Salto. Hoy son unos 600.

Pero el urbanismo del poblado ya contaba, en piedra, una historia de clase. En la margen derecha, junto a la central, la casa de dirección —donde durmió el rey— y las viviendas de los trabajadores más cualificados. En la margen izquierda, donde primero hubo barracones para los obreros de la construcción, las casas “más pobres”.

La automatización lo vació todo

A partir de los años ochenta y noventa llegó la telegestión. La central se automatizó y se gestionó en remoto, y los puestos de aquellos que se jubilaban dejaron de reponerse, vaciando el poblado de trabajadores y sus familias. Las casas de los obreros menos cualificados se abandonaron, mientras que ‘la parte noble’ se mantuvo en uso, siendo actualmente usada como residencia de verano para trabajadores de Naturgy. En cuanto a trabajadores, el concejal Juan Expósito habla de apenas un trabajador directo de la empresa energética y otros tres de subcontratas.

Pero eso no impide que la central siga produciendo cada año aproximadamente 23.800 MWh, energía suficiente para abastecer el consumo eléctrico de unos 8.000 hogares, según la propia empresa energética, que no ha confirmado el número de trabajadores que desarrollan esta labor en las instalaciones de El Salto en la actualidad.

Trabajos de construccion

Carboné señala que la de El Salto “no es una situación puntual de este salto”. “Casi ninguna eléctrica ha apostado por mantener los poblados; han intentado deshacerse de ellos o tener los mínimos gastos”. Lo que le queda, dice, es “una rabia contenida”: “Hemos pasado del esplendor a una época mucho más oscura”. A Alfredo García le queda “un sentimiento de pena y melancolía”.

El reto: qué hacer con el poblado

Con motivo de este centenario, no se trata, dicen, solo de rememorar sino de mirar hacia el futuro. ¿Qué hacer con el poblado? En la zona se resisten a perderlo.

La catedrática de Geografía Humana de la UCLM María del Carmen Cañizares Ruiz, experta en patrimonio industrial, apuesta por dar a este conjunto una figura de protección patrimonial como sería su declaración como Bien de Interés Cultural por parte del Gobierno de Castilla-La Mancha. La Consejería de Cultura ha declinado responder a las preguntas de este medio, sobre esta cuestión.

Después, habría que plantear cómo dar un nuevo uso al poblado para que salga de su situación de abandono.

Cañizares recuerda que Castilla-La Mancha tiene buenos ejemplos de patrimonio industrial reconvertido: el Parque Minero de Almadén (Ciudad Real), patrimonializado y declarado por la Unesco en 2012, o la Real Fábrica de Armas de Toledo, hoy campus universitario.

Su colega Jesús Santos añade dos referentes que nacieron, precisamente, de saltos hidroeléctricos: el Caminito del Rey, en Málaga, y la Ruta del Cares, en los Picos de Europa.

Pero como el propietario es Naturgy, toda actuación tendría que contar con su aceptación. Sin embargo, a preguntas de este medio por su opinión por la situación del poblado, la empresa ha asegurado no tener “nada que comentar” a día de hoy.

Sobre la mesa, el concejal Juan Expósito propone muchas ideas —“un albergue, un centro de interpretación, un museo, un espacio de docencia”— e incluso una que conecta con otro problema local: recuperar viviendas del poblado para paliar la falta de casas en Villalba. “Puede ser un espacio habitacional, y esos mismos habitantes podrían trabajar en el albergue”, propone. Su deseo: “Un espacio vivo, un sitio vivo, un salto vivo”.

(*) Las fotografías utilizadas en este reportaje pertenecen a Naturgy⁠, el Archivo Wunderlich Otto, la Fototeca del Instituto de Patrimonio Cultural de España (Ministerio de Cultura) y de colecciones de particulares.

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