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¡Saca el pañuelo y llora!

El jueves un hombre murió en un incendio en su casa, en el pleno centro de Alicante. En la avenida de las compras. Tenía la movilidad reducida y los bomberos lo encontraron calcinado en una habitación. Su tía, de más de 80 años, resultó herida. Aún no se saben las causas, pero todo apunta a que el origen del fuego fue la llama de una vela. Los vecinos comentaban que no había luz en la vivienda. Cuando escribo este artículo todavía no se ha confirmado este extremo, pero toma fuerza. De ser así, estaríamos hablando de una víctima mortal de la pobreza energética (¿se acuerdan del término?), de los que no tienen para pagar la luz.

No es la primera. Hay estudios que aseguran que la imposibilidad de hacer frente al recibo de la luz, el no poder mantener el hogar a una temperatura adecuada mata tres veces más que la carretera. ¿Y qué estamos haciendo? Perdonar o bajar las tarifas a multinacionales como Alcoa para evitar que cierren plantas, que se vayan de España (lo que no me parece del todo mal teniendo en cuenta los puestos de trabajo que se perderían), pero ignorar a los ciudadanos. ¡Sí! a los que se les pedirá el voto en breve, a los que se les dará la mano en el mercado o se visitará en el centro cívico del barrio.

Y creo que alguien debe de entonar el ‘mea culpa’ ante esta situación que parecía superada en España. Que en una ciudad europea, turística, antaño principal receptora de inmigrantes, conectada a poco más de dos horas en tren con Madrid, ex aspirante a ser el Hollywood europeo con los mejores estudios cinematográficos de Europa, con miles de eurofuncionarios trabajando, viviendo y paseando sus calles…las mismas calles en las que se multiplican los indigentes, en las que las fachadas engalanadas por la Navidad ocultan a familias que viven a oscuras para poder seguir comiendo,… que en esta ciudad mueran personas por no poder pagar la luz…no es aceptable.

¿Qué esperamos? ¿Qué esperan los responsables del Gobierno, de la oposición para hacer algo? ¿Qué esperan para gobernar? Para gestionar el dinero de los ciudadanos, el dinero público ¡qué no es suyo señores, señoras…qué no, que estaban equivocados!

Me niego a aceptarlo, me niego a girar la cara para no ver al ciclista que se ha recorrido 20.000 kilómetros en busca de trabajo y que ha acabado enfermando de una rodilla y sentado en el suelo de esa avenida, la misma en la que ayer murió un hombre, pidiendo trabajo, pidiendo dinero. No puedo mirar un escaparate y dejar de ver a ese hombre que me cuenta en un cartel que tiene dos hijos, 48 años y ningún ingreso. O pagar el ticket del aparcamiento mientras una mujer me mira con ojos de hambre y me pide cualquier cosa para dar de comer a sus hijos.

Ya hace tiempo que comprar algo de comer al hombre o a la mujer que me lo pide en la entrada del supermercado se ha convertido en una costumbre. Pero no por ello ha dejado de conmoverme. ¡Se lo aseguro! Y lo que más me conmueve es el agradecimiento. ¡De verdad que no lo entiendo! Es para bramar contra todo y contra todos, pero no ¡te dan las gracias! El lunes un hombre mayor, habitual en la entrada de un súper del centro me regaló una flor de Pascua sin darme opción a rechazarla.

Y sí, señor Rubén Ibáñez…tuve que sacar el pañuelo y llorar.

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Publicado el
19 de diciembre de 2014 - 17:03 h

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