Judas
De todas las fiestas cristianas que han inundado la triste agenda de mi existencia, solo hay una que nunca me ha costado celebrar: la Pascua. Es la única que me creo.
Nunca vi claro eso de la Navidad. Tengo serias dudas del éxito de un parto en un pesebre sin más atención médica que la de un buey, una mula y un marido experto en bricolaje, pero que vista su credulidad respecto del origen y paternidad de su vástago doy por hecho que saber, sabía poco ni de dónde ni de cómo vienen los niños. Le guardo un cierto rencor a la festividad del “Corpus”, pues coincidió con la época de mi gran estirón y el traje de marinero de la comunión se me quedó inmediatamente pequeño y ni el cura ni mi madre aceptaron mi solución de procesionar con el chándal del Barça. Y respecto a las fiestas patronales, Santa María la Mayor, patrona de Riola y Roma, siempre me dio la impresión que entre sus dos municipios patrocinados ha tenido una clara predilección por el que le dedicó la iglesia más grande. Pero la Pascua sí, esa sí que me la creo.
La celebración de la muerte y resurrección de Cristo, tiene un espíritu hooligan con el que me puedo identificar. Que te crucifiquen, te metan en un sepulcro y que a los tres días no solo resucites sino que además lo hagas convertido en un dios, trino y eterno, eso, eso sí es una remontada y no lo del Bayern de Munich contra la Juventus del otro día. Ahí sí que hay algo que celebrar todos los domingos que sigan a la primera luna llena del equinoccio de primavera hasta que se acabe el mundo, y no lo del día de la hispanidad.
Tampoco me resulta complicado creer la historia de un grupo liderado por un tipo con el pelo largo -si se hubieran inventado por aquel entonces las gomas elásticas no descarten que se hubiera hecho una coleta- que se cree un Mesías. Me parece muy verosímil su estrategia para conformar su ejecutiva. Ir por las diferentes circunscripciones de Galilea, eligiendo a dedo a aquellos que después han de propagar su fe. Doce. Mayormente tíos.
Pero de todos los personajes que conforman el relato de la Pascua cristiana, tengo que reconocerles que siempre me resultó mas próximo y familiar el de Judas. Pero Judas Iscariote, no el Judas Tadeo que siempre me pareció un sin sal. ¿Cómo no me va a resultar creíble a mi, que he pasado por decenas de congresos del partido, la historia de un miembro de la comisión ejecutiva federal del hijo de dios, que vendió por un puñado de monedas de plata a su secretario general en cuanto se percató de que su reino no sería ni de este mundo, ni en la siguiente legislatura?
Es, en mi opinión, el papel de Judas, el que más credibilidad otorga al relato fundacional de cristianismo. Judas ha servido de inspiración a una buena parte de los líderes, especialmente orgánicos, de la política moderna. Su capacidad de análisis y anticipación hoy le habrían valido sinceras alabanzas de buena parte de los columnistas políticos valencianos. “Político brillante capaz de adaptarse a los nuevos tiempos” hubieran escrito de él los mismos que definieron con tanto tino a Rafael Blasco. “Superviviente alejado de dogmas y sectarismos” o “Destacado político, dotado de una extraordinaria visión de futuro” serían los adjetivos con los que se describiría hoy la trayectoria del único que supo ver, ya en el huerto de Getsemaní, que aquella ejecutiva con la que compartió cena unos días antes del congreso de Jerusalén no acabaría nada bien.
El futuro, es para los Judas de hoy, no tengan ninguna duda. La mayoría de los aspirantes a Mesías que pululan por nuestros hemiciclos prefieren rodearse de apóstoles cuyo precio conocen y creen ser capaces de pagar. Hoy, Judas habría sido con el gobierno de los nuevos romanos, Secretario de Estado, Conseller de Cooperación, Presidente de Diputación y si hubiera sido muy, pero que muy poco de fiar, como mínimo gerente de Imelsa, porque eso sí, que sepan que a los nuevos judas, a esos ahora, ya nunca les da por ahorcarse.
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